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Secreto en la oreja del conejo gris
Secreto en la oreja del conejo gris
Author: Sietemiel

Capítulo 1

Author: Sietemiel
Hugo salió del baño solo con una toalla enrollada a la cintura. Al verme sosteniendo su teléfono, esbozó una sonrisa burlona.

—¿Este es mi regalo de tercer aniversario, Silvia? ¿Revisando mi celular?

Le giré la pantalla, donde aún era visible la notificación del hotel.

Él solo le lanzó una mirada rápida, se puso a secarse el cabello con la toalla y dio una explicación superficial.

—Son mensajes basura.

—¿Y qué me dices de las fotos de ese hotel guardadas en tu álbum?

Hugo se detuvo por completo. Medio segundo después se acercó, me apoyó la palma sobre la nuca y me dio un beso leve en la frente.

—Otra vez te estás inventando historias. ¿Será que tienes demasiado tiempo libre? Yo te propuse contratar una empleada doméstica, pero tú te negaste. Mira cómo estás, llena de rencor.

Su voz sonaba tierna, pero sus palabras me hirieron hondo.

Sobre la mesa del comedor seguían los platillos que yo había cocinado toda la tarde: bistec, arroz de mariscos, y en el centro un pastel algo torcido con la inscripción: Feliz tercer aniversario.

Hugo ni siquiera dirigió la vista a la mesa. Simplemente me deslizó una caja de joyería frente a mis manos.

—Tu regalo.

Al abrirla vi un collar de perlas; su dije era un pequeño conejo gris.

En la parte trasera llevaba grabadas unas palabras: Cambiar de ánimo.

Mis dedos se pusieron rígidos. Eran exactamente la contraseña que Julia repetía todo el tiempo.

Hugo no pareció percibir el cambio en mi semblante y habló con total descuido.

—Lo eligió Julia. Me comentó que te ves muy agotada últimamente y que algo delicado te vendría bien.

Lo miré a los ojos, desafiante. —¿Mi regalo del aniversario de bodas lo escogió ella?

Él frunció el ceño, molesto. —Silvia, ¿ahora también te vas a molestar por esto?

En ese momento el teléfono volvió a sonar: era Julia.

Hugo me echó una mirada y atendió la llamada. Del otro lado resonó su voz quebrada por el llanto.

—Hugo, creo que tuve otra reacción alérgica durante la sesión de fotos. Dejé mi aerosol en tu auto.

Las cejas de Hugo se tensaron. Ella jadeó un par de veces y añadió en un susurro.

—También rompí la ropa de la muñeca. Todo me sale mal hoy.

Su frente se arrugó por completo, lleno de preocupación.

—No te muevas de ahí. Voy a llevarte el aerosol para la alergia.

Solté una risa. —Hoy es nuestro tercer aniversario. ¿Ella no puede comprar uno nuevo?

Hugo colgó la llamada y su expresión se heló.

—Está sufriendo un ataque asmático, ¿y tú te pones a reclamar tonterías? Regreso apenas se lo entregue.

Lo observé fijamente. —¿Así que vas a salir incluso en nuestro aniversario?

Soltó un suspiro, como si yo estuviera montando una escena sin sentido.

—Silvia, ya estoy en casa. ¿Qué más quieres de mí? Siempre habías sido tan comprensiva. No arruines la noche.

Con eso dicho, se dio la vuelta para cambiarse de ropa.

Lo seguí hasta la puerta del dormitorio y le interrogué con firmeza: —¿Ese conejo se lo diste tú?

Su mano se detuvo sobre los botones de la camisa mientras respondió: —Sí. Se lo regalé de casualidad en la universidad.

—¿Y el 1707 grabado dentro de sus orejas, también fue cosa casual?

Hugo finalmente se giró hacia mí. No había rastro de pánico por haber sido descubierto; en su mirada solo reinaba la frialdad.

—¿Estuviste revisando sus cosas a escondidas?

Mi respiración se cortó por un instante. —¿Tu primera reacción es culparme por revisar sus cosas?

Se acercó hasta mí y me tomó el rostro entre sus dedos. No apretaba con fuerza, pero el gesto era el de quien corrige a una niña desobediente.

—Silvia, deja de hacer escenas. Eres la señora Jiménez, no una mujer vulgar persiguiendo infidelidades.

—¿Y tú qué eres entonces? —Lo interrogué clavándole la mirada.

Su semblante se ensombreció.

El teléfono vibró nuevamente: Julia había enviado un mensaje de voz con su voz dulce y suave.

—Doctor Jiménez, si no llegas pronto, la paciente va a romperse la ropa.

Un tenso silencio se instaló por dos segundos. Hugo apagó la pantalla del celular.

—Está bromeando.

—Se divierten mucho ustedes dos. —Asentí lentamente.

—¡Silvia! Lo nuestro no es lo que te imaginas. Si te sientes mal, cuando vuelva te consuelo. —Un destello de irritación cruzó sus ojos.

Mientras hablaba, me apartó un mechón de cabello de la mejilla, con ese gesto tan familiar de siempre.

—Pórtate bien. Guarda el pastel. No te enfermes otra vez por el enojo.

La puerta se cerró. Dentro de la casa solo quedó la mesa llena de comida completamente fría.

Tomé el collar del conejo y pasé la yema de mis dedos sobre la inscripción: "Cambiar de ánimo."

Sentí una profunda repulsión. Habían grabado su código secreto de infidelidad en un obsequio para mí. Si me lo ponía, llevaría colgado al cuello la prueba misma de su traición.

A las dos de la madrugada regresó Hugo. Traía consigo un tenue aroma de perfume, y no era el mío.

Entró a la cocina, calentó un tazón de sopa y me lo puso frente a mí.

—Toma un poco. No juegues con tu propia salud.

Antes, gestos como este me habrían ablandado el corazón. Pero su teléfono se iluminó de nuevo, mostrando una fotografía enviada por Julia.

El pequeño conejo gris vestía una bata médica, con el cuello entreabierto y un estetoscopio colgado al cuello. El pie de foto decía:

"El doctor Jiménez es un excelente médico. Volveré a consultarte".

—Es repugnante. —Empujé la sopa hacia un lado.

—Silvia, ¿tienes que hablar con tanta crudeza esta noche? —El rostro de Hugo se endureció por completo.

—Ya no volveré a hablar así. —dije lentamente, sin apartarle la mirada.

Él creyó que me estaba rindiendo, y su expresión se relajó un poco.

—Así es como debes ser.

Extendió la mano para acariciarme la cabeza, pero me aparté. Su mano quedó suspendida en el aire. Era la primera vez que no cedía ante él.

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