FAZER LOGINGabriel observaba por la pequeña ventana de la oficina de Samuel el agua caer inclemente sobre los techos del pueblo, la tormenta embravecida azotaba como un huracán dispuesta a arrancar a Florencia desde los cimientos, y lanzarla al aire como hojas al viento. Bajó la cabeza de nuevo, intentando pensar en la justificación de su proyecto. ¿la justificación? Estaba allí porque le tocaba. Intentó concentrarse, pero el ruido que causaba la gotera contra el balde que Samuel había puesto sobre el escritorio no lo permitía, al final terminó por rendirse y dejó el lapicero sobre el papel, intacto, y sacó su celular, jugó un rato a un jueguito patético que había descargado hacia porco y chateó con un par de amigos que fingieron interesarse por su situación, hasta que se despidieron de manera muy inesperada. Vagó un rato por los contactos hasta que vio a “Toreto” agregado. Irán le había pedido su teléfono en el descanso para agregarle su número, y lo había registrado así.
— Hola — le escribió, pero no estaba conectado, así que lo dejó estar. Encontró el contacto de Camila y recordó su cita.
— Hola Cami — le escribió — creo que no podremos vernos hoy, todavía estoy en el hospital y creo que me tardaré — recibió una respuesta casi inmediata.
— Claro, hombre, no hay problema, mañana te cuento un chisme — un emoticón llorando de la risa — recuerda que mañana nos toca educación física, así que ponte el uniforme de educación física, porque si llegas con el de diario, jmmm, eso sería suicidio social.
— Jaja gracias por la advertencia — estaba buscando un Emoji cuando la puerta se cerró de golpe.
— Qué rápido acabaste para que estés con el celular — Samuel lo miraba como el que mira la m****a más desagradable.
— Lo siento, es que no me surgía nada y le estoy pidiendo ayuda a un amigo — Mintió y levantó el teléfono para hacer énfasis.
— No es mi problema — le dijo Samuel caminando hasta él — es tuyo, si no trabajas, yo no te pondré horas en el marcador, y tardarás más tiempo en cumplir las… mil horas que te mandó la jueza — tomó el papel que le había dado y vio que estaba vacío, agarró una planilla que había en su escritorio, y escribió mientras hablaba en voz alta —Enero 17, cero horas… comenzaste muy bien — dejó la planilla en la mesa y salió, pero cuando abrió la puerta se chocó con la cabeza rubia de Axel que se asomaba. Ninguno dijo nada, solo se miraron por un leve segundo y cada cual siguió su camino. Axel cerró la puerta al entrar y se sentó en la silla frente al escritorio.
— No te voy a preguntar cómo te fue en tu primer día — le dijo — tu cara lo dice todo.
— El imbécil ese me apuntó cero horas el día de hoy —se excusó Gabriel señalando la puerta por la que había salido el enfermero.
— ¿Y qué hiciste hoy? —preguntó Axel y Gabriel le desvió la mirada.
— Nada, es que no me fluía.
— Pues mejor que te comience a fluir, porque Samuel no te va a regalar ni medio segundo — se puso de pie y le tendió la mano — vamos, después de recoger a Tomás en la guardería te ayudaré un rato.
Salieron del hospital, y por suerte para todo el mundo, la lluvia se había convertido en una brisa insistente. Caminaron casi por en medio de la calle, evitando los charcos y los pequeños arroyos que se formaban en las pendientes.
— Oye — le dijo Gabriel después de un rato — le sonsaqué la verdad a Samuel de su relación con la doctora, ¿Cómo es que se llama?
— Melissa — la voz de Axel sonó apagada, como si estuviera cansado de repetir una y otra vez ese nombre, Gabriel pensó que así era — son…
— Novios, sí. Son novios.
— Lo suponía, ¿y como hiciste para sacárselo? — Gabriel se encogió de hombros.
— Lo convencí para que me dijera la verdad, veras, suelo ser muy persuasivo — se rieron un rato, hasta que llegaron a una pequeña casa con rejas altas y colores vivos, la tarde comenzaba a caer. Axel tocó un par de veces el timbre hasta que una pequeña melena castaña se asomó por la puerta de entrada.
— Ya era hora — le dijo, y corrió a los brazos de su padre que lo levantó en el aire.
—Hola enano — le dijo — ¿Cómo te fue hoy? — le plantó un beso en la mejilla tan fuerte que le aplastó el cachete.
— Bien, te hice un dibujo — el niño le extendió un papel y Axel frunció el ceño, luego se lo mostró a Gabriel. Era un dibujo de Axel, alto, y con unos enormes músculos mal dibujados, pero tenía el cabello rojo.
— ¿Por qué mi cabello es rojo? — le preguntó el muchacho a su hijo, pero él no contestó, ya había reparado en la presencia de Gabriel y lo miraba fijamente — Ah, claro. Tomás, él es nuestro primo, Gabriel — el niño le estiró la mano y Gabriel la estrechó, era tan pequeña. Sus ojos eran exactamente iguales a los de Axel, un azul profundo, como un océano, y el cabello era de un castaño claro, tenía ojos grandes y largas pestañas.
— Hola, Tom, ¿Cómo estás? — el niño le sonrió, y luego miró a su padre.
— Es muy grande — le dijo en un susurro fuerte, intentando, inútilmente, que Gabriel no lo escuchara — ya está muy grande y no podrá jugar conmigo — Axel rio como única respuesta.
— Claro que puedo jugar contigo —intervino Gabriel y el niño lo miró indeciso — todavía recuerdo como se juega ¿ A qué te gusta jugar?
— Me gusta jugar que soy un mago — Axel bajó a Tomás al suelo y este le habló desde allí — ¿sabes cómo se juega?
— Claro que sí — le respondió Gabriel — aunque algunas cosas ya se me debieron de haber olvidado, pero tú me las recordarás ¿cierto? — el niño asintió enérgicamente, y tomó la mano de su padre para que caminaran juntos. Comenzaron a bajar por una calle inclinada.
— ¿Cuántos años tiene? — le preguntó Gabriel a Axel.
— El próximo mes cumple cuatro.
— Es muy avispado, para su edad, y muy dulce, ¿Cómo es que habla tanto?
— Si — Axel lo miró, el niño estaba entretenido con un avión de papel que tenía en la mano — es el amor de mi vida. Aunque a veces no sepa como ponerle off —rieron un poco, Gabriel notó el tremendo orgullo que salía de Axel al mirar a su pequeño hijo, se le hizo un nudo en la garganta — Hemos tenido algunos problemas en la guardería, la mayoría de las veces regala todo lo de su lonchera.
—¿Por qué?
— Hay niños que no pueden llevar más que una galleta, así que él les da de lo suyo.
— ¿Y qué hacen ustedes entonces? — Axel lo miró y sonrió.
— Le mandamos dos raciones.
La noche era tan fría que Gabriel sintió como se le congelaban los pies. La niebla cubría el pueblo, y a través de la ventana no se podía distinguir nada más allá de tres o cuatro metros. Trató de escuchar algún ruido proveniente de afuera, pero todo el parque parecía un inmenso cementerio.
—¿Me escuchas? — Axel lo miraba con un lapicero entre las manos.
— Disculpa ¿qué?
— Te decía que necesitamos por lo menos dos objetivos específicos más.
— Lo siento — se excusó, se quedó mirando a su primo por unos segundos — ¿Por qué hay toque de queda? — preguntó, al fin. Axel dejó caer el lapicero sobre la mesa, por un largo rato se limitó a observar por la ventana, al igual que Gabriel.
— Aquí hay gente peligrosa, Gabo — le dijo — y te lo contaré todo de una vez para que luego me prometas que no le preguntarás nada a nadie más — Gabriel asintió — aquí hay un hombre… —comenzó su primo, y Gabriel notó que en su voz había un tono de rencor — un narcotraficante que tiene bastante control del pueblo — los ojos de Gabriel se abrieron.
—¿Qué? — musitó — ¿ y cómo pueden vivir tan tranquilos?
— Así ha sido desde hace muchos años, Gabriel, es cuchame, quiero que me prometas que te alejarás todo lo posible de algo que se relacione con esto ¿sí? Es peligroso ha muerto gente por esto, por hacer preguntas, por ser curiosos… por denunciar — Gabriel tragó saliva.
— Aquí hay una estación de policía, la he visto ¿Qué pasa con ellos?
— La mayoría están amenazados de muerte o ganándose una buena cantidad de plata… estamos solos, pero desde que no nos metamos con nada viviremos en paz y tranquilos, como hasta ahora. Ahora necesito que me prometas que no te meterás en problemas.
— Está bien, trataré.
— No — por el tono de Axel era casi un regaño — no trates, hazlo — Gabriel asintió con un ligero movimiento de cabeza — Él tiene hombres que trabajan para él, que hacen su trabajo sucio y que se encargan de mantener el pueblo en orden, no te puedes meter con ellos.
—¿Cómo anoche con los gemelos y ese otro? —Axel asintió.
—Ellos son solo unos peones menores, pero sí, no te metas en problemas, si te dicen algo, obedeces —Gabriel asintió, no era muy bueno para obedecer, pero lo intentaría —nos pondrías en peligro a todos —ambos voltearon a mirar a Tomás que estaba medio dormido viendo el televisor, y Gabriel asintió de nuevo — ahora, seguiremos con esto mañana, sígueme — se puso en pie y caminó hasta el final del pasillo subieron las escaleras donde estaba la habitación de Gabriel y este lo siguió aperezado, justo al lado izquierdo de la ventana había una escalera que llegaba hasta una puerta de metal en el techo — te mostraré mi más grande amor — le dijo a Gabriel mientras le indicaba que lo siguiera por las escaleras. Cuando puerta se abrió con un chirrido, la briza helada entró a la casa. Siguió a su primo hasta la terraza del tercer piso y vio las luces del pueblo reflejarse en la niebla. — Esto — habló Axel a sus espaldas — es lo que me ha mantenido cuerdo todo este tiempo — Gabriel volteó para encontrarse con un mini gimnasio bajo un techo de zinc, había varias máquinas y muchos discos y mancuernas — Cada tarde desde que tengo unos dieciséis vengo aquí, me encanta.
— También me gusta — Gabriel caminó hasta una maquina y la observó — cuando estaba en Medellín iba al gimnasio, tenía un entrenador— Axel se sentó en una banca y lo miró.
—¿También te abandonó cundo todo se fue a la m****a? —Gabriel asintió.
— ¿ Como las compraste? —le preguntó.
— Con esfuerzo, todas son de segunda, pero aun así tuve que ahorrar cada peso para obtenerlas, además el sueldo en el hospital ayuda mucho — Gabriel se posicionó en una de las máquinas y comenzó a utilizarla sin peso.
— ¿Me dejarás entrenar aquí, contigo? — A Axel se le iluminó la mirada.
— Claro, estaría super, por eso quería mostrarte — se sentó a su lado en una pequeña banca — he tomado cada curso que hay por internet sobre educación física, y todo esto fitness —flexionó el brazo para que se viera todo su bíceps — sé que puedo hacer una rutina personalizada para ti, así dejas de entrenar solo nalga — Gabriel lo miró — no me malinterpretes.
— Claro que te malinterpreto — le espetó — son naturales — ambos rieron un momento — gracias — le dijo después de un rato.
—a cambio podrías enseñarme a pelear, un poco —Gabriel lo miró con una mescla extraña de emociones.
—Sabes que quiero alejarme de eso —le dijo y su primo negó.
—Es lo que eres, Gabriel, puedes superarlo, pero es lo que eres, es lo que escogiste ser, y eso no se va a borrar, la redención que buscas no se conseguirá olvidando todo, si no superándolo, y una buena manera es compartiendo lo que sabes, de una manera responsable, obvio —a Gabriel se le humedecieron los ojos. Quería olvidar, era lo que más quería, pero Axel tenía razón, olvidar no sería la solución. Tendría que enfrentar las cosas y superarlas, y afrontar sus consecuencias, las que lo tenían él ahí, y a Diego allá, conectado las maquinas del hospital.
—Lo intentaré —dijo, pero la voz se le quebró, su primo acortó la distancias que los separaba y lo abrazó con fuerza —he hecho mucho daño con eso.
—Lo sé —Axel lo abrazó más —por eso tienes que cambiarlo, no eliminarlo, lo que sabes hacer es un gran don si lo conviertes en ello —se quedaron un largo rato, así hasta que Axel lo soltó, se ajustó a su lado y lo empujó con el hombro.
—¿Me enseñarás? Puedes empezar conmigo y ver qué pasa después.
—Sí, lo haré —se sintió un poco aliviado, tal vez Axel tenía razón, y ya que no podía cambiar lo que era, redireccionaría su vida, buscándole un nuevo propósito a su habilidad
— Dale, siempre es bueno compartir tus paciones con alguien — se puso de pie y observó a Gabriel de arriba abajo — ¿Cuál es tu 1RM? — Gabriel frunció el ceño.
— ¿Qué diablos es eso? — Axel suspiró
— Hay mucho trabajo por hacer.
—Oye —le dijo a su primo cuando este hizo ademan de irse —si tienes este gimnasio aquí —señaló las máquinas —¿Por qué te fuiste a hacer ejercicio al parque con la doctora? —Axel lo miró mal.
—No preguntes, pendejo.
Axel se tomó un segundo en recuperar el aliento con la espalda puesta en el suelo, cuando levantó la cabeza Ainhoa le apuntaba con el arma sin levantarse del asiento, y en un acto reflejo Axel tomó el extintor amarillo que estaba a su lado y se lo lanzó. En medio del vuelo ella disparó, y la bala golpeó el objetó que dejó salir un intenso humo blanco que inundó todo el helicóptero. Axel no podía ver nada, pero se puso de pie y recostó el cuerpo en la pared mientras ella disparaba en todas direcciones, una bala le pasó rozando la pierna y dejó un rastro de ardor intenso, y cuando el viento disipó el humo la pistola se quedó sin balas. Axel dio un paso el frente y el ardor en el pie lo hizo flaquear, así que miró hacia abajo para ver la gravedad de la herida, pero Ainhoa salió de su asiento y lo pateó en el pecho. Tubo que sostenerse de la puerta para no caer al vacío, y vio que estaban a más de siete u ocho metros de altura. Cuando se volvió hacia adentro la mujer le dio un p
Cuando la camioneta llegó al pueblo Gabriel logró ver a través de vidrio polarizado como había cientos de personas en las calles, el día de la virgen se había visto interrumpido por el repiqueteo de las campanas que anunciaban una nueva ejecución publica, la suya. Antes de salir del palacio, lo habían atado completamente, las manos atadas por detrás hasta los codos, y las piernas hasta las rodillas. Trató de moverse, pero estaba tan atado que no lograba ya ni siquiera sentir las palmas de las manos, y sintió tanto miedo que el corazón le latía con fuerza en los oídos.La tarde comenzó a cerrarse, una muy pequeña llovizna comenzó salpicar los vidrios y una niebla espesa comenzó a cobijar al pueblo, era un día muy feo para morir, pensó Gabriel cuando la camioneta se detuvo frente al atrio y lo bajaron de la camioneta. Franco lo tomó
Dos camionetas estaban atravesadas en medio de la carretera, y fuera de ellas unos cuantos hombres armados esperaban a que la escalera estuviera más cerca y el chofer redujo la velocidad.—Miguel, debajo de la carpa —Gritó el chofer al ayudante que estaba sentado unos puestos más atrás. El joven se puso de pie y levantó una carpa negra que cubría unos bultos de café.—Escóndanse ahí —les dijo y Axel miró a Gabriel.—¿Por qué nos ayudas? —le preguntó el rubio y el ayudante se encogió de hombros —si alguien está en contra de Franco, es de mi equipo.—¡Rápido! —les gritó el chofer y Axel se metió bajo la carpa. Gabriel sacó el disco duro y su celular del bolsillo y los puso en el pecho del ayudante que lo miró con los ojos abiertos.—Esto será
Gabriel había puesto la alarma a las cuatro de la mañana, pero estaba despierto desde media noche, y antes de eso había tenido pesadillas molestas, y perturbadoras donde era él quien estaba arrodillado en el atrio de la iglesia frente al arma de franco, y despertaba siempre de un salto cuando la bala le travesaba la cabeza y aun despierto podía escuchar el sonido del cráneo al romperse. Al final desistió de intentar dormir. Bajó hasta la sala donde el televisor estaba encendido y encontró a Axel, envuelto en su cobija rosa, viendo the flash.—Tampoco puedes dormir —afirmó cuando lo vio aparecer y le hizo espacio para que se metiera en la cobija con él.—Tengo pesadillas con lo de hoy —le dijo Gabriel tapándose con la cobija y Axel suspiró.—Yo extraño a Tomás —se quedaron viendo una maratón de las series que ten&iacu
Maoy, Gabriel y Samuel escucharon atentos cuando Axel dio el último sorbo a su taza de café y la dejó en la mesita de enfrente. —Los reuní porque necesito de su ayuda —los tres hombres permanecieron en silencio un momento mientras el rubio se aclaraba la garganta —Lo que pasó ayer me hizo comprender que mientras Franco esté en el pueblo nadie va a estar a salvo, ya sabemos que hay un grupo armado que él prácticamente ya exterminó, pero, ¿qué nos asegura que después de eso no llegue otro? ¿o que él comience a inculpar de manera paranoica a cualquiera de haberlos escondido o ayudado? —Maoy se inclinó hacia adelante. —Llevo varios años trabajando en el caso de Franco, tengo evidencia que inculpa a todos sus secuaces, pero él no, tiene excelentes coartadas y un historial limpio. —lo sé —Axel se recostó en el respaldo de su mueble y cruzó las manos tras el cuello —peo yo si sé donde esconde todo lo que lo pueda inculpar —Samuel y Maoy se inclinaron hacia él.
Axel sentía una gota de sudor que le bajaba por la frente, pero si soltaba el brazo del hombre este caería sobre Melissa y complicaría la operación.—¿Está seguro que no quiere anestesia general? — preguntó la doctora y el hombre le gritó algo inentendible para Axel. La tormenta golpeaba el pueblo con violencia, los truenos hacían vibrar la tierra y había gotas de agua que se colaban por el techo y hacían un charco enorme en el suelo —La bala tiene agujero de salida —dijo Melissa más bien al aire —solo hay que detener la hemorragia y estará bien. Axel miraba alerta todas las entradas, presintiendo el contra ataque en cualquier momento. Hacía una media hora, estaba terminando todo en la farmacia para irse a casa cuando la enfermera, Laura, llegó corriendo hasta él con las mejillas pálidas y sudorosas. Axel comprendió de inm







