로그인ElenaRecupero la consciencia por fragmentos. Primero la sensación. La sábana arrugada bajo mi mejilla. El calor aún vibrante en mis miembros. Luego el olor, familiar y envolvente, el de Kael, mezclado con cuero, seda, esa noche que parece todavía palpitar a nuestro alrededor.Estoy tumbada boca arriba, liberada de mis ataduras. Mis muñecas llevan la huella roja del cáñamo, mis muslos tiemblan aún por oleadas lentas, como si mi cuerpo no hubiera recibido el mensaje de que todo ha terminado. O suspendido. Ya no sé muy bien.Kael está sentado contra el cabecero, una pierna doblada, la otra extendida. Me mira sin hablar. Esa mirada ya no tiene nada de brutal. Es densa. Cargada. Casi peligrosa de otra manera.Me enderezo ligeramente, una manta deslizándose sobre mi pecho.—Mírame —dice finalmente.No es una orden lanzada como una cuchilla. Es una conminación baja, posada, a la que ni siquiera pienso en desobedecer.
ElenaLa luna se filtra a través de las cortinas de seda espesas, dibujando motivos plateados sobre el mármol frío del suelo de nuestra suite nupcial. El aire está cargado de esa tensión eléctrica que precede siempre a nuestros juegos, esa mezcla de miedo y excitación que hace latir mi corazón más rápido. Ya estoy desnuda, de rodillas sobre la alfombra persa, las manos posadas sobre mis muslos, la cabeza ligeramente inclinada. La posición me es familiar, pero esta noche, todo parece más intenso. Quizá es el peso de las alianzas en nuestros dedos, o esa promesa tácita de que esta noche no será más que la primera de una eternidad de sumisión.Kael entra en mi campo de visión, sus pasos lentos y deliberados resonando como una cuenta atrás. Todavía lleva su pantalón negro, ajustado, que abraza cada curva de sus muslos musculosos, pero su camisa ha desaparecido, dejando su torso esculpido recortarse en las sombras cambiantes de la luz lunar. En una mano, sosti
ElenaAparece bajo el portal de rosas, y el mundo a mi alrededor se desvanece. Está... perfecta. Un espectro de pureza y lujo. El velo oculta su rostro, pero conozco cada microexpresión, cada estremecimiento de su labio, cada destello en su mirada. Avanza del brazo de un tío lejano, un sustituto pálido del padre ausente.Su paso es medido, gracioso. Pero lo veo, lo que los otros no ven: la ligera tensión en sus hombros, el porte de cabeza demasiado recto, como si sostuviera un peso invisible. Lleva el peso de mi posesión, y lo lleva con una dignidad que me hace empalmar dentro de mi pantalón de traje.Recorre el pasillo, su mirada al frente, fija en mí. A través del tul, creo ver sus ojos brillar con un destello oscuro, familiar. Es la mirada que tiene cuando se sabe perdida, cuando abandona el control. Mi corazón late más fuerte, un ritmo primitivo y triunfante.Se detiene ante mí. El tío le toma la mano, la coloca en la mía. Su piel es
ElenaCinco años.Cinco años desde aquel día sobre el escritorio, cuando el mundo basculó hacia una verdad más oscura y más real que todo lo que había conocido. Cinco años de sumisión consentida, de guerras silenciosas y rendiciones ruidosas. Cinco años de ser suya, hasta la médula de los huesos.Hoy, me preparo para serlo ante el mundo entero.El vestido es un sepulcro de seda marfil, un sudario suntuoso que abraza cada curva como si hubiera sido moldeado sobre mi cuerpo. En realidad, fue él quien lo eligió. Señaló la silueta sobria, severa, casi monástica, en el catálogo de la diseñadora.—Ese. Llevarás ese. Te cubrirá de la cabeza a los pies, y cada hombre en esta sala sabrá que lo que hay debajo me pertenece.Sus palabras, siempre una orden disfrazada de constatación. No discutí. Hace mucho que no discuto. La sumisión no es una derrota, acabé por aprenderlo. Es un abandono calculado, una entrega total de la voluntad
ElenaLos temblores tardan varios minutos en desvanecerse. Un frío profundo, que nada tiene que ver con el aire acondicionado, reemplaza el calor incendiario de su cuerpo contra el mío. Me deslizo del escritorio, mis piernas me traicionan de inmediato, obligando a mis manos a aferrarse a la madera lisa para no derrumbarme sobre el suelo.Mi reflejo en el cristal tintado de la ventana me da horror. Cabello alborotado, labios hinchados y enrojecidos, camisa completamente abierta dejando ver la piel marmoleada de rojo en los lugares donde sus dedos, sus dientes, se ensañaron. Parezco exactamente lo que soy: una mujer que acaba de ser tomada con salvajismo en su propio lugar de trabajo.Esperma. La palabra resuena en mi cráneo, cruda y humillante. Lo siento, tibio y pegajoso, correr a lo largo del interior de mis muslos. Una prueba líquida e indeleble de mi sumisión. Eres mía. Su voz ronca parece aún susurrar a mi oído.Hay que borrar las huellas. Borrarlo todo.Camino tambaleándome hacia
ElenaMurmuro, pero mis manos, estas malditas manos desobedientes, se posan sobre sus caderas, tirando de su pelvis contra la mía.Estalla en una risa baja, antes de apoderarse de mis labios en un beso que no tiene nada de tierno. Es una reivindicación. Sus dientes capturan mi labio inferior, su lengua invade mi boca con una brutalidad que me hace gemir contra su lengua. Respondo sin pensar, mis dedos hundiéndose en su cabello corto, reteniéndolo prisionero tanto como él me posee.Con un movimiento fluido, me levanta, me sienta sobre el escritorio sin romper jamás el beso. El frío de la madera bajo mis muslos me hace sobresaltarme, pero antes de que pueda protestar, sus manos ya están sobre mis botones, desabrochando mi blusa con una destreza que prueba que ha hecho esto demasiadas veces. Mi piel se cubre de piel de gallina cuando el aire acondicionado golpea mis pechos desnudos, mis pezones duros como piedras bajo su mirada hambrienta.—Eres mía, Elena.Gruñe entre dos besos voraces







