MasukSebastián cerró los ojos, y la imagen de Valeria amasando pan en su pequeña cocina, con el cabello recogido y las mejillas sonrosadas, apareció en su mente.
—Lo haré, madre —prometió—. Lo haré. Y colgó, sintiendo que, por primera vez en mucho tiempo, el futuro no era tan incierto. En el palacio de Valdoria, la reina Margarita se levantó antes del amanecer y se dirigió a las cocinas. Recién había terminado de hablar con su hijo, necesitaba hablar con Anita lo mas pronto posible sabía que el tiempo era hora, y ella no pensaba perder ni un segundo.El aroma a café recién hecho y pan tostado llenaba el aire, y el personal ya estaba en plena actividad, preparando el desayuno para la familia real. Anita estaba en el centro de todo, como siempre. Con su delantal blanco impecable, su cabello gris recogido en un moño apretado y sus manos moviéndose con la eficiencia de quien lleva décadas en el oficio, dirigía a los cocineros con una mezcla de autoridad y cariño. —Buenos días, Anita —dijo la reina Margarita, acercándose. Anita se giró, sorprendida. —Majestad. —Hizo una pequeña reverencia—. No la esperaba tan temprano. ¿Desea algo especial para el desayuno? —No, gracias. —La reina Margarita sonrió—. Vengo a hablar contigo. ¿Tienes un momento? Anita levantó una ceja, intrigada. —Por supuesto. —Se limpió las manos en el delantal y siguió a la reina hasta una pequeña sala contigua a las cocinas—. ¿Ocurre algo? —Siéntate, por favor. —La reina Margarita indicó una silla, y ella misma tomó asiento frente a ella—. Quiero hacerte una propuesta. Anita se sentó, y en sus ojos había una mezcla de curiosidad y cautela. —¿Una propuesta? La reina Margarita respiró hondo. —Como sabes, mi hijo Sebastián está en Puerto Esperanza. Ha encontrado a... a la mujer que lleva a su hijo. Anita abrió los ojos con sorpresa. —¿Es cierto lo que dicen los rumores? ¿Que el príncipe Sebastián tendrá un heredero? —Es cierto. —La reina Margarita asintió—. La mujer se llama Valeria Fuentes. Es panadera. Tiene un pequeño negocio en Puerto Esperanza, una panadería-dulcería llamada "Delicias del Mar". Anita escuchaba con atención, sus manos entrelazadas sobre el regazo. —Valeria ha aceptado venir a Valdoria —continuó la reina Margarita—. Para conocer a la familia. Para que podamos protegerla. Pero hay un problema: no puede cerrar su negocio de un día para otro. Necesita a alguien que se encargue de él mientras está fuera. Anita frunció el ceño. —¿Y en qué puedo ayudar yo, majestad? La reina Margarita sonrió. —Sé que habías planeado dejar tu trabajo para ir a ayudar a Angelo y a su esposa con los gemelos. Y sé que no quieres alejarte del todo del palacio. Así que pensé... ¿y si te ofrezco algo diferente? Anita levantó una ceja. —¿Diferente? —La panadería de Valeria. —La reina Margarita pronunció las palabras con cuidado—. Podrías hacerte cargo de ella mientras Valeria está en Valdoria. Menos horas que aquí. Un trabajo más tranquilo. Y, si aceptas, podrías mudarte a Puerto Esperanza con Benjamín. La casa de Valeria está disponible ya que no solo se ocuparían de su negocio sino de su hogar también. Su casa es un espacio suficiente para los dos que vivan seis personas. Anita parpadeó, claramente sorprendida. —¿Mudarme a Puerto Esperanza? —Sí. —La reina Margarita asintió—. Y hay más. Si aceptas, podrías quedarte con la panadería de forma permanente, si Valeria decide quedarse en Valdoria. O podrías volver aquí cuando ella regrese. Tú decides. Anita se quedó en silencio un momento, procesando la propuesta. Luego, lentamente, una sonrisa se dibujó en sus labios. —¿Menos horas? ¿Un trabajo tranquilo? ¿Y la posibilidad de estar cerca de Angelo y los gemelos? —Exactamente. —¿Y Benjamín? —preguntó Anita—. ¿Él también podría venir? —Por supuesto. —La reina Margarita sonrió—. De hecho, me encantaría que Benjamín viniera. Podría ayudar en la panadería, o encontrar trabajo en el pueblo. Puerto Esperanza es un lugar hermoso. Tranquilo. Perfecto para comenzar de nuevo. Anita se quedó pensativa un momento más. Luego, asintió. —Majestad, si me lo permite... necesito hablarlo con Benjamín. Pero creo que... creo que aceptaría. La reina Margarita sintió que el alivio la invadía. —Gracias, Anita. No sabes cuánto significa esto para mí. Para Sebastián. Para Valeria. —¿Ella es buena persona? —preguntó Anita, y en sus ojos había una curiosidad genuina. —Por lo que me ha contado Sebastián... sí. —La reina Margarita sonrió—. Es valiente. Es fuerte. Y está asustada. Necesita personas a su alrededor que la apoyen. Anita asintió, y en su rostro había una determinación tranquila. —Entonces iré. —Se puso de pie—. Hablaré con Benjamín m. Y si él está de acuerdo, mañana mismo podemos estar allí La reina Margarita se levantó también, y tomó las manos de Anita entre las suyas. —Gracias —dijo, y su voz se llenó de emoción—. Gracias, Anita. No solo por esto. Sino por todo lo que has hecho por esta familia durante todos estos años. Anita sonrió, y sus ojos brillaron con lágrimas no derramadas. —Ha sido un honor, majestad. Y lo seguirá siendo.Sebastián cerró los ojos, y la imagen de Valeria amasando pan en su pequeña cocina, con el cabello recogido y las mejillas sonrosadas, apareció en su mente.—Lo haré, madre —prometió—. Lo haré.Y colgó, sintiendo que, por primera vez en mucho tiempo, el futuro no era tan incierto.En el palacio de Valdoria, la reina Margarita se levantó antes del amanecer y se dirigió a las cocinas. Recién había terminado de hablar con su hijo, necesitaba hablar con Anita lo mas pronto posible sabía que el tiempo era hora, y ella no pensaba perder ni un segundo.El aroma a café recién hecho y pan tostado llenaba el aire, y el personal ya estaba en plena actividad, preparando el desayuno para la familia real.Anita estaba en el centro de todo, como siempre. Con su delantal blanco impecable, su cabello gris recogido en un moño apretado y sus manos moviéndose con la eficiencia de quien lleva décadas en el oficio, dirigía a los cocineros con una mezcla de autoridad y cariño.—Buenos días, Anita —dijo la re
Valeria lo miró, y en su mente se arremolinaron mil pensamientos.—¿Ir a Valdoria? —repitió— ¿A conocer a tu familia?—Sí. —Sebastián asintió— No tienes que decidir nada ahora, te dije que tendrías una semana y espero poder mantener mi palabra el mayor tiempo posible. No tienes que comprometerte a nada. Solo... ven. Conoce a mi madre. A mis sobrinos. A mi cuñada. Déjales mostrarte que no estás sola.Valeria bajó la mirada hacia su vientre. Hacia su hija. Hacia el futuro que la esperaba.—¿Y si no quiero ir? —preguntó, y su voz temblaba.—Entonces lo entenderé —dijo Sebastián, y su voz era sincera—. No te obligaré a nada. Pero... Me gustaría que vinieras. Me gustaría que conocieras a mi familia. Porque, aunque no lo creas, ya te consideran parte de ella.Valeria sintió que las lágrimas le picaban en los ojos.—¿Por qué? —preguntó—. Ni siquiera me conocen.—Porque llevas a mi hijo —dijo Sebastián, y su voz se llenó de emoción— Y porque, según mi madre, cualquier mujer que haya soporta
Valeria se despertó antes del amanecer, como cada día desde que había abierto la panadería. El cuerpo le pesaba más de lo habitual —seis meses y medio de embarazo no eran precisamente ligeros—, pero se había acostumbrado a levantarse con el canto de los gallos y el aroma del mar que se colaba por las rendijas de su pequeño apartamento encima del negocio.Se duchó con agua tibia, se puso un vestido de algodón holgado y bajó las escaleras hacia la panadería. El silencio de la madrugada la envolvía como una manta familiar. Encendió las luces, encendió el horno de piedra, y comenzó a preparar la masa madre con movimientos automáticos, casi rituales.Amasar era su meditación. El ritmo constante de sus manos sobre la masa, el olor a levadura y harina, la certeza de que aquello era suyo y de nadie más.Pum.Una patadita. Suave.—Buenos días, pequeña —murmuró Valeria, sonriendo mientras se llevaba una mano al vientre—. ¿Ya estás despierta? Tienes que aprender a dormir un poco más. Las panader
Sebastián los miró a todos, sintiendo el peso de sus miradas.—Quiero casarme con ella —dijo, y su voz era firme— Y quiero que el bebé sea reconocido como mi heredero legítimo.El silencio que siguió fue atronador.—¿Casarte? —repitió León, incrédulo— ¿Con una desconocida? ¿Aunque sea la madre de tu hijo?¿ Tío es un riesgo?—No es una desconocida —respondió Sebastián, y su voz se suavizó— Es la madre de mi hijo. Es una mujer valiente, fuerte, que ha pasado por mucho. No merece que la arrastren a un escándalo.—Pero Sebastián —intervino la reina Margarita, y su voz era preocupada— ¿y los Sánchez Gallardo? ¿Y Francisco? Si se enteran...—Ya lo saben —dijo Sebastián, y su voz se endureció— Francisco vino hoy el de Valeria. La interrogó. La asustó.—¿Qué? —León se puso en pie de un salto—. ¿Francisco? ¿Qué hacía allí?—Lo mismo que haría cualquiera de ellos —respondió Sebastián, y su voz era amarga—. Buscar información. Crear problemas. Y si Francisco ha llegado hasta aquí, otros vendrá
Valeria negó con la cabeza, pero en el fondo de su corazón, sabía que tenía razón. Si no hubiera puesto seguridad, Francisco habría seguido acosándola. Quizás incluso le habría hecho daño. Y ella no podía permitir que eso pasara. No ahora. No cuando su hija dependía de ella.—No me gusta —dijo, y su voz era firme— No me gusta que me vigilen. No me gusta que me controlen. Pero... entiendo por qué lo hizo.Sebastián la miró, y en sus ojos vio un destello de esperanza.—Gracias —dijo— Gracias por entenderme.Valeria asintió, pero luego bajó la mirada hacia su vientre.—Pero quiero que sepa una cosa —dijo, y su voz era suave pero firme—. Si vuelve a hacer algo así sin consultarme, si vuelve a tomar decisiones sobre mi vida sin mi permiso, me iré. No importa lo que pase. No importa a dónde tenga que ir. Me iré.Sebastián la miró, y por un instante, algo parecido al respeto brilló en sus ojos.—Lo entiendo —dijo—. Y lo acepto. No volverá a ocurrir.Valeria asintió, y luego sintió que el can
El silencio que siguió a las palabras de Sebastián fue tan denso que Valeria podía escuchar el latido de su propio corazón.—¿Mañana? —repitió, y su voz era un susurro quebrado— ¿Mañana? ¿Cómo puedo casarme con usted mañana? ¡No le conozco! ¡No sé nada de usted, de su país, de su familia, de...—Lo sé —la interrumpió él, y esta vez su voz no era de acero. Era cansada. Casi derrotada—. Lo sé, Valeria. Y sé que le estoy pidiendo demasiado. Pero no tengo otra opción.Valeria negó con la cabeza, dando un paso atrás. Sus manos se aferraron al borde del mostrador, buscando apoyo mientras sentía que el suelo se movía bajo sus pies.—No puedo —dijo, y las lágrimas comenzaron a asomarse a sus ojos—. No puedo hacer esto. No puedo casarme mañana con un desconocido. No puedo dejar mi vida, mi negocio, mi...—Su seguridad —la interrumpió Sebastián, y dio un paso adelante— ¿Qué pasa con su seguridad, Valeria? ¿Qué pasa con la seguridad de su bebé?Ella levantó la vista, y en sus ojos vio algo que n







