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Capítulo 3

Author: Simp-pático Inocente
Al colgar, apagué la computadora con total calma.

—No es nada, solo hablaba con mi profesor sobre un divorcio.

La expresión de Elsa cambió por completo y se me vino encima, invadiendo mi espacio.

—¿Qué divorcio? ¿Te quieres divorciar de mí?

Retrocedí un par de pasos, marcando distancia, y solté una excusa para salir del paso:

—No, es un asunto del despacho. Mi profesor quería pedirme mi opinión.

Solo entonces ella suspiró aliviada y me tendió la bolsa de papel que traía.

—Toma, es para ti.

Era de mi pastelería favorita.

Antes de casarnos, siempre que Elsa me hacía enojar, corría a ese lugar a comprarme algo.

El lugar era muy famoso y siempre había que hacer fila por lo menos dos horas.

Para contentarme, sin importar si llovía o hacía un sol insoportable, bastaba con que yo dijera que tenía antojo de uno para que ella fuera personalmente a formarse.

A veces, por lástima, le sugería que contratara a un repartidor, pero Elsa siempre me decía:

—No pasa nada, Nelson. Por ti, lo hago con todo el gusto del mundo.

Al recordar aquello, sentí una calidez en el pecho.

No pude evitar sonreír mientras tomaba la bolsa y la abría.

—No pensé que todavía te acordaras... ¿Qué es esto?

La miré atónito mientras un mal presentimiento me invadía.

Dentro de la bolsa no estaba el pastel que esperaba, sino dos prendas que apestaban a alcohol.

Una era el abrigo de gala de Elsa y la otra era la camisa que Manuel llevaba puesta esa noche.

Ante mi desconcierto, Elsa se mostró extrañamente apenada.

—Es que la ropa de Manuel se puso perdida. Y como tú ya estás acostumbrado a llevar la casa, pensé que no te costaba nada echar una prenda más a la lavadora. Así que simplemente me la traje.

Después pareció recordar algo y recuperó su tono autoritario:

—Si hace falta, uso otro vale de reconciliación. De todos modos quedan muchísimos, así te ahorras el rencor.

Sus palabras me dejaron mudo.

Quise decirle: "Elsa, ya no quedan más. De esos noventa y nueve vales, solo nos queda el último."

Pero al final, solo mantuve la mirada fija en ella y, en silencio, metí la ropa a lavar.

Antes, para asegurar que su ropa quedara impecable, nunca usaba la lavadora.

Siempre lavaba todo a mano, prenda por prenda.

"Ahora que lo pienso, me siento como un estúpido. Lo que yo veía como un gesto de amor, para ella no era más que el trabajo de un empleado doméstico que no le costaba ni un centavo."

Me solté una risa amarga, cerré la puerta y volví al cuarto. Al verme entrar tan pronto, Elsa levantó la vista, sorprendida:

—¿Tan rápido? ¿Quedó limpia? Es la camisa favorita de Manuel. Le prometí que tú la dejarías impecable.

Asentí con un simple "ajá" y empecé a asearme.

En realidad, estaba pensando en qué tintorería tendría servicio a domicilio para que se encargaran de eso.

Mientras lo pensaba, se escuchó un tono de llamada familiar afuera.

Elsa me miró de reojo, vigilando mi reacción, y luego salió al balcón con el celular en la mano.

La seguí sin hacer ruido y alcancé a escuchar a Manuel hablando con voz melosa:

—¡Jefa, el pastel que me compró está increíble! De verdad, nunca había probado algo tan rico. Pero esa fila estaba eterna... me dio muchísima pena que tuviera que pasar por eso por mi culpa.

Elsa echó un vistazo hacia el dormitorio y respondió con ternura:

—No te preocupes. Siempre que se te antoje uno, te lo compro. Es un placer hacerlo por ti.

Manuel soltó una risita y añadió con falsa modestia:

—¿Y qué hay de mi camisa? ¿No estará mal que el señor Lima la lave? No quiero causarle problemas.

Elsa soltó una risita ligera, restándole importancia:

—¿Qué problemas? Él ya está acostumbrado, es lo que hace siempre. En cambio tú... con esas manos tan finas, me dolería verte haciendo esas tareas tan rudas.
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