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Capítulo 18

Autor: DiegoAlmary
last update Fecha de publicación: 2021-10-06 09:55:10

Gabriel nunca había entrado a la parte central del parque, donde estaban algunas bancas frente al enorme árbol y el suelo estaba tapizado con ladrillos pequeños y amarillos. Le dolía todo el cuerpo, como si una tractomula le hubiera pasado por encima, por suerte la cabeza le había dejado de doler, pero odiaba tener los ojos hinchados y rojos, odiaba llorar.

Dejó de llorar casi desde que salió del hospital, no quería pasearse por las calles como Victoria Rufo. El pueblo había tenido suficiente de sus shows por esa semana, pero aun así las personas lo miraban al pasar, y trató de llegar a su habitación lo más rápido que le fue posible. Ignoró a Irán que abrió los ojos cuando lo vio, y a su tía le dijo que tenía una alergia. Se encerró en el pequeño cuarto, se metió entre las sabanas y se quedó ahí, ya ni siquiera tenía ganas de llorar, incluso se sentía un poco mejor emocionalmente, afrontar las cosas le había servido un poco. Buscó su celular en el bolsillo, quería escribirle a su hermano para decirle que ya estaba preparado para las terapias psicológicas, si algo lo podría ayudar a terminar de entender y superar todo era eso, pero el celular no estaba. Tardó media hora en darse cuenta que lo más probable era que lo hubiera dejado caer en la calle al salir corriendo del hospital, en breves palabras, lo había perdido. Se tendió en la cama y se quedó dormido pensando en el futuro, como siempre. Cuando Irán lo despertó, se levantó lúcido, como si hubiera dormido veinte horas seguidas, pero sus parpados estaban más hinchados.

Se metió el celular en el bolsillo mientras seguía al enfermero hacia el centro del parque. Gabriel lo observó, su espalda era ancha, y su forma de caminar segura y firme. Traía unos pantalones cortos, y Gabriel no pudo evitar darle una ojeada a sus gemelos voluminosos y poco lampiños. Era la primera vez que lo veía con ropa normal, y era mucho más atractivo de lo que pensaba.

Cuando alcanzaron el centro, caminaron hasta una de las bancas de cemento y el enfermero tomó asiento. Le indicó con la cabeza a Gabriel que se sentara, así lo hizo y sus caderas quedaron muy juntas. Ambos se quedaron mirando a l horizonte, donde el sol comenzaba a despuntar tras las verdes montañas.

—¿Cómo estás? —le preguntó Samuel después de un rato.

—Bien —contestó sin añadir nada más ¿Que cómo estaba? Ni siquiera sabía como estaba, no había tenido tiempo para saber como se sentía al respecto. Sabía que había dejado escapar sus emociones, las que había contenido desde esa noche, todas salieron de la peor manera posible, y explotó como un cáncer frente a los dos hombres, aunque Maoy se había llevado la peor parte. Se quedaron en silencio otro rato, hasta que Samuel se giró un poco hacia él y sus rodillas se juntaron.

—Tienes que hablar de lo que pasó, Gabriel —miró para todas partes, por si alguien estaba demasiado cerca como para oírlos, pero las personas pululaban alrededor sin prestarles demasiada atención —Maoy te agredió —Gabriel sonrió con amargura.

—Yo lo agredí más a él —contestó encogiéndose de hombros. Samuel se sintió incómodo, pensando en la mejor manera de abordar la situación.

—Él intentó abusar de ti —le dijo al fin, directo y Gabriel lo miró con los ojos abiertos.

—No seas exagerado —se frotó las manos sudorosas en el pantalón —él solo quería besuquearse conmigo, solo que yo no quería y él no lo entendió.

—Él no es gay —el enfermero se cruzó de brazos —¿Por qué quería hacerlo? —Gabriel meneó la cabeza.

—Tal vez solo quería experimentar, no lo sé, ¿Acaso tu nunca has querido experimentar con el sexo opuesto al que te gusta? —le preguntó más bien con una doble intención, pero el enfermero negó con vehemencia.

—No, siempre he sabido qué es exactamente lo que me gusta —puso una de sus piernas sobre su rodilla, y esta quedó casi encima del pie de Gabriel, que intentó alejarse del hombre, pero ya no había más espacio —Además, ¿me dices a mí exagerado? Tu fuiste el que lo dejó en el suelo —Gabriel desvió la mirada, y Samuel se arrepintió de inmediato de ese comentario, luego se quitó la gorra y se peinó el cabello —lo que trato de decir es que no le debes restar importancia el hecho de que estaba haciendo algo que tu no querías, y el que le respondieras de la manera que lo hiciste.

—No es para tanto.

—Si, lo es —le insistió Samuel con calma, no quería sonar agresivo y espantarlo —Cuando llorabas, no parecía que fuera por cualquier cosa —ante el comentario, Gabriel lo miró a los ojos, y vio ese verde oscuro iluminado por las luces del atardecer, y sintió que se le humedecían los ojos.

—Era otra cosa que tenía encima, y exploté —le apartó la mirada al hombre mientras hablaba y miró sus manos.

—El el motivo por el que estas aquí, ¿cierto? —Gabriel asintió con la cabeza, en silencio. Cuando le había contado su historia a Camila e Irán se sintió mejor, como si el hecho de que ellos conocieran esa parte oscura de su vida le quitara un peso de encima. Miró a Samuel de nuevo a los ojos. No tenía nada que ocultar, ya no.

—Mis papás siempre han sido grandes padres —comenzó a decir, y a Samuel se le secó la boca de inmediato —los mejores, amorosos, comprensivos, incluso aceptaron que Alexander y yo no quisiéramos seguir el camino de Dios con el Pastor Bernardo —Samuel sonrió, se notaba que a Gabriel no le caía bien el hombre —pero…—continuó, pero se le quebró un poco la voz —ellos eran un poco homofóbicos. No eran radicales, ni groseros, pero eran del tipo que decían: ellos pueden hacer lo que quieran, pero dios creó al hombre y a la mujer, y todas esas pendejadas que les mete en la cabeza la religión —se limpió de nuevo las manos en el pantalón, cada vez que lo contaba, se sentía menos difícil —Yo comencé a alejarme de ellos por miedo a que descubrieran que era gay, tenía tanto pánico, no te imaginarías nunca lo que se siente —Samuel sintió un hueco en el corazón, se le hizo un tremendo nudo en la garganta y tubo que apartar la mirada para que el menor no viera que se le humedecieron los ojos. ¿Qué él no podía imaginarse qué se sentía? Gabriel no podría imaginarse lo que sintió él.

—Comencé en las peleas un día, alguien intentó robarme el celular y…parece que siempre he tenido talento para esto—continuó —pero tal vez luego te cuente esa historia —Samuel asintió con la cabeza, dedicándole una bonita sonrisa, y no supo cuanto eso pequeño gesto hizo sentir mejor a Gabriel, que sonrió también —utilizaba las peleas como medio de escape, para desahogarme —apretó los puños y los miró —solo ahí sentía que podía ser quien era realmente”

“Yo no tenía computador, eso fue hace un poco más de una semana así que se lo pedí prestado a mi hermano. Esa noche tenía una pelea importante, era la final, estaba a punto de ganar por novena vez el premio de puños de acero y estaba nervioso, tenía un gran competidor en mi contra, y lo peor, ¿Sabes que es lo peor? —Samuel negó con la cabeza, y Gabriel se golpeó la pierna —Era mi última pelea…había prometido que era la última, ya tenía el dinero suficiente para pagarle toda la carrera de abogado a mi hermano, y para que yo entrara también a la universidad, pero fui tan idiota de no borrar el historial de navegación —Samuel frunció el ceño y Gabriel lo empujó con el hombre —no hagas esa cara, tú también eres hombre.

—Sí —dijo —también he visto porno — Gabriel suspiró.

— Pues… mi papá le pidió el mendigo aparato a mi hermano para hacer no sé qué y…lo escuché gritar, ¿Quién fue el último que usó el computador? —se recostó con más pesadez en la banca, había recordado tantas veces ese momento, pensando, e imaginando como hubiera podido cambiarlo, o qué excusa pudo haber inventado, pero la realidad era la realidad, y no había como escapar de ella —inocentemente dije que yo, y cuando él enseñó lo que había en la pantalla sentí que me moría. Si tenía miedo que papá se enterara, dime el pánico que sentí cuando vio que en la página principal de X videos había escrito: Hombre musculosos y velludos —Para samuel fue imposible no soltar una pequeña risita, y Gabriel lo miró —sí, patético —ambos comenzaron a reír y Gabriel se sintió realmente bien, por un momento olvidó que estaba contando su triste historia —Ahora me da risa, pero en ese momento, papá explotó. Ahora que lo pienso ni siquiera me atacó a mi como persona, gritó que no quería que me fuera al infierno, y cosas así, pero yo solo escuchaba que me gritaba. Salí de la casa corriendo, y no me detuve hasta que llegué a la arena, y cuando llegó la hora de pelear —la voz se le quebró de nuevo. A Irán y Camila le había contado ese acontecimiento de la manera más superficial posible, pero ya no le apetecía seguir evitando el dolor —peleé con rabia y frustración, y con miedo, pensando que cuando volviera a casa iba a encontrar todas mis cosas tiradas en la calle. Estaba tan enojado conmigo que no me di cuenta que la pelea ya era mía, y seguí golpeando al hombre —los ojos se le llenaron de lágrimas, pero ya no tenía los puños apretados —le pateé la cabeza con tanta fuerza que calló al suelo, y no se volvió a levantar. Escuché gritos, gente que se acercaba y luego se iba, me empujaban y me gritaban, pero yo me quedé ahí, petrificado viendo el rostro ensangrentado y lleno de polvo que yacía inerte frente a mi —Miró a Samuel, y el enfermero tenía una expresión seria —Cuando recuperé la conciencia estaba solo, literalmente solo, en menos de diez minutos todas las personas de la arena se habían marchado, y yo estaba ahí solo con él. Traté de despertarlo, pero estaba inconsciente. Busqué mi celular, pero no lo encontré, no estaba —las manos le comenzaron a temblar, y Samuel las cubrió con la suya, estaba tan cálida que reconfortó un poco a Gabriel —Lo único que pensé en hacer fue cargarlo y sacarlo de ahí. Sali a la calle, pero eran más de las once y casi no había taxis, las pocas personas que pasaban no querían parar. Entonces lo cargué en mi hombro y lo llevé hasta el hospital más cercano. Jamás me había sentido tan débil como ese día, tardé más de dos horas en llegar desde la arena hasta el hospital, tenía unos pantalones cortos y un par de vendas en las manos, ni zapatos ni camisa, tenía tanto frio que me temblaba la quijada. Ya pasó más de un mes y todavía tengo frio —Sacó una de sus manos de debajo del protector manto que era la de Samuel y se enjuagó las lágrimas con el dorso —cuando lo atendieron me quedé ahí en la sala de urgencias, pedí prestado el teléfono a un enfermero y pensé llamar a casa, pero no pude, tenía miedo, así que llamé a la policía. Cuando ellos llegaron y les conté todo, me esposaron y me llevaron a una estación, me metieron a una celda y me dejaron ahí. Me sangraba la nariz, y todo mi cuerpo estaba lleno de la sangre de Diego, y tenía frio y sed, pero me quedé ahí, hasta que mis papás llegaron en la mañana. ¿Sabes qué fue lo primero que hizo papá cuando me vio? —Samuel negó, y Gabriel distinguió un rastro de empatía en sus ojos —él me abrazó —dijo con una sonrisa —me abrazó tan fuerte que pensé que me iba a romper, y me dijo cuanto me amaba y que no le importaba que fuera gay. Mamá también, y Alexander supongo que ya lo sabía, no creo que fuera la primera vez que olvidara borrar el historial —Samuel sonrió, quitó la mano de encima de la del muchacho y la posó en su hombro, meneándolo.

—Hiciste lo correcto, otro en tu lugar solo lo hubiera dejado ahí —Gabriel asintió.

—Eso dijo el abogado, yo no tenía antecedentes y el crimen no era muy gabe o algo así. Por eso solo me condenaron a libertad condicional y servicio comunitario.

—¿Qué pasó con él, con Diego? —Gabriel se cruzó de brazos.

—Le indujeron coma por una semana, tenía muchas costillas rotas, pero por suerte cuando despertó estaba bien, ya debe estar con su familia, recuperándose. Recien me enteré. El medico dijo que había tenido un coagulo en el cerebro, que si yo no lo hubiera llevado a tiempo hubiera muerto. Él tiene una esposa y dos hijas, y peleaba para poder mantenerlas —Gabriel se quedó en silencio un rato y ambos se quedaron mirando el atardecer, hasta que el enfermero se puso de pie y señaló el pequeño kiosco.

—¿Quieres un choco cono? —le preguntó, y Gabriel asintió con una sonrisa.

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