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Capitulo 7

Penulis: Monn Star
last update Tanggal publikasi: 2026-09-08 09:03:41

Valeria negó con la cabeza, pero en el fondo de su corazón, sabía que tenía razón. Si no hubiera puesto seguridad, Francisco habría seguido acosándola. Quizás incluso le habría hecho daño. Y ella no podía permitir que eso pasara. No ahora. No cuando su hija dependía de ella.

—No me gusta —dijo, y su voz era firme— No me gusta que me vigilen. No me gusta que me controlen. Pero... entiendo por qué lo hizo.

Sebastián la miró, y en sus ojos vio un destello de esperanza.

—Gracias —dijo— Gracias por entenderme.

Valeria asintió, pero luego bajó la mirada hacia su vientre.

—Pero quiero que sepa una cosa —dijo, y su voz era suave pero firme—. Si vuelve a hacer algo así sin consultarme, si vuelve a tomar decisiones sobre mi vida sin mi permiso, me iré. No importa lo que pase. No importa a dónde tenga que ir. Me iré.

Sebastián la miró, y por un instante, algo parecido al respeto brilló en sus ojos.

—Lo entiendo —dijo—. Y lo acepto. No volverá a ocurrir.

Valeria asintió, y luego sintió que el cansancio la envolvía como una manta.

—Ahora, por favor —dijo, y su voz era apenas un susurro— Váyase. Necesito estar sola.

Sebastián la miró, y en sus ojos había una mezcla de preocupación y gratitud.

—No me iré lejos. Me quedaré en la posada, los guardias se mantienen para tu protección y del bebé. —dijo mientras le entregaba una tarjeta negra con grabados en blanco— Si necesita algo, si ocurre algo, llámeme hay está todos mis números y también incluido el personal

Valeria asintió, mientras miraba la tarjeta y le daba vuelta para contemplar en una letra clara un número telefonico. Entonces él se giró hacia la puerta. Pero antes de salir, se volvió una última vez.

—Valeria —dijo, y su voz era suave— nuestro bebé tiene suerte de tener una madre tan valiente.

Y entonces se fue, dejándola sola en su panadería, con el aroma a canela y vainilla flotando a su alrededor y el peso de una decisión que cambiaría su vida para siempre.

Pum.

Otra patadita. Suave. Cálida. Valeria sonrió, a pesar de todo.

—No te preocupes, pequeña —murmuró, pasando la mano sobre su vientre— No importa lo que pase. Siempre te protegeré. Siempre.

Y mientras el sol se ponía sobre Puerto Esperanza, Valeria Fuentes supo que, pase lo que pase, su hija estaría a salvo. Porque, aunque no lo admitiera en voz alta, Sebastián Montenegro había llegado para quedarse.

Y quizás, solo quizás, eso no era del todo malo.

La posada de Puerto Esperanza era un edificio de dos plantas con fachada blanca y contraventanas azules que se mecían suavemente con la brisa del mar. Sebastián Montenegro subió las escaleras de madera que crujían bajo sus pies, sintiendo el peso de las últimas horas como una losa sobre sus hombros.

Habitación número 7. La más alejada del bullicio, con una ventana que daba al puerto y un escritorio pequeño junto a la cama. Era modesta, sencilla, tan diferente a sus aposentos en el palacio de Valdoria que casi le resultaba irónica.

Pero no tenía tiempo para ironías. Dejó caer su chaqueta sobre la silla y sacó el teléfono del bolsillo interior. Sus dedos se movieron con rapidez, marcando el número que conocía de memoria.

—Tío Sebastián —respondió la voz al otro lado, joven pero firme, con ese deje de autoridad que había costado años inculcar— Me alegra oírte. ¿Cómo va todo?

Sebastián cerró los ojos un momento. Su sobrino, León, era un buen chico. Inteligente, dedicado, con un sentido del deber que le había costado sangre, sudor y lágrimas inculcarle. Pero también era terco. Cabezota. Y en este momento, la terquedad de León era el último obstáculo que Sebastián necesitaba.

—León —dijo, y su voz era más seria de lo habitual— Necesito que hagas algo por mí. Y necesito que lo hagas ahora.

Hubo un silencio al otro lado. Luego, la voz de León, cautelosa.

—Suenas grave. ¿Qué pasa?

—No puedo explicarlo por teléfono. Necesito hacer una videollamada. Pero tiene que ser desde casa. Desde una línea segura.

—¿Una videollamada? —León parecía confundido— Tío, estoy en el despacho. Tengo una reunión en veinte minutos sobre la reforma de las leyes de sucesión. No puedo...

—León. —Sebastián interrumpió, y su voz se endureció— No es una petición. Es una necesidad. Tiene que ver con la seguridad de la familia. De todo lo que hemos construido.

El silencio se alargó.

—¿Qué clase de seguridad? —preguntó finalmente León, y su voz había perdido toda la ligereza anterior.

—No puedo decírtelo por esta línea. Pero confía en mí. Te lo explicaré todo cuando estemos a salvo. Necesito que estén tu madre, la reina Margarita, y tu hermana Isabel. Todos tienen que estar presentes.

—¿Mi madre? ¿Isabel? —León parecía cada vez más confundido— Tío, esto es muy extraño. ¿Qué está pasando?

—León. —Sebastián respiró hondo, odiando tener que recurrir a aquella carta— Te he criado como a un hijo. Te he enseñado todo lo que sé sobre el deber, el honor y la familia. Ahora te pido que confíes en mí.

Hubo un largo silencio. Sebastián podía imaginar a su sobrino al otro lado, frunciendo el ceño, sopesando las palabras.

—Media hora —dijo finalmente León— Voy a cambiar la hora de la reunión. Estaré en casa en breve pero tío te doy media hora para que me expliques qué está pasando. Y luego, quiero respuestas.

—Las tendrás —respondió Sebastián— Todas.

Y colgó. Veintinueve minutos después, Sebastián estaba sentado frente al escritorio de la habitación, con el teléfono apoyado contra la lámpara de la mesilla para tener las manos libres. Había ajustado la cámara, había comprobado la conexión a internet, había ensayado mentalmente lo que iba a decir.

Pero nada podía prepararlo para el momento en que las caras de su familia aparecieran en la pantalla. Primero, la de León. Su sobrino, con su traje impecable y su expresión seria, pero con un destello de preocupación en los ojos que delataba su juventud. A su lado, la de su hermana Isabel, su cuñada, con el cabello recogido en un moño elegante y la mirada inquisitiva de quien sabía que algo grande estaba a punto de suceder.

Y finalmente, en el centro, la de la reina Margarita. Su madre.bLa mujer que lo había visto nacer, que lo había visto sufrir, que lo había visto enterrar a su esposa y seguir adelante como si nada hubiera pasado. La mujer que, a pesar de todo, siempre había estado ahí.

—Sebastián —dijo la reina, y su voz era suave pero firme— ¿Qué está pasando? ¿Por qué esta convocatoria tan repentina? ¿Por qué esta urgencia?

Sebastián respiró hondo.

—Madre, León, Isabel, Marian —Hizo una pausa, sintiendo el peso de sus miradas— Les pido disculpas de antemano por la brusquedad con la que he organizado esto. Y especialmente a ti, León, por interrumpir tu trabajo.

León asintió, pero su expresión seguía siendo seria.

—Tío, estoy aquí. Habla.

Sebastián cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, había una determinación en ellos que no había visto en mucho tiempo.

—Hace tres semanas y media —comenzó— recibí una llamada. De la clínica de fertilidad donde, hace años, congelé muestras de esperma mías y de mi esposa, Sofía.

El nombre de su difunta esposa cayó en el silencio como una piedra en un estanque.

—¿Las muestras de Sofía? —preguntó Marian y su voz temblaba ligeramente— ¿No habías ordenado que las destruyeran?

—Así fue. —Sebastián asintió— Después de la muerte de Sofía, no podía soportar la idea de que sus óvulos siguieran allí, en un congelador, esperando un futuro que nunca llegaría. Ordené que destruyeran todo lo que pertenecía a ella y al futuro que pensamos.

—¿Y lo hicieron? —preguntó León, y su voz se había endurecido.

—Los óvulos de Sofía, sí. Fueron destruidos. —Sebastián hizo una pausa, y su voz se quebró ligeramente— Pero mis muestras de esperma... las mías... no fueron destruidas. Hubo un error administrativo. Quedaron almacenadas. Y hace unos meses, ese material fue utilizado por error para inseminar a otra mujer.

El silencio que siguió fue tan denso que Sebastián podía escuchar el latido de su propio corazón.

—¿Utilizado? —repitió la reina Margarita, y su voz era apenas un susurro— ¿En quién?

—En una mujer llamada Valeria Fuentes. —Sebastián pronunció el nombre con cuidado, como si fuera un tesoro frágil— Una mujer que, como yo, no sabía nada de lo que había ocurrido. Ella acudió a la clínica para someterse a un tratamiento de fertilidad con un donante anónimo. Pero el material que le implantaron... era el mío.

—¿Y esta mujer? —preguntó Isabel, y su voz era aguda, tensa—. ¿Dónde está? ¿Qué sabe?

—Está aquí. En Puerto Esperanza. —Sebastián hizo una pausa— Está embarazada de seis meses y medio. No te preocupes madre, no existirá escándalo, Valeria está divorciada el bebé fue una decisión de ella, no involucra a su ex pareja.

El caos estalló.

—¿Seis meses y medio? —exclamó León, levantándose de su asiento— ¿Y apenas nos estás diciendo esto?¿ Divorciada?

—¿Cómo es posible que no lo supieras antes? —preguntó la reina Margarita, y su voz era severa—. Sebastián, esto es...

—Lo sé —la interrumpió él, levantando las manos— Lo sé. Pero no fue hasta hace tres semanas y media que la clínica me contactó para informarme del error. Y desde entonces, he estado investigando. Rastreando. Hasta que finalmente la encontré.

—¿Y qué piensas hacer? —preguntó Isabel, y sus ojos se entrecerraron— ¿Qué piensas hacer con ella? ¿Con el bebé?

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