MasukValeria lo miró, y en su mente se arremolinaron mil pensamientos.
—¿Ir a Valdoria? —repitió— ¿A conocer a tu familia? —Sí. —Sebastián asintió— No tienes que decidir nada ahora, te dije que tendrías una semana y espero poder mantener mi palabra el mayor tiempo posible. No tienes que comprometerte a nada. Solo... ven. Conoce a mi madre. A mis sobrinos. A mi cuñada. Déjales mostrarte que no estás sola. Valeria bajó la mirada hacia su vientre. Hacia su hija. Hacia el futuro que la esperaba. —¿Y si no quiero ir? —preguntó, y su voz temblaba. —Entonces lo entenderé —dijo Sebastián, y su voz era sincera—. No te obligaré a nada. Pero... Me gustaría que vinieras. Me gustaría que conocieras a mi familia. Porque, aunque no lo creas, ya te consideran parte de ella. Valeria sintió que las lágrimas le picaban en los ojos. —¿Por qué? —preguntó—. Ni siquiera me conocen. —Porque llevas a mi hijo —dijo Sebastián, y su voz se llenó de emoción— Y porque, según mi madre, cualquier mujer que haya soportado a un Montenegro merece ser parte de la familia. Valeria soltó una risa húmeda, y las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. —Tu madre suena como una mujer sabia. —Lo es. —Sebastián sonrió— Y estoy seguro de que te caerá bien. Y tú a ella. Valeria lo miró, y por primera vez, sintió que el futuro no era tan aterrador. —Está bien —dijo finalmente— Iré. Pero con condiciones. —Cualquiera —respondió Sebastián, y su sonrisa se amplió— Cualquier cosa que necesites. Valeria asintió, y luego, sin pensarlo, extendió una mano y la posó sobre la de él. —Gracias —dijo, y su voz era suave—. Por el desayuno. Por el masaje. Por... por tartar de ayudar. Necesito encontrar a alguien que se haga cargo de mi negocio. No tengo pensado cerrarlo después.... Bueno después ya veremos. Sebastián la miró, y en sus ojos había una ternura que le robó el aliento. —Nunca me rendiré, Valeria —dijo—. No cuando se trata de ti. Ni de nuestra bebé, déjame ocuparme de buscar a alguien para que cuiden de tu negocio... — Bueno — Valeria pareció dudar, mientras acariciaba su pansa— puedes presentar una propuesta pero la que tiene la última palabra soy yo. — Gracias, prometo que que te arrepentirás. Pum. Otra patadita. Como si la niña estuviera de acuerdo. Y en aquel momento, en la pequeña panadería de Puerto Esperanza, con el aroma a pan recién hecho y el sonido del mar afuera, Valeria Fuentes supo que su vida estaba a punto de cambiar. Y por primera vez, no le tuvo miedo. Esa noche, mientras cerraba la panadería, Valeria se detuvo frente al ventanal y miró el puerto. Las luces de los barcos parpadeaban en la distancia, y las estrellas comenzaban a aparecer en el cielo. Pum. —Lo sé, pequeña —murmuró, acariciándose el vientre—. Lo sé. Puede que dentro de una semana el paisaje que contemplemos sea diferente, vamos a conocer a la familia de papá. La palabra "papá" le supo extraña en los labios. Pero también, de alguna manera, correcta. —¿Estás lista? —preguntó. Pum. Pum. Dos pataditas. Fuertes. Decididas. Valeria sonrió. —Yo tampoco —dijo— pero supongo que no tenemos opción. Tenemos una semana para hacernos a la idea de que visitaremos donde el vive. Y mientras cerraba la puerta de la panadería, supo que, pasara lo que pasara, su hija estaría a salvo. Porque Sebastián Montenegro había llegado para quedarse. Y, quizás, solo quizás, eso no era del todo malo. Aquella tarde noche, después de despedirse de Valeria con una promesa silenciosa en los ojos, Sebastián caminó de regreso a la posada con el corazón más ligero de lo que había estado en semanas. El aire salado del puerto le golpeaba el rostro, y las luces de los barcos parpadeaban en la distancia como pequeñas estrellas caídas del cielo. Había dado un paso. Un pequeño paso, pero un paso al fin. No había querido dejarla sola pero sabía que necesitabas que ella se sintiera segura con el. Así que se alejo para darle su espacio. Lo importante era que Valeria había aceptado ir a Valdoria, no de inmediato pero había aceptado. No era la rendición que había esperado, ni la boda inmediata que había exigido al principio. Pero era un comienzo. Y después de tres semanas y media de incertidumbre, de noches en vela y de batallas contra sus propios demonios, un comienzo era más de lo que podía pedir. Al llegar a la habitación número 7 de la posada, se sentó en el borde de la cama y marcó el número de su madre. La llamada entró casi de inmediato, como si la reina Margarita hubiera estado esperando frente al teléfono. —Sebastián —dijo su madre, y su voz era una mezcla de urgencia y esperanza—. ¿Qué ha pasado? ¿Hablaste con ella? —Sí, madre. —Sebastián sonrió, aunque ella no podía verlo— Aceptó ir a Valdoria. El silencio al otro lado de la línea fue breve, pero cargado de emoción. —¿De verdad? —La voz de la reina Margarita tembló ligeramente— ¿Va a venir? —Sí. Con condiciones, pero va a venir. —Sebastián se recostó contra el cabecero de la cama— Quiere poder irse cuando quiera. No quiere que la presionemos. Y no ha aceptado nada más allá de conocerlos. —Es suficiente —dijo su madre, y en su voz había una sonrisa— Es más que suficiente, hijo. El resto vendrá con el tiempo. —Eso espero. —Sebastián cerró los ojos un momento— Pero hay un problema. —¿Cuál? —Su panadería. —Sebastián abrió los ojos y miró el techo de madera de la habitación—. No puede cerrarla de un día para otro. Es su negocio, su vida. Necesita a alguien que se encargue de ella mientras esté fuera. Alguien que cuide el local, que atienda a los clientes, que mantenga todo en orden, que cuide su casa —¿Y no tiene empleados? —No. Trabaja sola. —Sebastián suspiró—. Le ofrecí ayudarla a encontrar a alguien, pero no sé por dónde empezar. No conozco a nadie en el pueblo, y no quiero dejar su negocio en manos de un desconocido. Hubo un silencio al otro lado. Luego, la voz de la reina Margarita se llenó de una determinación que Sebastián conocía bien. —Déjamelo a mí —dijo— hay que entender Sebastián, una mujer precavida no está quemando todos sus puentes, necesita la seguridad de que tiene a donde volver, es comprensible. Creo que tengo una idea. —¿Una idea? —Anita —dijo su madre, y su voz se suavizó—. Anita, la jefa de cocina del palacio. Su hijo Angelo y su esposa acaban de tener gemelos. Anita había planeado dejar su trabajo para ir a ayudarlos con los bebés. Sebastián frunció el ceño. —Madre, no entiendo qué tiene que ver... —Espera —lo interrumpió la reina Margarita—. Anita es una mujer excepcional, Sebastián. Lleva más de treinta años trabajando en el palacio. Sabe de cocina, de gestión, de organización. Y si le ofrecemos la oportunidad de trabajar menos horas, en un lugar tranquilo, con la posibilidad de que ella y su esposo Benjamín se muden y se queden con la familia... Creo que aceptaría. Sebastián parpadeó, procesando la idea. —¿Estás sugiriendo que Anita se mude a Puerto Esperanza? ¿Que se haga cargo de la panadería de Valeria? —Exactamente. —La voz de su madre era triunfal— Anita quería dejar el trabajo para ayudar a su hijo, pero no quiere alejarse del todo del palacio. Si le ofrecemos la oportunidad de cuidar la panadería de Valeria, de vivir en su casa, de tener un trabajo más tranquilo con menos horas... podría ser la solución perfecta. Además su hijo también ha planteado la idea de volver a Valdoria, ahora que tiene familia. Creo que ellos podrían retrasar su regreso y a la vez estar todos juntos. Sebastián se incorporó en la cama, sintiendo que la idea cobraba fuerza en su mente. —¿Y crees que aceptaría? —Conozco a Anita desde hace décadas, hijo. —La reina Margarita rió suavemente—. Es una mujer práctica. Sabe que su hijo y su nuera necesitan espacio con los gemelos. Y sabe que, a su edad, un trabajo menos exigente le vendría bien, de hay la idea de regresar a casa. Si le presentamos la propuesta correctamente, con todos los beneficios claros... aceptará. Tendrían todos los beneficios. Sebastián asintió, aunque ella no podía verlo. —¿Puedes hablar con ella? —preguntó—. Explicarle la situación. Decirle que es para Valeria, que es importante. —Lo haré mañana mismo. —La voz de su madre se llenó de calidez—. Y Sebastián... —¿Sí? —Estoy orgullosa de ti. —Las palabras de la reina Margarita fueron suaves pero firmes—. Sé que no ha sido fácil. Sé que has tenido que hacer cosas que no querías. Pero lo estás haciendo bien. Estás protegiendo a tu familia. Sebastián sintió que un nudo se formaba en su garganta. —Gracias, madre —dijo, y su voz sonó más ronca de lo que esperaba— Eso significa mucho para mí. —Siempre. —La reina Margarita hizo una pausa—. Ahora descansa. Mañana será un día largo. —Lo sé. —Y Sebastián... —¿Sí? —Cuida de esa mujer. —La voz de su madre se llenó de seriedad— No solo porque lleva a tu hijo. Sino porque, por lo que me has contado, es una mujer valiente. Y las mujeres valientes merecen ser protegidas.Sebastián cerró los ojos, y la imagen de Valeria amasando pan en su pequeña cocina, con el cabello recogido y las mejillas sonrosadas, apareció en su mente.—Lo haré, madre —prometió—. Lo haré.Y colgó, sintiendo que, por primera vez en mucho tiempo, el futuro no era tan incierto.En el palacio de Valdoria, la reina Margarita se levantó antes del amanecer y se dirigió a las cocinas. Recién había terminado de hablar con su hijo, necesitaba hablar con Anita lo mas pronto posible sabía que el tiempo era hora, y ella no pensaba perder ni un segundo.El aroma a café recién hecho y pan tostado llenaba el aire, y el personal ya estaba en plena actividad, preparando el desayuno para la familia real.Anita estaba en el centro de todo, como siempre. Con su delantal blanco impecable, su cabello gris recogido en un moño apretado y sus manos moviéndose con la eficiencia de quien lleva décadas en el oficio, dirigía a los cocineros con una mezcla de autoridad y cariño.—Buenos días, Anita —dijo la re
Valeria lo miró, y en su mente se arremolinaron mil pensamientos.—¿Ir a Valdoria? —repitió— ¿A conocer a tu familia?—Sí. —Sebastián asintió— No tienes que decidir nada ahora, te dije que tendrías una semana y espero poder mantener mi palabra el mayor tiempo posible. No tienes que comprometerte a nada. Solo... ven. Conoce a mi madre. A mis sobrinos. A mi cuñada. Déjales mostrarte que no estás sola.Valeria bajó la mirada hacia su vientre. Hacia su hija. Hacia el futuro que la esperaba.—¿Y si no quiero ir? —preguntó, y su voz temblaba.—Entonces lo entenderé —dijo Sebastián, y su voz era sincera—. No te obligaré a nada. Pero... Me gustaría que vinieras. Me gustaría que conocieras a mi familia. Porque, aunque no lo creas, ya te consideran parte de ella.Valeria sintió que las lágrimas le picaban en los ojos.—¿Por qué? —preguntó—. Ni siquiera me conocen.—Porque llevas a mi hijo —dijo Sebastián, y su voz se llenó de emoción— Y porque, según mi madre, cualquier mujer que haya soporta
Valeria se despertó antes del amanecer, como cada día desde que había abierto la panadería. El cuerpo le pesaba más de lo habitual —seis meses y medio de embarazo no eran precisamente ligeros—, pero se había acostumbrado a levantarse con el canto de los gallos y el aroma del mar que se colaba por las rendijas de su pequeño apartamento encima del negocio.Se duchó con agua tibia, se puso un vestido de algodón holgado y bajó las escaleras hacia la panadería. El silencio de la madrugada la envolvía como una manta familiar. Encendió las luces, encendió el horno de piedra, y comenzó a preparar la masa madre con movimientos automáticos, casi rituales.Amasar era su meditación. El ritmo constante de sus manos sobre la masa, el olor a levadura y harina, la certeza de que aquello era suyo y de nadie más.Pum.Una patadita. Suave.—Buenos días, pequeña —murmuró Valeria, sonriendo mientras se llevaba una mano al vientre—. ¿Ya estás despierta? Tienes que aprender a dormir un poco más. Las panader
Sebastián los miró a todos, sintiendo el peso de sus miradas.—Quiero casarme con ella —dijo, y su voz era firme— Y quiero que el bebé sea reconocido como mi heredero legítimo.El silencio que siguió fue atronador.—¿Casarte? —repitió León, incrédulo— ¿Con una desconocida? ¿Aunque sea la madre de tu hijo?¿ Tío es un riesgo?—No es una desconocida —respondió Sebastián, y su voz se suavizó— Es la madre de mi hijo. Es una mujer valiente, fuerte, que ha pasado por mucho. No merece que la arrastren a un escándalo.—Pero Sebastián —intervino la reina Margarita, y su voz era preocupada— ¿y los Sánchez Gallardo? ¿Y Francisco? Si se enteran...—Ya lo saben —dijo Sebastián, y su voz se endureció— Francisco vino hoy el de Valeria. La interrogó. La asustó.—¿Qué? —León se puso en pie de un salto—. ¿Francisco? ¿Qué hacía allí?—Lo mismo que haría cualquiera de ellos —respondió Sebastián, y su voz era amarga—. Buscar información. Crear problemas. Y si Francisco ha llegado hasta aquí, otros vendrá
Valeria negó con la cabeza, pero en el fondo de su corazón, sabía que tenía razón. Si no hubiera puesto seguridad, Francisco habría seguido acosándola. Quizás incluso le habría hecho daño. Y ella no podía permitir que eso pasara. No ahora. No cuando su hija dependía de ella.—No me gusta —dijo, y su voz era firme— No me gusta que me vigilen. No me gusta que me controlen. Pero... entiendo por qué lo hizo.Sebastián la miró, y en sus ojos vio un destello de esperanza.—Gracias —dijo— Gracias por entenderme.Valeria asintió, pero luego bajó la mirada hacia su vientre.—Pero quiero que sepa una cosa —dijo, y su voz era suave pero firme—. Si vuelve a hacer algo así sin consultarme, si vuelve a tomar decisiones sobre mi vida sin mi permiso, me iré. No importa lo que pase. No importa a dónde tenga que ir. Me iré.Sebastián la miró, y por un instante, algo parecido al respeto brilló en sus ojos.—Lo entiendo —dijo—. Y lo acepto. No volverá a ocurrir.Valeria asintió, y luego sintió que el can
El silencio que siguió a las palabras de Sebastián fue tan denso que Valeria podía escuchar el latido de su propio corazón.—¿Mañana? —repitió, y su voz era un susurro quebrado— ¿Mañana? ¿Cómo puedo casarme con usted mañana? ¡No le conozco! ¡No sé nada de usted, de su país, de su familia, de...—Lo sé —la interrumpió él, y esta vez su voz no era de acero. Era cansada. Casi derrotada—. Lo sé, Valeria. Y sé que le estoy pidiendo demasiado. Pero no tengo otra opción.Valeria negó con la cabeza, dando un paso atrás. Sus manos se aferraron al borde del mostrador, buscando apoyo mientras sentía que el suelo se movía bajo sus pies.—No puedo —dijo, y las lágrimas comenzaron a asomarse a sus ojos—. No puedo hacer esto. No puedo casarme mañana con un desconocido. No puedo dejar mi vida, mi negocio, mi...—Su seguridad —la interrumpió Sebastián, y dio un paso adelante— ¿Qué pasa con su seguridad, Valeria? ¿Qué pasa con la seguridad de su bebé?Ella levantó la vista, y en sus ojos vio algo que n







