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Capitulo 9

Penulis: Monn Star
last update Tanggal publikasi: 2026-09-12 00:12:20

Valeria se despertó antes del amanecer, como cada día desde que había abierto la panadería. El cuerpo le pesaba más de lo habitual —seis meses y medio de embarazo no eran precisamente ligeros—, pero se había acostumbrado a levantarse con el canto de los gallos y el aroma del mar que se colaba por las rendijas de su pequeño apartamento encima del negocio.

Se duchó con agua tibia, se puso un vestido de algodón holgado y bajó las escaleras hacia la panadería. El silencio de la madrugada la envolvía como una manta familiar. Encendió las luces, encendió el horno de piedra, y comenzó a preparar la masa madre con movimientos automáticos, casi rituales.

Amasar era su meditación. El ritmo constante de sus manos sobre la masa, el olor a levadura y harina, la certeza de que aquello era suyo y de nadie más.

Pum.

Una patadita. Suave.

—Buenos días, pequeña —murmuró Valeria, sonriendo mientras se llevaba una mano al vientre—. ¿Ya estás despierta? Tienes que aprender a dormir un poco más. Las panaderas nos levantamos muy temprano.

Siguió trabajando, dejándose llevar por la rutina. Preparó la masa para el pan de masa madre, la dejó reposar, y luego comenzó con las tartas de frutas. El reloj marcaba las cinco y media de la mañana cuando escuchó un golpe suave en la puerta trasera.

Valeria frunció el ceño. No esperaba a nadie. Los proveedores no llegaban hasta las siete.

Se limpió las manos en el delantal y caminó hacia la puerta con cautela. Miró por la ventanilla y sintió que el corazón le daba un vuelco.

Sebastián Montenegro estaba al otro lado, con una bolsa de papel en una mano y dos vasos de cartón en la otra. Vestía de manera más casual que la última vez —pantalones oscuros, camisa blanca arremangada hasta los codos, sin corbata—, pero seguía teniendo esa presencia imponente que parecía llenar cualquier espacio.

Valeria abrió la puerta, pero no se apartó para dejarlo pasar.

—¿Qué hace aquí? —preguntó, y su voz sonó más brusca de lo que pretendía—. Son las cinco y media de la mañana.

Sebastián la miró, y en sus ojos azules había una mezcla de determinación y algo que parecía... ¿timidez?

—Lo sé. Y lamento la hora. —Levantó la bolsa de papel—. Traje el desayuno. Pensé que, quizás, podría ayudarle con... lo que sea que haga a esta hora.

Valeria lo miró con suspicacia.

—¿Ayudarme?

—Sí. —Sebastián asintió—. No sé nada de panadería, pero puedo aprender. Puedo cargar cosas, limpiar, lo que necesite.

Valeria sintió que una sonrisa involuntaria le tiraba de los labios. La idea de un príncipe cargando sacos de harina era, cuando menos, absurda.

—No es necesario —dijo, aunque sabía que sus palabras sonaban poco convincentes.

—Lo sé. Pero quiero hacerlo. —Sebastián la miró a los ojos, y en su expresión había una sinceridad que desarmaba—. Solo estoy aquí para ayudar, Valeria. Nada más.

Valeria lo estudió un momento. Había algo diferente en él aquella mañana. Algo más relajado. Más... humano. Ya no era el príncipe de acero que había irrumpido en su vida con exigencias y ultimátums. Era solo un hombre con una bolsa de desayuno y una expresión de esperanza en el rostro. Suspiró, dándose por vencida.

—Está bien. Pase. Pero no toque nada sin preguntar primero.

Sebastián sonrió, y por un instante, Valeria pensó que aquella sonrisa podría iluminar toda la panadería.

—Lo prometo.

Entró y dejó la bolsa sobre el mostrador. Olía a café recién hecho, a pan tostado, a algo dulce que Valeria no logró identificar.

—¿Qué trajo? —preguntó, curiosa a pesar de sí misma.

—Café con leche para usted —dijo Sebastián, señalando uno de los vasos—. Y té para mí. También hay croissants, aunque me temo que no son tan buenos como los suyos. Y unas frutas.

Valeria levantó una ceja.

—¿Investigó mis gustos?

—Pregunté en el pueblo —admitió Sebastián, y por primera vez, pareció ligeramente avergonzado— La señora de la posada me dijo que usted siempre toma café con leche, pero que ahora, por el embarazo, lo toma descafeinado.

Valeria sintió que algo se movía en su pecho. Algo que no quería nombrar.

—Es... atento de su parte —dijo, y su voz sonó más suave de lo que pretendía.

—Solo quiero ayudar —repitió Sebastián.

Valeria asintió y se giró hacia la mesa de trabajo, donde la masa esperaba. Sebastián la observó en silencio mientras ella comenzaba a amasar de nuevo, sus manos moviéndose con una destreza que hablaba de años de práctica.

—¿Puedo hacer algo? —preguntó después de un momento.

Valeria lo miró de reojo. El príncipe, con su camisa blanca y sus manos limpias, parecía completamente fuera de lugar en su humilde cocina.

—¿Sabe amasar? —preguntó, con un tono que rozaba el desafío.

—No. Pero puedo aprender.

Valeria soltó una risa suave, la primera que se le escapaba en días.

—Está bien. Lávese las manos. Le voy a enseñar.

Y así, durante la siguiente hora, Valeria le enseñó a Sebastián los fundamentos de la panadería. Le mostró cómo amasar, cómo dar forma a los panes, cómo preparar las bandejas para el horno. Sebastián resultó ser un alumno aplicado, torpe al principio pero decidido, y pronto estuvo ayudándola con las tartas de frutas, cortando las manzanas y las fresas con una precisión que sorprendió a Valeria.

—¿Dónde aprendió a cortar así? —preguntó ella, observándolo.

—En el palacio —respondió Sebastián, encogiéndose de hombros— Cuando era joven, solía escabullirme a las cocinas. La cocinera jefe me enseñó algunos trucos.

Valeria lo miró con curiosidad.

—¿Un príncipe escabulléndose en las cocinas?

—Era un niño solitario —dijo Sebastián, y en su voz había un deje de melancolía—. Mis padres siempre estaban ocupados. Mi hermano... bueno, el era mayor y tenía sus propias obligaciones. Las cocinas eran el único lugar donde me sentía... normal.

Valeria no supo qué responder. Por primera vez, vislumbró al hombre detrás del príncipe. Al niño solitario. Al hombre que había cargado con el peso de un país sobre sus hombros.

—Lo siento —dijo finalmente.

Sebastián negó con la cabeza.

—No lo sientas. Fue hace mucho tiempo. —Sonrió, y la tristeza se desvaneció de su rostro—. Ahora, ¿qué sigue?

Valeria le indicó que metiera las bandejas en el horno, y luego, cuando todo estuvo listo, se sentó en una silla con un suspiro de alivio. Las piernas le dolían, y la espalda le pesaba más de lo habitual. Sebastián la observó, y algo en su expresión cambió.

—Espere aquí —dijo, y desapareció por un momento.

Cuando volvió, traía la bolsa del desayuno y una silla pequeña. Colocó la silla frente a ella, se sentó, y luego, con una suavidad que Valeria no esperaba, levantó sus pies y los colocó sobre sus rodillas.

—¿Qué hace? —preguntó ella, sorprendida.

—Leí que los masajes en los pies ayudan con la hinchazón —dijo Sebastián, y comenzó a masajearle los tobillos con movimientos firmes pero cuidadosos—. Y también con el estrés. Pensé que, después de estar de pie toda la mañana, le vendría bien. Valeria sintió que el calor le subía a las mejillas.

—No tiene que hacer esto —dijo, aunque no retiró los pies.

—Lo sé. Pero quiero hacerlo.

El silencio se instaló entre ellos, solo roto por el suave crepitar del horno y el rumor del mar afuera. Valeria lo observó mientras trabajaba, sus manos grandes y fuertes moviéndose con una delicadeza que parecía contradictoria.

Pum. Una patadita. Fuerte. Sebastián levantó la vista, y sus ojos se encontraron con los de ella.

—¿Está bien? —preguntó, preocupado.

—Sí. —Valeria sonrió, y esta vez la sonrisa fue genuina—. Solo... está contenta. Al parecer, le gustan los masajes.

Sebastián rió, y el sonido llenó la panadería como una melodía.

—Entonces tendré que hacerlo más seguido.

Valeria lo miró, y en sus ojos vio algo que no había visto antes. Algo cálido. Algo que le recordaba que, debajo de todas las capas de deber y tradición, había un hombre que solo quería ser amado.

—Sebastián —dijo, y su voz era suave—. ¿Qué quiere? Y no me diga que solo ayudar. No me ande con rodeos.

Sebastián dejó de masajear sus pies, pero no los soltó. La miró a los ojos, y en su expresión había una mezcla de nerviosismo y esperanza.

—Mi familia —comenzó— Han estado hablando. Y tienen una propuesta.

Valeria sintió que el corazón le latía con fuerza.

—¿Qué propuesta?

Sebastián respiró hondo.

—Quieren que vayas a Valdoria. Que conozcas el palacio. Que conozcas a mi familia. —Hizo una pausa— Quieren que veas que no somos monstruos. Que hay personas que quieren ayudarte. Que quieren protegerte.

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