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Capítulo 3

Author: Sietemiel
La tercera noche, Julia se presentó en mi casa sin previo aviso.

Estaba en la puerta envuelta en la chaqueta de Hugo y sostenía entre sus brazos el conejo gris. El broche trasero del vestido de novia de la muñeca se había roto.

Tenía los ojos rojos e hinchados.

—Silvia, no me atrevo a ir al taller. Toda la gente de ahí conoce a Hugo. Tú eres muy hábil con las manos, ¿podrías cosérmelo?

La observé fijamente. —¿Me estás pidiendo que te repare esa ropa?

Julia mordió su labio inferior. —Sé que sigues molesta. Pero alguna vez dijiste que éramos las mejores amigas, que las cosas bonitas debíamos compartirlas.

Una sonrisa difícil de ocultar brilló en sus pupilas.

—Solo no imaginé que te afectara tanto un trozo tan pequeño de encaje —Hizo una breve pausa y prosiguió—. Hugo siempre decía que eres muy comprensiva, pensé que no te enojarías.

Justo en ese momento Hugo salió del estudio y alcanzó a escuchar esas últimas palabras. Su semblante cambió de golpe.

—Julia.

Ella bajó la mirada al instante, con la voz teñida de fingido agravio.

—Perdón, dije algo que no debía. Me miró y las lágrimas le cayeron sin aviso.

—Silvia, no me malinterpretes. Solo te envidio muchísimo. Envidio que tengas un esposo tan maravilloso. Por eso quise saber cómo se siente ser alguien valioso para él.

Sentí una profunda repulsión. Se atrevía a justificar de esa manera su traición hacia mí.

Tomé la muñeca de conejo y me senté sobre el sofá.

Hugo frunció el ceño.

—Silvia, no tienes por qué complacerla.

No le hice caso. Agarré la aguja y el hilo, y fui cosiendo el broche punto por punto. Julia permanecía sentada a mi lado con una voz muy suave y baja.

—Qué buena eres, Silvia. No es para menos que Hugo siempre diga que eres tan comprensiva.

La aguja se clavó en la yema de mi dedo y una pequeña gota de sangre brotó de la herida. Casi de inmediato Hugo me sujetó la mano.

—¿Cómo pudiste ser tan descuidada?

En ese breve instante, sus palabras me provocaron una punzada en el corazón. No era porque albergara la ilusión de que aún quedara amor entre nosotros. De pronto me asaltó el recuerdo: hubo un tiempo en que él también me había apreciado de esa misma forma. Pero apenas un segundo después, Julia soltó una tos leve.

Hugo me soltó la mano al instante y se volvió hacia ella lleno de preocupación. —¿Te sientes mal otra vez?

Julia negó con la cabeza. —Estoy bien, puedo aguantarlo.

Decía que lo soportaba, sin embargo su mirada no se despegaba de él. Hugo se dio la vuelta para buscar medicinas dentro de un cajón.

Esas pastillas las había comprado yo. La primera vez que Julia vino a cenar a casa, comentó que era alérgica a los aromatizantes. Desde aquel día guardé todos mis sahumerios de gardenia, a pesar de que esa era mi fragancia favorita.

Le entregó el medicamento a Julia con un tono muy tierno. —Te dije que no te fueras a forzar.

Julia tomó la pastilla y sus ojos se humedecieron aún más. —Tengo miedo de que Silvia crea que estoy fingiendo mi malestar.

Hugo me lanzó una mirada rápida. —Ella no pensaría eso.

Parecía estar saliendo en mi defensa, pero la persona a la que realmente protegía era Julia.

Terminé de reparar la prenda y se la devolví con voz gélida. —Tómalo.

Julia murmuró bajito: —Gracias. Tendré más cuidado en el futuro.

—No habrá un futuro.

Un silencio pesado se apoderó de la sala. Hugo se tensó y preguntó:

—¿Qué quieres decir con eso?

Me puse de pie y guardé la aguja y el hilo.

—Mañana me mudaré. Mi abogado te hará llegar el acuerdo de divorcio.

Al oírlo, Julia se iluminó por un instante, aunque enseguida frunció el ceño con fingida angustia.

—Silvia, no hagas esto. Te lo juro, no volveré a buscar a Hugo.

La miré y negué con la cabeza. —No es necesario. Si te gusta tanto quedarte con lo que otros desechan, entonces te lo regalo también a él.

El rostro de Hugo se puso pálido de inmediato. —¡Silvia!

Tomé la caja del vestido de novia y me encaminé hacia el dormitorio de invitados. Él me alcanzó en pocos pasos y me sujetó firmemente la muñeca.

—¿Hasta cuándo vas a seguir con este escándalo?

—No estoy armando ningún escándalo. Solo te estoy comunicando mi decisión.

Me clavó la mirada, su expresión mezclaba furia y desasosiego.

—¿Realmente podrás alejarte de mí?

—¿Qué estás diciendo? —Alcé la vista hacia él.

Soltó una risa burlona, convencido de haber encontrado mi punto más vulnerable.

—No digas cosas que no vas a cumplir. Me has amado por años. No puedes vivir sin mí.

Lo contemplé y, de pronto, ese hombre me resultó terriblemente extraño. No ignoraba cuánto me dolía; muy al contrario, sabía perfectamente cuánto lo quería. Por eso se atrevía a poner mis límites a prueba sin el menor remordimiento.

Fui separando sus dedos de mi muñeca poco a poco.

—Hugo, antes no podía estar sin ti porque creía que tú también me amabas. Ahora entiendo que tu amor dejó de pertenecerme hace mucho tiempo.

Sus pupilas se contrajeron. Detrás de él, Julia rompió en sollozos bajitos.

—Hugo, mejor me retiro.

Hugo no se giró, mantuvo toda su atención sobre mí.

—Silvia, si cruzas esa puerta esta noche, no iré a consolarte después.

Esas palabras solían surtir efecto. Cada vez que adoptaba esa actitud fría, yo sentía miedo. Pero esta vez, sosteniendo la caja del vestido, cerré la puerta del dormitorio de invitados con firmeza.

Afuera se instaló un silencio muy largo. No hubo ni un solo golpe en la madera.

Me apoyé contra la puerta y observé la yema de mis dedos. La pequeña herida de la aguja ya había sanado. Al igual que la última chispa de afecto que guardaba para él, que por fin se había consumido por completo.

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