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Capítulo 4

Author: Sietemiel
El día que me mudé, Hugo no volvió a casa. Solo me mandó un mensaje.

"Julia está muy alterada, regresaré más tarde. Trata de calmarte, no sigas diciendo tonterías sobre el divorcio."

Leí esas líneas y me reí. Todavía estaba convencido de que yo estaba haciendo una rabieta, esperando que volviera para consolarme.

Cuando los trabajadores de la mudanza tocaron el timbre, acababa de sellar la última caja.

No rompí objetos ni recorté fotografías. Solo fui guardando ordenadamente dentro de una carpeta las copias de nuestro acta de matrimonio, los papeles de la vivienda, las tarjetas bancarias y la caja de mi vestido de novia.

Todos los regalos que Hugo me había obsequiado los dejé sobre el mueble de la entrada: el collar, los perfumes, los bolsos, el reloj. Debajo de cada artículo puse una nota.

"Lo eligió Julia."

"Julia tiene uno idéntico."

"A Julia le encanta este aroma."

"Julia decía que el gris me favorecía."

La última nota quedó debajo del collar del conejo:

"Cambia de ánimo."

Esas pocas palabras me daban asco.

Al atardecer, Hugo finalmente llegó. Julia venía caminando detrás de él, con los ojos rojos e hinchados, abrazando contra su pecho el conejo gris. En cuanto divisó las cajas en la sala, su expresión se transformó por completo.

—¿Qué estás haciendo, Silvia?

Deslicé la carpeta sobre la mesa de centro y hablé sin rodeos. —Me estoy mudando.

Se acercó a zancadas, lleno de irritación. —¿No te pedí que te calmaras?

—Estoy totalmente calmada.

Fui sacando los documentos uno tras otro. —Este es el acuerdo de divorcio. Esta es la lista para la división de bienes. Aquí tienes las reservas de hotel y los comprobantes de gastos del taller artesanal, correspondientes a ti y a Julia. Ya le entregué los originales a mi abogado.

El rostro de Hugo se petrificó. El semblante de Julia se palideció por un instante, después se mordió los labios con fuerza.

—Silvia, ¿no crees que es muy hiriente poner todo esto sobre la mesa?

La miré fijamente, con reproche. —¿Hiriente? ¿Dónde estaba ese pensamiento cuando usaste el encaje heredado de mi madre para hacerle ropa a esa muñeca?

Las lágrimas le brotaron de inmediato, con voz lastimera. —De verdad no sabía que ese encaje era un recuerdo de tu madre.

Hizo una pausa y añadió en un susurro: —Solo comenté que se veía bonito, y Hugo lo tomó muy en serio.

—Silvia, jamás imaginé que le diera tanta importancia a algo que dije de pasada.

Hugo frunció el ceño. —Julia, ya basta.

Ella calló, manteniendo una expresión profundamente agraviada. Pero sus palabras ya habían surtido efecto. Él había guardado en su memoria un comentario casual de ella, mientras hacía caso omiso de lo mucho que significaba para mí aquel vestido de novia.

Le empujé un bolígrafo hacia adelante. —Firma.

Él bajó la vista al impreso, y su rostro se iba oscureciendo cada segundo.

—¿Rechazas la casa?

—La rechazo.

—¿También el automóvil?

—También.

—¿Aceptas únicamente la porción legal de los ahorros?

—Sí.

Él levantó la mirada bruscamente hacia mí. —¿Qué quieres decir con esto, Silvia?

—Simplemente que no quiero enredarme más contigo.

Se quedó totalmente paralizado. Acto seguido arrojó el acuerdo sobre la mesa.

—No firmo. No acepto el divorcio.

Asentí tranquilamente. —Entonces recurriremos a la vía judicial.

Soltó una risa burlona. —¿Vas a arrastrar esto hasta los tribunales por algo tan trivial?

Le deslicé otro documento frente a él y le devolví la pregunta. —¿Trivial?

Con solo echarle un vistazo, el rostro de Hugo se descompuso.

No eran facturas comunes: se trataba de un cuadro comparativo que yo misma había elaborado.

A la izquierda figuraban todos los registros de gastos del hotel; a la derecha, fotografías del conejo gris de Julia.

Diecisiete de septiembre: el paquete temático de la consulta médica. Al día siguiente, en sus redes sociales, el conejo aparecía vestido con el traje de enfermera.

Veintiséis de octubre: el paquete de princesa de castillo. Esa misma noche, compartió la foto de la muñeca con un vestido estilo lolita.

Veinticuatro de diciembre: el paquete de juegos de rol laborales. A la mañana siguiente, el conejo llevaba una camisa nueva.

Y el día previo a nuestro tercer aniversario de bodas: Hugo reservó la habitación temática de novia. El conejo gris de Julia lucía el diminuto vestido de novia copiado del mío.

Fui pasando las hojas una por una.

—Hugo, esto no fue un desliz momentáneo. Cada vez que mantenían relaciones, le cambiaban la ropa a ese conejo. Ella lo llevaba colgado de su bolso, justo ante mis ojos. Tú lo veías, y hasta te parecía divertido, ¿verdad?

Los labios de Hugo se movieron, pero no pudo pronunciar ni una sola palabra. Julia entró en pánico y se lanzó para arrebatarme el cuadro.

—¡Silvia, qué locura es esta! ¿Quién se pone a armar algo así?

Mantuve el documento sujeto bajo mi mano y la miré fijamente.

—Tres años te atreviste a exhibirlo frente a mí. ¿Qué hay de malo en que yo haya reunido tres hojas de pruebas?

Un silencio opresivo se instaló en la sala. Hugo no apartaba la vista del cuadro comparativo, su expresión se volvía cada vez más sombría.

Porque en ese momento terminó de entenderlo: no me aferraba a una simple muñeca de peluche. Yo había contado uno a uno cada acto de traición que ambos exhibieron descaradamente ante mi mirada.

Saqué el último listado. —También está esto.

Hugo bajó la vista: era nuestra alianza de oro. Al pie figuraba la anotación: valor de rescate según cotización del oro.

—¿También metiste la alianza en esta lista, Silvia?

—Es un metal precioso, lógicamente debe estar incluido.

—¡Es nuestra alianza de bodas, el símbolo de nuestro matrimonio!

—Ahora es un bien sujeto a división.

Al oír esas palabras, sus ojos se humedecieron por completo.

Antes yo cuidaba muchísimo ese anillo. Cada vez que me bañaba lo quitaba y lo guardaba en su cajita exclusiva.

Una vez se me cayó dentro del lavabo; estaba tan desesperada que llamé a un técnico a mitad de la noche para desarmar la tubería y recuperarlo.

En aquel entonces Hugo se había reído de mí.

—Silvia, ¿por qué le tienes tanto aprecio a ese anillo?

Porque en aquel entonces creía que eso era amor. Ahora ya conozco la verdad. El anillo no es más que un trozo de metal, no puede representar el amor.

Fui dejando sobre la mesa de centro las llaves, las tarjetas auxiliares y los pases de acceso, una tras otra.

—De ahora en adelante, nada de esto me corresponde.

Hugo fijó la mirada en ese manojo de llaves, con la voz quebrada.

—Silvia, tú alguna vez dijiste que este era tu hogar.

—Ya no lo es.

Se le formó un nudo en la garganta. —¿Todo esto por un único error mío?

Señalé el conejo que Julia sostenía contra su pecho. —Pregúntale a él. ¿Cuál de todas sus ropas no es un recuerdo de cada una de tus errores?

El rostro de Julia se puso lívido. Hugo se quedó sin palabras.

Tomé mi maleta con ruedas y me dirigí hacia la salida. Cuando las puertas del ascensor se abrieron, él me gritó de repente.

—¡Silvia! —No me giré. Su voz temblaba por completo—. ¿Qué demonios quieres que haga?

Yo le respondí: —Ya no quiero absolutamente nada.

Las puertas del ascensor se cerraron despacio. Por la pequeña rendija alcancé a ver a Hugo parado en el umbral. Detrás de él, Julia abrazaba el conejo y lloraba en voz baja.

—Hugo, ¿ella te dejó para siempre?

Hugo no emitió ninguna respuesta. Porque en ese preciso momento terminó de comprenderlo todo.

No rasgué fotografías, no destruí la alianza, ni monté escenas histéricas para obligarlo a elegir. Solo tomé la decisión tranquila de alejarme de él.

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