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Capítulo 3

Author: Brisa de Arce
Durante las dos semanas siguientes, Sebastián empezó a volver cada vez menos a casa.

Siempre tenía algún motivo: el proyecto estaba en una etapa clave, tenía una cena con clientes, había algún compromiso del trabajo...

Nunca lo llamé para preguntarle dónde estaba.

Yo seguí empacando mis cosas.

La casa estaba llena de recuerdos de todos esos años.

Las suculentas que llevaba tres años cuidando en el balcón se las regalé, con macetas y todo, a la señora que hacía la limpieza del edificio.

Los vestidos caros que Sebastián me había comprado y que apenas había usado los puse a la venta baratos en una aplicación de segunda mano.

En el estudio, fui metiendo en cajas, uno por uno, los libros que habíamos leído juntos.

Con cada cosa que sacaba, la casa se sentía un poco más vacía.

Y, para mi sorpresa, yo también me sentía un poco más ligera.

El viernes por la tarde, la empresa organizó una cena para celebrar que el proyecto había terminado con éxito.

Yo había estado en la empresa desde sus primeros años y ahora dirigía el departamento de Diseño, así que Recursos Humanos también me había mandado una invitación.

Me maquillé con cuidado para ocultar el cansancio y la palidez de los últimos días.

Cuando llegué, el salón ya estaba lleno. Se mezclaban las conversaciones, las risas y el sonido de las copas.

Sebastián hablaba con varios socios, copa de champaña en mano.

Valeria estaba a su lado.

Llevaba un vestido azul claro sin tirantes y un collar de diamantes que reconocí apenas lo vi.

Era el mismo que Sebastián había dicho que me regalaría por mi cumpleaños.

Después me dijo que alguien más lo había reservado antes que él.

Me senté en un sofá apartado y pedí un vaso de agua tibia.

En el escenario acababan de empezar a entregar el premio al Empleado del Año.

Además de un buen bono, el ganador tendría la oportunidad de pasar seis meses en el extranjero capacitándose.

En años anteriores, casi siempre lo recibía alguien importante del equipo de Diseño.

Ese año, todos habíamos propuesto a Diego, que llevaba cinco años trabajando conmigo.

Sebastián subió al escenario con el micrófono en la mano.

—Este año queremos reconocer a alguien que, aunque lleva poco tiempo con nosotros, ha traído ideas nuevas y mucha energía al equipo.

Hizo una breve pausa.

—En muy poco tiempo logró organizar varios procesos de Administración y aportar una mirada distinta a la empresa.

Luego dirigió una mirada cálida hacia Valeria.

Ella ya tenía los ojos húmedos, como si supiera lo que iba a decir.

—El premio de este año es para Valeria, del departamento de Administración. ¡Felicidades!

De inmediato empezaron los murmullos.

Diego, sentado no muy lejos de mí, apretó los labios y desvió la mirada.

Valeria se llevó una mano a la boca, sorprendida, y subió al escenario recogiéndose un poco el vestido.

Sebastián le entregó el trofeo.

Cuando sus miradas se encontraron, los dos sonrieron.

El gesto no pasó desapercibido. A mi alrededor empezaron a escucharse comentarios en voz baja.

Cuando terminó la ceremonia, Sebastián me encontró sentada en un rincón.

Se sentó a mi lado y habló más bajo.

—Camila, esta tarde decidí cambiar lo de Diego y darle la oportunidad a Valeria.

Lo dijo como si no tuviera nada de extraño.

—Su familia está pasando por un momento complicado y necesita mucho ese bono. Además, esos seis meses en el extranjero le pueden servir muchísimo para crecer. Administración también necesita gente con otro tipo de experiencia. Creo que le va a venir bien.

Me pasó un brazo por los hombros.

—Y tú eres mi esposa. No quiero que después digan que Diseño siempre favorece a los suyos. Habla con Diego y cálmalo un poco. Yo le voy a dar de mi bolsillo lo mismo que habría recibido de bono.

Lo decía con tanta tranquilidad que parecía convencido de que no había nada que discutir.

Sabía que yo jamás haría una escena que pudiera dejarlo mal frente a los demás.

También sabía perfectamente que estaba favoreciendo a Valeria.

Y daba por hecho que yo lo iba a dejar pasar.

No se equivocaba. Con el tiempo que me quedaba, discutir con él por algo así ya no tenía sentido.

—Está bien.

No dije nada más.

Sebastián sonrió y me besó en la mejilla.

—Sabía que lo ibas a entender.

Después volvió con los demás, todavía con la copa en la mano.

Al poco rato, Valeria se acercó con un vaso de jugo.

Se sentó frente a mí y dejó el trofeo sobre la mesa.

—Camila, de verdad, yo también me sorprendí. Esa oportunidad no me correspondía.

Bajó la mirada un momento, aunque no podía ocultar lo contenta que estaba.

—Al principio pensé en decir que no, pero el señor Sebastián me dijo que los que acabamos de entrar también merecemos una oportunidad y que tenía que aprovechar la confianza que la empresa estaba poniendo en mí.

Volvió a mirarme.

—Espero que no estés enojada conmigo.

No contesté. Mi mirada se quedó en el collar que llevaba puesto.

—Qué bonito collar.

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