MasukSebastián los miró a todos, sintiendo el peso de sus miradas.
—Quiero casarme con ella —dijo, y su voz era firme— Y quiero que el bebé sea reconocido como mi heredero legítimo. El silencio que siguió fue atronador. —¿Casarte? —repitió León, incrédulo— ¿Con una desconocida? ¿Aunque sea la madre de tu hijo?¿ Tío es un riesgo? —No es una desconocida —respondió Sebastián, y su voz se suavizó— Es la madre de mi hijo. Es una mujer valiente, fuerte, que ha pasado por mucho. No merece que la arrastren a un escándalo. —Pero Sebastián —intervino la reina Margarita, y su voz era preocupada— ¿y los Sánchez Gallardo? ¿Y Francisco? Si se enteran... —Ya lo saben —dijo Sebastián, y su voz se endureció— Francisco vino hoy el de Valeria. La interrogó. La asustó. —¿Qué? —León se puso en pie de un salto—. ¿Francisco? ¿Qué hacía allí? —Lo mismo que haría cualquiera de ellos —respondió Sebastián, y su voz era amarga—. Buscar información. Crear problemas. Y si Francisco ha llegado hasta aquí, otros vendrán. —¿Y por eso quieres casarte con ella? —preguntó Isabel, y su voz era suave pero inquisitiva— ¿Para protegerla? —Para proteger a ambos —respondió Sebastián— A ella y al bebé. Porque si no lo hago, si no actúo rápido, su vida se convertirá en un infierno. Y yo no puedo permitir eso. El silencio se instaló de nuevo en la línea. Y entonces, lentamente, el caos estalló. —¡Pero esto es increíble! —exclamó León, paseando de un lado a otro— ¡Un hijo! ¡Un primo! ¡Y no me lo dijiste antes! —León, cálmate —dijo la reina Margarita, pero su voz temblaba— Esto es... esto es mucho que procesar. —Es una bendición —dijo Marian y su voz se llenó de lágrimas— Después de tantos años, después de todo lo que sufriste... tienes otra oportunidad, Sebastián. Sebastián sonrió, y por primera vez en semanas, sintió que el peso en sus hombros se aliviaba un poco. —Lo sé —dijo, y su voz se llenó de emoción—. Lo sé. Y aunque no sé cómo va a terminar todo esto, aunque sé que va a ser complicado, quiero que sepan que... que estoy agradecido. Por tenerlos a ustedes. Por tener una familia que me apoya. —Siempre te hemos apoyado, hijo —dijo la reina Margarita, y su voz se llenó de lágrimas—. Siempre. —Entonces —dijo Sebastián, y su voz recuperó la firmeza—. ¿Me ayudarán? ¿Me ayudarán a proteger a Valeria y al bebé? —Por supuesto —respondió León, y su voz era seria— Somos familia. Y la familia se protege. —Y cuando podamos conocer a esa mujer —dijo Isabel, y su sonrisa brillaba en la pantalla—, la recibiremos con los brazos abiertos. Sebastián sonrió, su sobrina era callada y por primera vez en mucho tiempo, sintió que el futuro no era tan sombrío. Porque, aunque no sabía cómo iba a terminar todo aquello, sabía que su familia estaría a su lado. Y eso, pensó mientras la videollamada llegaba a su fin, era más de lo que jamás había esperado. La videollamada había terminado hacía casi una hora, pero Sebastián seguía sentado frente al escritorio de la habitación, con el teléfono en la mano y la mirada perdida en el horizonte que se divisaba desde la ventana. El sol se había puesto por completo, y el puerto de Puerto Esperanza brillaba con las luces de los barcos y los faroles de la costa. Había hecho lo correcto. Había informado a su familia. Había compartido la verdad. Pero la verdad, como siempre, no era suficiente. Necesitaba un plan. Necesitaba que Valeria confiara en él. Necesitaba que aceptara casarse con él, no por miedo, no por obligación, sino porque entendiera que era la única manera de proteger a su bebé. Y para eso, necesitaba la ayuda de su familia. El teléfono vibró en su mano. Era un mensaje de León. " En diez minutos. Línea segura, cancele la reunión. Esto es más importante" Sebastián sonrió. Su sobrino siempre había sido eficiente. Diez minutos después, estaba de nuevo frente a la pantalla, y esta vez, las caras de su familia se veían diferentes. Había algo en sus ojos, en la forma en que se miraban unos a otros, que le dijo que ya habían estado hablando entre ellos. —Hijo —dijo la reina Margarita, y su voz era cálida pero firme— Hemos estado discutiendo lo que nos has contado. Y hemos llegado a una conclusión. Sebastián levantó una ceja. —¿Una conclusión? —Sí —respondió Isabel, y su sonrisa era astuta—. Que necesitas un plan mejor que el que tienes. —¿Mi plan? —Sebastián frunció el ceño— Mi plan es casarme con ella y protegerlas a ambas. —Y es un buen plan —dijo León, inclinándose hacia la cámara— Pero es demasiado frío. Demasiado pragmático. Has ido allí como un huracán, tío. Y aunque entiendo tus razones, tienes que entender que ella no te conoce. No confía en ti. Y si quieres que acepte casarse contigo, tienes que ganarte su confianza. Sebastián sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. —No tengo tiempo para ganarme su confianza —dijo, y su voz se endureció— Francisco ya sabe dónde está. Y si no actúo rápido... —No te estamos diciendo que no actúes rápido —lo interrumpió la reina Margarita— Te estamos diciendo que actúes con inteligencia. —¿Qué quieres decir, madre? La reina Margarita intercambió una mirada con Isabel y luego con León. Cuando volvió a hablar, su voz era suave pero llena de autoridad. —Queremos que la invites a Valdoria. Que la traigas aquí, a casa, para que conozca a la familia. Que vea que no es una amenaza, sino un refugio. Sebastián abrió la boca para protestar, pero Isabel levantó una mano para detenerlo. —Escúchame, Sebastián. —Su voz era seria—. Esta mujer está embarazada. Está sola. Está asustada. Y lo único que has hecho hasta ahora es presionarla. ¿Crees que eso va a hacer que quiera casarse contigo? —No quiero que quiera —respondió él, y su voz era amarga— Solo necesito que lo haga. —Y lo hará —dijo León, y su voz era firme— Pero no porque la presiones. Sino porque verá que tiene una familia que la apoya. Que no está sola. Que el matrimonio contigo no es una prisión, sino una protección. Sebastián los miró a todos, sintiendo el peso de sus palabras. —¿Y cómo piensan hacer eso? —preguntó finalmente— ¿Cómo piensan convencerla? La reina Margarita sonrió, y en sus ojos había un destello de astucia que Sebastián conocía bien. —Dejándonos a nosotros. —Su voz era suave pero firme— Déjanos conocerla. Déjanos mostrarle que no hay nada que temer. Y cuando vea que la familia Montenegro no es un monstruo de mil cabezas, sino un grupo de personas que quieren protegerla, entonces será más fácil que acepte casarse contigo. Sebastián negó con la cabeza, incrédulo. —¿Quieren venir aquí? ¿A Puerto Esperanza? —No —respondió Isabel, y su sonrisa era astuta—. Queremos que ella venga aquí. A Valdoria. Pero no con una escolta de soldados. Con una invitación. Una invitación cálida. Una invitación de familia. —Eso es imposible —dijo Sebastián, y su voz se llenó de frustración— No va a aceptar venir a un país que no conoce, a una familia que no conoce, con un hombre al que apenas conoce... —Por eso tenemos que hacerla sentir segura —dijo León, y su voz era paciente, como si estuviera hablando con un niño terco— Tío, confía en nosotros. Sabemos lo que estamos haciendo. Sebastián los miró a todos, sintiendo que el mundo se desmoronaba a su alrededor. No tenía otra opción. —Está bien —dijo finalmente, y su voz era apenas un susurro— Pero tiene que ser rápido. No tenemos mucho tiempo. —Lo sé —dijo la reina Margarita, y su sonrisa era tranquilizadora—. Déjanos manejar esto, hijo. Solo confía en nosotros. Sebastián asintió, pero en el fondo de su corazón, no podía evitar preguntarse si todo aquello funcionaría. Porque Valeria Fuentes no era una mujer que se dejara convencer fácilmente. Y él lo sabía mejor que nadie.Sebastián cerró los ojos, y la imagen de Valeria amasando pan en su pequeña cocina, con el cabello recogido y las mejillas sonrosadas, apareció en su mente.—Lo haré, madre —prometió—. Lo haré.Y colgó, sintiendo que, por primera vez en mucho tiempo, el futuro no era tan incierto.En el palacio de Valdoria, la reina Margarita se levantó antes del amanecer y se dirigió a las cocinas. Recién había terminado de hablar con su hijo, necesitaba hablar con Anita lo mas pronto posible sabía que el tiempo era hora, y ella no pensaba perder ni un segundo.El aroma a café recién hecho y pan tostado llenaba el aire, y el personal ya estaba en plena actividad, preparando el desayuno para la familia real.Anita estaba en el centro de todo, como siempre. Con su delantal blanco impecable, su cabello gris recogido en un moño apretado y sus manos moviéndose con la eficiencia de quien lleva décadas en el oficio, dirigía a los cocineros con una mezcla de autoridad y cariño.—Buenos días, Anita —dijo la re
Valeria lo miró, y en su mente se arremolinaron mil pensamientos.—¿Ir a Valdoria? —repitió— ¿A conocer a tu familia?—Sí. —Sebastián asintió— No tienes que decidir nada ahora, te dije que tendrías una semana y espero poder mantener mi palabra el mayor tiempo posible. No tienes que comprometerte a nada. Solo... ven. Conoce a mi madre. A mis sobrinos. A mi cuñada. Déjales mostrarte que no estás sola.Valeria bajó la mirada hacia su vientre. Hacia su hija. Hacia el futuro que la esperaba.—¿Y si no quiero ir? —preguntó, y su voz temblaba.—Entonces lo entenderé —dijo Sebastián, y su voz era sincera—. No te obligaré a nada. Pero... Me gustaría que vinieras. Me gustaría que conocieras a mi familia. Porque, aunque no lo creas, ya te consideran parte de ella.Valeria sintió que las lágrimas le picaban en los ojos.—¿Por qué? —preguntó—. Ni siquiera me conocen.—Porque llevas a mi hijo —dijo Sebastián, y su voz se llenó de emoción— Y porque, según mi madre, cualquier mujer que haya soporta
Valeria se despertó antes del amanecer, como cada día desde que había abierto la panadería. El cuerpo le pesaba más de lo habitual —seis meses y medio de embarazo no eran precisamente ligeros—, pero se había acostumbrado a levantarse con el canto de los gallos y el aroma del mar que se colaba por las rendijas de su pequeño apartamento encima del negocio.Se duchó con agua tibia, se puso un vestido de algodón holgado y bajó las escaleras hacia la panadería. El silencio de la madrugada la envolvía como una manta familiar. Encendió las luces, encendió el horno de piedra, y comenzó a preparar la masa madre con movimientos automáticos, casi rituales.Amasar era su meditación. El ritmo constante de sus manos sobre la masa, el olor a levadura y harina, la certeza de que aquello era suyo y de nadie más.Pum.Una patadita. Suave.—Buenos días, pequeña —murmuró Valeria, sonriendo mientras se llevaba una mano al vientre—. ¿Ya estás despierta? Tienes que aprender a dormir un poco más. Las panader
Sebastián los miró a todos, sintiendo el peso de sus miradas.—Quiero casarme con ella —dijo, y su voz era firme— Y quiero que el bebé sea reconocido como mi heredero legítimo.El silencio que siguió fue atronador.—¿Casarte? —repitió León, incrédulo— ¿Con una desconocida? ¿Aunque sea la madre de tu hijo?¿ Tío es un riesgo?—No es una desconocida —respondió Sebastián, y su voz se suavizó— Es la madre de mi hijo. Es una mujer valiente, fuerte, que ha pasado por mucho. No merece que la arrastren a un escándalo.—Pero Sebastián —intervino la reina Margarita, y su voz era preocupada— ¿y los Sánchez Gallardo? ¿Y Francisco? Si se enteran...—Ya lo saben —dijo Sebastián, y su voz se endureció— Francisco vino hoy el de Valeria. La interrogó. La asustó.—¿Qué? —León se puso en pie de un salto—. ¿Francisco? ¿Qué hacía allí?—Lo mismo que haría cualquiera de ellos —respondió Sebastián, y su voz era amarga—. Buscar información. Crear problemas. Y si Francisco ha llegado hasta aquí, otros vendrá
Valeria negó con la cabeza, pero en el fondo de su corazón, sabía que tenía razón. Si no hubiera puesto seguridad, Francisco habría seguido acosándola. Quizás incluso le habría hecho daño. Y ella no podía permitir que eso pasara. No ahora. No cuando su hija dependía de ella.—No me gusta —dijo, y su voz era firme— No me gusta que me vigilen. No me gusta que me controlen. Pero... entiendo por qué lo hizo.Sebastián la miró, y en sus ojos vio un destello de esperanza.—Gracias —dijo— Gracias por entenderme.Valeria asintió, pero luego bajó la mirada hacia su vientre.—Pero quiero que sepa una cosa —dijo, y su voz era suave pero firme—. Si vuelve a hacer algo así sin consultarme, si vuelve a tomar decisiones sobre mi vida sin mi permiso, me iré. No importa lo que pase. No importa a dónde tenga que ir. Me iré.Sebastián la miró, y por un instante, algo parecido al respeto brilló en sus ojos.—Lo entiendo —dijo—. Y lo acepto. No volverá a ocurrir.Valeria asintió, y luego sintió que el can
El silencio que siguió a las palabras de Sebastián fue tan denso que Valeria podía escuchar el latido de su propio corazón.—¿Mañana? —repitió, y su voz era un susurro quebrado— ¿Mañana? ¿Cómo puedo casarme con usted mañana? ¡No le conozco! ¡No sé nada de usted, de su país, de su familia, de...—Lo sé —la interrumpió él, y esta vez su voz no era de acero. Era cansada. Casi derrotada—. Lo sé, Valeria. Y sé que le estoy pidiendo demasiado. Pero no tengo otra opción.Valeria negó con la cabeza, dando un paso atrás. Sus manos se aferraron al borde del mostrador, buscando apoyo mientras sentía que el suelo se movía bajo sus pies.—No puedo —dijo, y las lágrimas comenzaron a asomarse a sus ojos—. No puedo hacer esto. No puedo casarme mañana con un desconocido. No puedo dejar mi vida, mi negocio, mi...—Su seguridad —la interrumpió Sebastián, y dio un paso adelante— ¿Qué pasa con su seguridad, Valeria? ¿Qué pasa con la seguridad de su bebé?Ella levantó la vista, y en sus ojos vio algo que n







