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Capítulo 2

Author: Sietemiel
Al día siguiente por la mañana, me dirigí a mi estudio personal.

Estudié diseño de vestuario en la universidad. Después de graduarme trabajé varios años en confecciones a medida junto a una amiga. Una vez casada, Hugo repetía una y otra vez que el hogar no necesitaba mis ingresos, y poco a poco fui aceptando menos encargos. Aun así, nunca abandoné mi profesión.

Al volver a casa por la tarde, el chofer de Hugo me entregó un comprobante de retiro perteneciente al taller artesanal. Se trataba de un atuendo de novia para la muñeca de conejo.

Lo llamé por teléfono. Contestó casi al instante, y al fondo se escuchaban las voces de una sala de reuniones.

—¿Qué pasa?

—¿Me mandaste a recoger la ropa de la muñeca para Julia?

—Te queda de paso. —Hizo una pausa de dos segundos antes de pronunciar esas palabras.

—No voy a ir.

—Silvia, no te pongas terca por esto. Julia tiene una sesión publicitaria esta tarde y no puede salir. Ustedes solían ser muy buenas amigas. —Hugo bajó el tono, intentando persuadirme.

—Antes no sabía que lo que ella deseaba era a mi esposo. —Solté una risa irónica.

Se hizo silencio al otro extremo de la línea. Cuando volvió a hablar, su voz era completamente gélida.

—Te estás pasando. Te advierto que no vayas a decir tonterías delante de ella. Es muy sensible y no cuenta con tu tolerancia.

Tolerancia. Otra vez esa misma frase.

Colgué la llamada, pero de todas maneras me presenté en el taller. No iba por la ropa de la muñeca. Quería ver con mis propios ojos qué lugar ocupaba yo realmente en sus vidas.

Al ingresar al local, la empleada me reconoció en cuanto vio la tarjeta de socio.

—Señora Jiménez, el señor Jiménez dio órdenes expresas para reproducir este conjunto tal cual aparecía en las fotografías.

Abrí la caja. Dentro reposaba un diminuto vestido de novia. Su cintura, tirantes y falda eran idénticos a los de mi vestido de boda; incluso conservaba la hilera completa de botones de perla en la espalda. Pero lo que más me hirió la vista fue el encaje que bordeaba su velo.

Lo reconocí al instante. Se trataba del encaje del viejo vestido de mi madre.

La noche antes de mi boda, sentada al borde de la cama, había cosido trozo por trozo ese encaje sobre mi propio velo.

Hugo estaba ahí a mi lado observándome y me preguntó confundido.

—¿Por qué coses algo tan desgastado?

—Es un regalo de mi madre.

Permaneció callado mucho rato, hasta que tomó mi mano y me hizo una promesa. —Silvia, en el futuro te daré cosas nuevas, pero si quieres conservar lo viejo, yo lo respetaré contigo.

Pero ahora él había cortado ese mismo encaje para coserlo sobre el vestido de la muñeca.

—El señor Jiménez es sumamente detallista, incluso trajo personalmente las muestras de tela. —La empleada seguía hablando con una sonrisa aduladora.

Una profunda desilusión me invadió. Salí del local con la caja entre las manos y vi el auto de Hugo estacionado sobre la acera. Julia ocupaba el asiento del copiloto. Llevaba consigo su conejo gris, vestido con un pequeño vestido‑saco y una horquilla de perla pegada cerca de su oreja.

Al verme se quedó sorprendida por un instante y luego esbozó una sonrisa.

—Silvia, ¿por qué viniste tú personalmente?

—Pensé que Hugo no te haría hacer este recado.

Ella bajó del auto y extendió la mano para tomar la caja, pero yo no la solté.

—¿De dónde salió este encaje?

Julia desvió la mirada de inmediato y buscó apoyo en Hugo.

—Fui yo quien lo tomó. —respondió él, frunciendo el ceño.

Lo miré fijamente, con la mirada cargada de reproche. —¿Lo sacaste de la caja de mi vestido de novia?

Su tono se tiñó de impaciencia. —Solo eran unos retazos sobrantes.

—Tú no volverás a ponerte ese vestido, solo estaba guardado sin uso. A Julia le gustó, así que lo usé. Si realmente te molesta, te compro uno nuevo.

Solté una risa irónica. —¿Cómo podría comprar uno nuevo? Fue un regalo de mi madre.

El rostro de Hugo se quedó petrificado. En ese instante los ojos de Julia se humedecieron.

—Silvia, lo siento muchísimo. Realmente no sabía que ese encaje fuera tan importante para ti. Solo comenté sin pensar lo bonito que era el encaje de tu velo. Nunca imaginé que Hugo lo tomaría tan en serio.

Su voz era muy suave, pero sus palabras decían toda la verdad.

Hugo había guardado en su memoria un comentario casual de ella, pero había olvidado que aquel encaje era el último recuerdo que me había dejado mi madre.

—Tómalo. —Le extendí la caja.

Julia se quedó paralizada.

—No tires la ropa. Me da asco solo verlo. —le dije.

Las lágrimas le brotaron de inmediato. —Silvia, ¿cómo puedes hablarme así?

Hugo se interpuso frente a ella y me reprendió con voz cortante. —Pídele disculpas, Silvia.

Lo enfrenté sin bajar la mirada. —¿Que yo le pida disculpas a ella?

—Ella no sabía nada.

—Pero tú sí lo sabías.

Hugo no dijo ni una palabra. Se mantuvo erguido delante de Julia como un muro, que me dejaba completamente afuera. Mientras tanto, Julia se ocultaba detrás de su espalda, sollozando con los hombros temblando.

—Hugo, ¿acaso estuvo mal que me gustara ese vestido? —murmuró ella.

Hugo la consoló en voz baja. —No es tu culpa.

Asentí lentamente. Si no era culpa de ella, entonces la culpa era mía. Había sido demasiado buena con ellos, hasta el punto de hacerles creer que mi vestido de novia, mis recuerdos más preciados, podían ser desmantelados y cosidos sobre una simple muñeca de conejo.

Por la noche, Julia publicó una actualización en su red social. La fotografía mostraba al conejo gris con su diminuto vestido de novia; el velo caía sobre sus orejas y el borde de encaje lucía limpio y hermoso.

El pie de foto decía: "¿Una felicidad prestada puede volverse real?"

Alguien comentó debajo: "Parece una novia en miniatura."

Julia le respondió: "Lo preparó mi esposo con sus propias manos."

Me quedé mucho tiempo en silencio, clavada en esas palabras: mi esposo.

Cuando Hugo regresó, deposité la caja del vestido de novia sobre la mesa. Al velo le faltaba un fragmento; sus bordes estaban desgastados, semejantes a un trozo de carne mordida.

Él lo vio y frunció levemente el ceño. —No hagas esto. Parece que he cometido algún crimen atroz.

—¿Y qué fue exactamente lo que hiciste? —le pregunté.

Se sumergió en el silencio. Después de unos segundos se acercó queriendo abrazarme.

—Silvia, te lo repongo. Si quieres tomarnos fotos conmemorativas, yo voy contigo. Incluso puedo organizarte una boda nueva, si es lo que deseas.

Di un paso hacia atrás. —¿Con un vestido nuevo, para conmemorar que cortaste el viejo para dárselo a Julia?

El semblante de Hugo se oscureció por completo. —Silvia, ¿tienes que hablar de manera tan dura?

—No es que mis palabras sean duras, es que tus actos son repugnantes. —Lo miré directamente a los ojos.

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