LOGINLa canción se desvaneció en algo más rápido. Las luces se aclararon un poco. Jack no soltó a Gina de inmediato. Luego dio un paso atrás.
No muy lejos. Solo lo suficiente para que el aire volviera a circular entre ellos. Sus ojos se quedaron en el rostro de ella, esperando. Gina liberó su mano y la dejó caer a un costado. Su piel aún se sentía cálida donde él la había tocado. Odiaba eso. Mantuvo la expresión plana y asintió una vez hacia el borde de la pista. —Tu hermana está allá. Jack miró en la dirección que ella indicaba. Isabella estaba junto a una mesa alta cerca de la barra con otras dos chicas, riendo demasiado fuerte y alineando shots. Sus mejillas ya estaban sonrojadas. Se veía feliz de una forma que resultaba casi fuera de lugar en un club lleno de gente peligrosa. La boca de Jack se tensó por medio segundo. Luego empezó a caminar. No se fijó si Gina lo seguía. Simplemente esperaba que lo hiciera. Y así fue. Dominic seguía en la barra. Sus ojos los siguieron todo el trayecto. Gina sintió el peso de esa mirada, pero no volteó a verlo. Un problema a la vez. Isabella los vio y agitó ambos brazos como si no los hubiera visto en años. —Ahí están... pensé que se habían perdido —tomó el brazo de Gina y la acercó—. ¿Fue amable? Dime que fue amable. Gina mantuvo la voz ligera. —Estuvo bien. Jack levantó una ceja ante la palabra "bien", pero no dijo nada. Isabella puso los ojos en blanco y tomó otro vaso de shot. —"Bien" es aburrido. Jack, sé más interesante. —Trabajaré en eso —dijo él, seco. Metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó una pequeña caja negra. Sin listón. Sin bolsa de regalo. Solo la caja. Se la ofreció a Isabella. —Feliz cumpleaños, hermanita. Los ojos de Isabella se abrieron como platos. Dejó el shot sin bebérselo y tomó la caja con ambas manos. —¿En serio lo trajiste contigo? —Dije que lo haría. Ella la abrió. Adentro había una fina pulsera de oro con un pequeño dije de diamante en forma de estrella. Era simple y costosa. Exactamente el tipo de cosa que a Isabella le encantaría. Ella soltó un sonido suave y le echó los brazos al cuello a Jack. —Me encanta. Gracias. Jack le dio unas palmaditas en la espalda, torpe pero genuino. —No la pierdas. —No lo haré —Isabella se apartó, ya deslizándose la pulsera en la muñeca. La levantó hacia la luz, sonriendo tanto que las mejillas le dolían—. Gina, mira. ¿No es perfecta? Gina se inclinó un poco. —Es hermosa. Isabella giró el dije para que atrapara las luces del club. —Después de todo, no es del todo desalmado. Jack ignoró eso. Su atención ya se había desviado. Estaba mirando a Gina otra vez. De la misma forma que en la pista de baile —como si ella fuera un problema que planeaba desarmar pieza por pieza. Isabella sirvió tres shots frescos y empujó dos hacia adelante. —Estamos celebrando, los dos. Bébanselo. Jack tomó el suyo sin dejar de mirar a Gina. Gina tomó el otro. Los tres brindaron y bebieron. El licor le quemó la garganta a Gina y se asentó caliente en su estómago. Isabella dejó su vaso vacío de golpe y rio. —Bueno. Voy a bailar con las chicas. Ustedes dos... hablen... o sigan mirándose fijamente. Lo que sea. Le guiñó un ojo a Gina, completamente ciega a la tensión, y desapareció otra vez entre la multitud con sus amigas. El espacio que dejó se sintió más pequeño. Jack dejó su vaso vacío sobre la mesa y se giró por completo hacia Gina. Una mano descansó en el respaldo de una silla alta. La otra quedó suelta a su costado. No sonrió. Solo la estudió. Gina se quedó quieta y se lo permitió. Jack habló primero. —No eres lo que esperaba. —¿Qué esperabas? —Alguien más ruidosa. Alguien que se ría de todo lo que dice Isabella. Alguien que quiera algo de mí en cuanto sepa mi nombre. Gina ladeó la cabeza. —¿Y qué crees que quiero? —Esa es la parte que aún no logro descifrar —sus ojos recorrieron su rostro otra vez, despacio—. Me miras como si ya hubieras decidido algo. Pero no dices qué. —Tal vez no hay nada que decir. —Siempre hay algo. Dio un paso más cerca. Sin tocarla. Solo lo suficientemente cerca como para que ella tuviera que levantar la barbilla para seguir sosteniéndole la mirada. El calor de su cuerpo la alcanzó de nuevo. Ella se negó a retroceder. La voz de Jack se mantuvo baja. —La mayoría de la gente llena el silencio porque los pone nerviosos. Tú no. Tú lo usas. —Tal vez todavía no tengo nada que valga la pena decir. —Todavía —repitió él. La comisura de su boca se movió como si casi sonriera—. Entonces habrá algo después. Gina mantuvo el rostro tranquilo. —Ya veremos. La mirada de Jack bajó a su boca por un segundo, luego volvió a subir. La expresión en sus ojos había cambiado. Más aguda. Más enfocada. Como si hubiera fijado un objetivo. —Eres cuidadosa —dijo—. Cada palabra. Cada mirada. Incluso la forma en que te paras. Como si estuvieras lista para moverte si tuvieras que hacerlo. —¿Eso es malo? —No. De hecho, es interesante —recostó su peso en la silla, sin dejar de observarla—. Peligrosa, tal vez. Pero interesante. Gina sintió que su pulso volvía a acelerarse y lo ignoró. —Sigues usando esa palabra. Peligrosa. —Te queda. —No me conoces. —Estoy empezando a conocerte. La forma en que lo dijo hizo que el aire se sintiera más denso. Gina sostuvo su mirada y se negó a parpadear primero. Había desafiado con la mirada a hombres que le doblaban la edad en el mundo de su padre. No se quebraría por Jack Romano. A Jack pareció gustarle eso también. Estiró el brazo detrás de ella para alcanzar un vaso de agua que estaba sobre la mesa, su brazo rozándola lo suficientemente cerca como para que ella sintiera el cambio en el aire. No bebió. Solo lo sostuvo, dándoles a sus manos algo que hacer mientras sus ojos permanecían en ella. —A Isabella le agradas —dijo—. Eso es raro. No deja que mucha gente se le acerque. —Es fácil de querer. —Es confiada. No es lo mismo —la voz de Jack bajó un tono—. Yo no confío fácil, y no me gusta la gente que se acerca a mi hermana sin que yo sepa por qué. El estómago de Gina se tensó, pero mantuvo la voz firme. —La conocí en un evento benéfico. Hablamos. Ella me invitó a salir. Eso es todo. —¿Eso es todo? —Sí. Jack la estudió por un largo momento. El ruido del club se desvaneció bajo el peso de esa mirada. Buscaba grietas. Mentiras. Cualquier cosa que no encajara. Gina no le dio nada. Finalmente dejó el vaso. —Eres buena. —¿En qué? —En no revelar nada. —Tal vez no hay nada que revelar. Los ojos de Jack destellaron. —Siempre hay algo. Todos tienen una razón, un pasado, un objetivo. Estás parada en mi club, bailaste conmigo, me miras así... ¿y esperas que crea que solo eres la amiga callada de Isabella? —No espero que creas nada. Eso casi le sacó una sonrisa real. —Honesta otra vez. Estás haciendo esto más difícil de lo que debería ser. —¿Qué es "esto"? —Descifrarte. Los dedos de Gina se curvaron contra su muslo. El odio en su sangre seguía ardiendo, pero la atracción también estaba ahí —caliente y no deseada. Necesitaba irse pronto. Necesitaba aire que no oliera a él. Jack pareció leer el pensamiento. Se enderezó a toda su altura, cerrando el pequeño espacio que quedaba. —No he terminado —dijo. —¿Con qué? —Contigo. Las palabras cayeron con peso. Gina se obligó a quedarse quieta mientras él se inclinaba. Sin tocarla. Solo lo bastante cerca como para que su voz bajara a un murmullo áspero, dicho solo para ella. —Quiero volver a verte. Mañana. En mi villa.El mensaje de Isabella llegó en la tarde.«Nuevo club, mi hermano lo acaba de comprar, y abre esta noche, vienes conmigo. Sin excusas.»Gina se quedó mirando la pantalla durante un largo rato. Su pulgar se detuvo sobre el teclado. Cada parte de ella sabía que esto era otro paso más profundo dentro del mundo de Jack. Cada parte de ella también sabía que no podía decir que no.Ayudaba a sus planes.Escribió de vuelta.«¿A qué hora?»Isabella respondió casi de inmediato.«Paso por ti a las nueve. Ponte algo que haga que la gente se quede mirando. Mi hermano va a querer que estés ahí.»Gina dejó el teléfono y exhaló lentamente. Su estómago se sentía tenso. Se dijo a sí misma que era solo estrategia. Acercarse más. Aprender más. Mantener el control.Casi se lo creyó.Para cuando el auto de Isabella se detuvo frente a su edificio, Gina había elegido un vestido negro que se ajustaba a su cuerpo y dejaba los hombros al descubierto. Simple. Filoso. Mantuvo el maquillaje limpio y el cabello sue
Gina no durmió mucho.Cada vez que cerraba los ojos veía la foto en su teléfono. Su propio rostro, capturado desde las sombras, entrando a su edificio. La leyenda debajo de ella se asentaba en su pecho como una piedra.«Siempre consigo lo que quiero.»Para la mañana, sus ojos se sentían secos y su cuerpo inquieto. Se duchó, se vistió de negro sencillo, y se sentó en el borde de la cama un largo rato con el teléfono entre las manos. El mensaje seguía ahí. No lo había respondido. No sabía cómo responderlo.Dominic había tenido razón en algo. Jack Romano ya se le había metido bajo la piel.Necesitaba hablar con él. En serio esta vez.Gina encontró a Dominic en la pequeña oficina en la parte trasera de la propiedad Moretti que su padre solía usar. La habitación aún olía levemente a cigarros viejos y cuero. Dominic estaba sentado detrás del escritorio con dos teléfonos frente a él y una pila de papeles. Tenía las mangas arremangadas. Sus hombros se veían tensos.Había estado manejando todo
Gina sintió un nudo en la garganta.La mano de Jack seguía apoyada en la pared junto a su cabeza. El calor de su cuerpo la envolvía como una segunda piel. Podía oler el whisky en su aliento y el aroma limpio de su piel. Su boca estaba tan cerca que si alguno de los dos se movía un centímetro, todo habría terminado.Sintió su propio pulso latiendo con fuerza en su cuello. Sus dedos se presionaron con fuerza contra la fría pared a sus espaldas. Sentía cada nervio de su cuerpo demasiado despierto.Los ojos de Jack volvieron a posarse en su boca. El deseo en ellos era ahora evidente. Se acabaron los juegos. Se acabó la distancia cautelosa.A Gina se le revolvió el estómago. El odio aún ardía en su pecho, pero estaba mezclado con algo más intenso que le oprimía la piel. Necesitaba irse. Necesitaba recordar por qué había venido.Colocó ambas manos sobre su pecho desnudo y empujó.No con fuerza. Solo lo suficiente.Jack la dejó. Retrocedió lentamente, como si le costara algo. Su respiración
La pregunta de Jack quedó suspendida en el aire entre ellos.Gina no respondió de inmediato. Mantuvo la mirada fija en la suya y dejó que el silencio se prolongara. Estaba lo suficientemente cerca como para que ella pudiera ver la pequeña cicatriz cerca de su clavícula. Lo suficientemente cerca como para que el calor de su pecho desnudo le rozara la piel.Tenía dos opciones: retroceder y perder terreno, o quedarse y jugar.Se quedó.—Estás muy seguro de ti mismo —dijo ella.La boca de Jack se curvó lentamente—. Tengo que estarlo.—¿Y si dijera que no?—Sabría que mentías. Sus ojos se posaron en sus labios por un segundo, luego volvieron a subir. —Anoche me miraste como si ya tuvieras un plan. La gente con planes no viene a mi villa solo por cortesía.Gina ladeó la cabeza—. Quizás me gustan los lugares peligrosos.—O los hombres peligrosos.—No te creas tanto.Jack rió entre dientes. El sonido era bajo y áspero. Se giró, volvió a coger el vaso de whisky y bebió un sorbo sin apartarse
Gina conducía ella misma. El coche negro era silencioso y lujoso. Mantuvo ambas manos en el volante. El mensaje de la noche anterior seguía presente en su teléfono como un cable de alta tensión. «Mañana, 8 p. m. No me obligues a ir a buscarte». Se dijo a sí misma que solo iba a familiarizarse con el lugar. Ver cómo vivía. Encontrar sus puntos débiles. Eso era lo que había planeado. El GPS la llevó fuera de la ciudad, a una zona más tranquila donde las casas se alineaban separadas tras altos muros. La villa de Jack Romano era la última del camino. Altas puertas de hierro negro. Cámaras por todas partes. Se detuvo y esperó. Dos hombres salieron de la caseta de vigilancia. Uno se quedó atrás con una mano cerca de su arma. El otro se acercó a su ventana. «Nombre», dijo. «Gina. Jack me está esperando». Habló por la radio. Unos segundos después, las puertas se abrieron. «Sube. Alguien te recibirá». Gina llegó en coche. El camino de entrada era largo y curvo. Unas luces brillaban t
El viaje en coche de regreso a la mansión Moretti se hizo más largo de lo que debería. Gina iba sentada en el asiento trasero, con las manos apretadas en el regazo, mirando las luces de la ciudad. Su corazón seguía latiendo con fuerza. La sensación de la mano de Jack en su espalda, el sonido de su voz, la forma en que la miraba como si la decisión ya estuviera tomada... nada de eso había desaparecido.La adrenalina se mezclaba con la rabia bajo su piel. Había bailado con el hombre que mató a su padre. Se había dejado acercar por él. Y una parte de ella había sentido algo que no quería nombrar.Las puertas se abrieron. Los guardias asintieron. La gran casa permanecía en silencio bajo el cielo nocturno. Debería haber transmitido seguridad. Esa noche se sentía como una jaula.Dominic ya la esperaba cuando salió del coche. Su rostro era duro, su boca apretada en una línea recta. La siguió adentro sin decir palabra, subiendo las escaleras hacia su ala de la casa.Gina no lo detuvo. Sabía q







