MasukEl silencio que siguió a las palabras de Sebastián fue tan denso que Valeria podía escuchar el latido de su propio corazón.
—¿Mañana? —repitió, y su voz era un susurro quebrado— ¿Mañana? ¿Cómo puedo casarme con usted mañana? ¡No le conozco! ¡No sé nada de usted, de su país, de su familia, de... —Lo sé —la interrumpió él, y esta vez su voz no era de acero. Era cansada. Casi derrotada—. Lo sé, Valeria. Y sé que le estoy pidiendo demasiado. Pero no tengo otra opción. Valeria negó con la cabeza, dando un paso atrás. Sus manos se aferraron al borde del mostrador, buscando apoyo mientras sentía que el suelo se movía bajo sus pies. —No puedo —dijo, y las lágrimas comenzaron a asomarse a sus ojos—. No puedo hacer esto. No puedo casarme mañana con un desconocido. No puedo dejar mi vida, mi negocio, mi... —Su seguridad —la interrumpió Sebastián, y dio un paso adelante— ¿Qué pasa con su seguridad, Valeria? ¿Qué pasa con la seguridad de su bebé? Ella levantó la vista, y en sus ojos vio algo que no esperaba: preocupación genuina. —Francisco no se detendrá —continuó él, y su voz era baja, urgente— Ya lo ha visto. Ha viajado hasta aquí. Ha entrado en su panadería. La ha interrogado. Y si él ha llegado, otros vendrán. Paparazzi. Prensa amarillista. Gente que no le importará asustarla, acosarla, poner en peligro su embarazo con tal de obtener una historia. Valeria sintió un escalofrío. —Usted dijo que tenía una semana —murmuró—. Dijo que podía pensar. —Lo sé. Y lo siento. Pero Francisco ha cambiado las reglas del juego. —Sebastián pasó una mano por su cabello, y por primera vez, Valeria vio al hombre detrás del príncipe: agotado, preocupado, al borde del colapso— Si él ha llegado hasta aquí, significa que ya hay otros que saben, sospechan y eso puede ser peligroso. Y si no actúamos rápido... —¿Qué? —preguntó Valeria, y su voz temblaba—. ¿Qué pasará? Sebastián la miró, y en sus ojos había una determinación que helaba la sangre. —Minimo Valeria, su vida se convertirá en un infierno —dijo con sinceridad brutal— Los periódicos sacarán su historia. Su exmarido, Darío, saldrá a declarar. Dirán que usted se acostó con un príncipe extranjero para vengarse de su infidelidad. Dirán que el bebé no es mío, que es de otro hombre, que usted está intentando estafar a la familia real. Y en medio de todo ese circo, nuestro bebé, si es nuestro suyo y mío. Esa pequeña criatura ue usted lleva en su vientre... se convertirá en un juguete mediático. Valeria sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. No había pensado en eso. En Darío. En los titulares. En la forma en que su vida volvería a ser devorada por los flashes y las cámaras, como lo había sido cuando descubrió a su marido en la cama con otra mujer. No podía pasar por eso otra vez. No podía arrastrar a su hija a ese infierno. —No... no quiero eso —susurró, y las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas— No quiero que mi bebé crezca así. No quiero que sea señalado, que la juzguen, que... —Lo sé —dijo Sebastián, y su voz se suavizó—Por eso le estoy pidiendo que me deje protegerte . No Como un guardián de su seguridad. Sino Como alguien que hará lo que sea necesario para mantenerlas a salvo. Y si eso significa que... Un matrimonio, que deba convertirme en su esposo. En su pareja a ojos de la prensa, los medios televisivos, la aristocracia de Valdoria y mi pueblo. ¡Que así sea! Valeria levantó la vista, y en sus ojos vio una súplica. —Déjeme ponerte a salvo —dijo, y su voz era apenas un susurro— no tiene que casarse conmigo mañana. No tiene que tomar una decisión definitiva. Solo... déjeme hacer lo que sé hacer. Proteger a los míos. —¿Y qué pasa con mi negocio? —preguntó Valeria, y su voz se rompió—. ¿Qué pasa con mi panadería? ¿Con mi vida aquí? Sebastián la miró, y por un instante, algo parecido a la comprensión brilló en sus ojos. —No tiene que cerrarla —dijo— No tiene que abandonarlo todo de inmediato. Pero necesita un lugar seguro para quedarse mientras decidimos qué hacer. Y yo puedo ofrecérselo. Valeria negó con la cabeza, confundida. —¿Dónde? ¿Aquí? ¿En Puerto Esperanza? —Sí, por el momento —Sebastián asintió— puedo mejor dicho podemos quedarnos aquí, asegurarme de que Francisco y los suyos no se acerquen a usted ni a la bebé. Valeria parpadeó, incrédula. —¿Usted? ¿Quedarse aquí? ¿En mi pueblo? —No tengo que vivir en su casa —dijo él, y una sonrisa irónica se dibujó en sus labios—puedo alquilar una habitación en la posada del pueblo. Pero estaré cerca. Suficientemente cerca para intervenir si alguien intenta hacerle daño. No sería algo permanente pero es la mejor solución a corto plazo. Valeria lo miró, y en su mente se arremolinaron mil pensamientos. Él era un extraño. Un príncipe. Un hombre que había irrumpido en su vida con exigencias y ultimátums. Pero también era el padre de su hija. El hombre que había venido a buscarla para protegerla. Y aunque su método fuera torpe, aunque su estrategia fuera brusca, Valeria no podía negar que, en el fondo, estaba haciendo lo correcto. —¿Y si me niego? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta. Sebastián la miró, y en sus ojos vio una mezcla de dolor y determinación. —Entonces tendré que respetar su decisión —dijo, y su voz era tan sincera que Valeria sintió un nudo en la garganta— No la obligaré a hacer nada que no quiera. Pero le ruego que lo piense. Por este bebé que es tanto un milagro para usted como lo es para mi. Por usted porque si le soy sincero si algo le pasa, si alguien la lastima, no podría perdonármelo. Valeria sintió que las lágrimas rodaban por sus mejillas. No quería llorar delante de él. No quería mostrar debilidad. Pero las emociones la desbordaban, y no podía detenerlas. —Usted me dio una semana —dijo, y su voz era apenas un susurro— dijo que podía pensar. —Lo sé. Y soy de los que mantienen su palabra. —Sebastián dio un paso atrás, como si quisiera darle espacio— Pero mientras piensa, déjeme quedarme aquí. Déjeme protegerla, hasta que usted tome una desicion. Valeria cerró los ojos. Respiró hondo. Sintió el latido de su corazón, el calor de su hija en su vientre, el peso de la decisión que tenía que tomar. —Está bien —dijo finalmente, y abrió los ojos—. Puede quedarse. Puede... protegerme. Pero no voy a casarme mañana. No voy a tomar una decisión precipitada. Necesito tiempo. —Lo entiendo —dijo Sebastián, y en sus ojos vio un destello de alivio— Gracias, Valeria. No sabe cuánto significa esto para mí. Valeria asintió, pero luego algo llamó su atención. —¿Cómo supo que Francisco estaba aquí? —preguntó, y su voz se llenó de sospecha—. ¿Cómo supo que necesitaba intervenir? Sebastián la miró, y por un instante, algo parecido a la culpa cruzó su rostro. —No voy a mentirle —dijo, y su voz era seria—. Desde que llegué esta mañana, puse seguridad a su alrededor. Como medida preventiva. Por si algo pasaba. Valeria sintió que el mundo se detenía. —¿Seguridad? —repitió, y su voz se endureció—. ¿Me ha estado vigilando? —No vigilando. Protegiendo. —Sebastián levantó las manos en un gesto de paz— Les di instrucciones claras: solo debían notificarme si algo ocurriera. No debían intervenir a menos que su vida corriera peligro. No quería entrometerme en su vida ni asustarla. Pero necesitaba asegurarme de que usted y el bebé estuvieran a salvo. Valeria lo miró, y en sus ojos vio una mezcla de incredulidad y furia. —¿Me ha estado espiando? ¿Todo el día? —No espiando. —Sebastián dio un paso adelante, y su voz era suplicante— Vigilando. Hay una diferencia. No he visto lo que hace, con quién habla, cómo vive. Solo quería saber si alguien se acercaba a usted. Como Francisco. Y cuando supe que había llegado, vine inmediatamente.Sebastián cerró los ojos, y la imagen de Valeria amasando pan en su pequeña cocina, con el cabello recogido y las mejillas sonrosadas, apareció en su mente.—Lo haré, madre —prometió—. Lo haré.Y colgó, sintiendo que, por primera vez en mucho tiempo, el futuro no era tan incierto.En el palacio de Valdoria, la reina Margarita se levantó antes del amanecer y se dirigió a las cocinas. Recién había terminado de hablar con su hijo, necesitaba hablar con Anita lo mas pronto posible sabía que el tiempo era hora, y ella no pensaba perder ni un segundo.El aroma a café recién hecho y pan tostado llenaba el aire, y el personal ya estaba en plena actividad, preparando el desayuno para la familia real.Anita estaba en el centro de todo, como siempre. Con su delantal blanco impecable, su cabello gris recogido en un moño apretado y sus manos moviéndose con la eficiencia de quien lleva décadas en el oficio, dirigía a los cocineros con una mezcla de autoridad y cariño.—Buenos días, Anita —dijo la re
Valeria lo miró, y en su mente se arremolinaron mil pensamientos.—¿Ir a Valdoria? —repitió— ¿A conocer a tu familia?—Sí. —Sebastián asintió— No tienes que decidir nada ahora, te dije que tendrías una semana y espero poder mantener mi palabra el mayor tiempo posible. No tienes que comprometerte a nada. Solo... ven. Conoce a mi madre. A mis sobrinos. A mi cuñada. Déjales mostrarte que no estás sola.Valeria bajó la mirada hacia su vientre. Hacia su hija. Hacia el futuro que la esperaba.—¿Y si no quiero ir? —preguntó, y su voz temblaba.—Entonces lo entenderé —dijo Sebastián, y su voz era sincera—. No te obligaré a nada. Pero... Me gustaría que vinieras. Me gustaría que conocieras a mi familia. Porque, aunque no lo creas, ya te consideran parte de ella.Valeria sintió que las lágrimas le picaban en los ojos.—¿Por qué? —preguntó—. Ni siquiera me conocen.—Porque llevas a mi hijo —dijo Sebastián, y su voz se llenó de emoción— Y porque, según mi madre, cualquier mujer que haya soporta
Valeria se despertó antes del amanecer, como cada día desde que había abierto la panadería. El cuerpo le pesaba más de lo habitual —seis meses y medio de embarazo no eran precisamente ligeros—, pero se había acostumbrado a levantarse con el canto de los gallos y el aroma del mar que se colaba por las rendijas de su pequeño apartamento encima del negocio.Se duchó con agua tibia, se puso un vestido de algodón holgado y bajó las escaleras hacia la panadería. El silencio de la madrugada la envolvía como una manta familiar. Encendió las luces, encendió el horno de piedra, y comenzó a preparar la masa madre con movimientos automáticos, casi rituales.Amasar era su meditación. El ritmo constante de sus manos sobre la masa, el olor a levadura y harina, la certeza de que aquello era suyo y de nadie más.Pum.Una patadita. Suave.—Buenos días, pequeña —murmuró Valeria, sonriendo mientras se llevaba una mano al vientre—. ¿Ya estás despierta? Tienes que aprender a dormir un poco más. Las panader
Sebastián los miró a todos, sintiendo el peso de sus miradas.—Quiero casarme con ella —dijo, y su voz era firme— Y quiero que el bebé sea reconocido como mi heredero legítimo.El silencio que siguió fue atronador.—¿Casarte? —repitió León, incrédulo— ¿Con una desconocida? ¿Aunque sea la madre de tu hijo?¿ Tío es un riesgo?—No es una desconocida —respondió Sebastián, y su voz se suavizó— Es la madre de mi hijo. Es una mujer valiente, fuerte, que ha pasado por mucho. No merece que la arrastren a un escándalo.—Pero Sebastián —intervino la reina Margarita, y su voz era preocupada— ¿y los Sánchez Gallardo? ¿Y Francisco? Si se enteran...—Ya lo saben —dijo Sebastián, y su voz se endureció— Francisco vino hoy el de Valeria. La interrogó. La asustó.—¿Qué? —León se puso en pie de un salto—. ¿Francisco? ¿Qué hacía allí?—Lo mismo que haría cualquiera de ellos —respondió Sebastián, y su voz era amarga—. Buscar información. Crear problemas. Y si Francisco ha llegado hasta aquí, otros vendrá
Valeria negó con la cabeza, pero en el fondo de su corazón, sabía que tenía razón. Si no hubiera puesto seguridad, Francisco habría seguido acosándola. Quizás incluso le habría hecho daño. Y ella no podía permitir que eso pasara. No ahora. No cuando su hija dependía de ella.—No me gusta —dijo, y su voz era firme— No me gusta que me vigilen. No me gusta que me controlen. Pero... entiendo por qué lo hizo.Sebastián la miró, y en sus ojos vio un destello de esperanza.—Gracias —dijo— Gracias por entenderme.Valeria asintió, pero luego bajó la mirada hacia su vientre.—Pero quiero que sepa una cosa —dijo, y su voz era suave pero firme—. Si vuelve a hacer algo así sin consultarme, si vuelve a tomar decisiones sobre mi vida sin mi permiso, me iré. No importa lo que pase. No importa a dónde tenga que ir. Me iré.Sebastián la miró, y por un instante, algo parecido al respeto brilló en sus ojos.—Lo entiendo —dijo—. Y lo acepto. No volverá a ocurrir.Valeria asintió, y luego sintió que el can
El silencio que siguió a las palabras de Sebastián fue tan denso que Valeria podía escuchar el latido de su propio corazón.—¿Mañana? —repitió, y su voz era un susurro quebrado— ¿Mañana? ¿Cómo puedo casarme con usted mañana? ¡No le conozco! ¡No sé nada de usted, de su país, de su familia, de...—Lo sé —la interrumpió él, y esta vez su voz no era de acero. Era cansada. Casi derrotada—. Lo sé, Valeria. Y sé que le estoy pidiendo demasiado. Pero no tengo otra opción.Valeria negó con la cabeza, dando un paso atrás. Sus manos se aferraron al borde del mostrador, buscando apoyo mientras sentía que el suelo se movía bajo sus pies.—No puedo —dijo, y las lágrimas comenzaron a asomarse a sus ojos—. No puedo hacer esto. No puedo casarme mañana con un desconocido. No puedo dejar mi vida, mi negocio, mi...—Su seguridad —la interrumpió Sebastián, y dio un paso adelante— ¿Qué pasa con su seguridad, Valeria? ¿Qué pasa con la seguridad de su bebé?Ella levantó la vista, y en sus ojos vio algo que n







