FAZER LOGINLa clase de educación física estaba siendo entretenida, de no ser por el sol intenso que azotaba el pavimento del polideportivo, hubiera sido una gran clase; corrían y saltaban en un juego de pasarse varias pelotas de basquetbol entre todos los alumnos, y a Gabriel se le olvidó por un momento todo aquello del narcotraficante que lo había mantenido despierto hasta bastante entrada la noche. El profesor Sebastián daba varias indicaciones, y reía con los demás cuando alguien no atrapaba alguna pelota de manera graciosa, y así se pasaron las dos horas de la clase.
Volvían hacia el colegio para sus últimas dos horas de ciencias sociales cuando Camila alcanzó a Gabriel, tenía la cara tan roja que parecía que sangraba.
— ¿Cómo te pareció la clase? — Gabriel asintió — estuvo entretenida, me gustó mucho, aunque me arde el sudor en la herida — puso un pequeño trapo en su ceja y comprobó que tenía una gotita de sangre. Camila sonrió tímida, y se le hicieron dos hoyuelos en la comisura de los labios.
— ¿Recuerdas que te dije que te iba a contar un chisme? — Gabriel asintió. — bien, ¿te ha gustado alguna vez un profesor? — Gabriel la miró y la vio observar la espalda del profesor Sebastián que caminaba frente a ellos.
— No me jodas — le dijo y luego le habló en un susurro — ¿te gusta Sebastián? — ella se mordió el labio inferior asintiendo.
— Es tan lindo… mira su trasero, y esa barba — Gabriel lo observó, si, tenía un gran culo.
— ¿Por qué me dices todo esto? — le preguntó — Yo podría ser un chismoso que le cuente a todo el mundo tu secreto, apenas nos conocemos — ella sonrió de medio lado.
— Sé que no lo harás, porque si tu cuentas mi secreto, yo le cuento a todo el mundo que eres gay — Gabriel frenó en seco.
— No me amenaces, enana —Camila se rio — No me importa que se lo digas a todo el mundo — le dijo con superioridad —pero, ¿cómo te enteraste? me han dicho que soy muy difícil de descifrar.
—Mis instintos jamás fallan — ahora ella habló con superioridad.
—Si claro — le dijo y le quitó con delicadeza un mechón que le cubría el rostro — tranquila, te guardo el secreto — ella sonrió ampliamente. Se habían quedado parados en medio de la calle, y el profesor Sebastián los miraba fijamente unos metros más adelante.
— ¡Vamos, llegamos tarde! — emprendieron la marcha de tras del resto de los integrantes de su grupo.
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Axel entró primero que Gabriel por las pequeñas puertas del hospital, y cuando llegaron hasta el corredor le dedicó un silencioso adiós. Gabriel se dirigió hasta la oficina de Samuel con los papeles que debió de llenar el día anterior completa mente formulados. Cuando llegó abrió la puerta sin avisar y lo encontró detrás de su escritorio con el celular, el enfermero lo miró sorprendido, Gabriel caminó hasta él y dejó los papeles sobre otro pequeño montoncito que había ahí. Samuel lo miró, y bajó el celular lentamente.
—La próxima vez toca antes de entrar— Gabriel supuso que había amanecido de malas pulgas, y no quería echarle más leña al fuego.
—Lo… lo siento, pensé que no había nadie y quería dejar los papeles de ayer — Samuel los tomó y tardó un rato en darles una ojeada, parecía extrañamente insatisfecho, luego los tiró de cualquier manera sobre el escritorio y lo miró —¿lo hiciste solo? — Gabriel entre cerró los ojos.
—¿No cree que sea lo suficiente inteligente como para poder hacerlo yo solo? — Samuel no contestó —que importa si lo hice solo o no, es lo que necesita y ahí está — Samuel pareció molesto por el tono en que Gabriel le había hablado, así que se puso de pie y lo tomó del brazo con más fuerza de la necesaria.
—Hoy te tengo una tarea bastante interesante, y la harás todos los días de aquí en adelante antes de ir con los niños — lo sacó de la oficina y lo arrastró por la sala de espera tratando en vano de arrancarse de su brazo, pero Samuel era más fuerte que él, y rogó al cielo que no se asomara Axel en ese momento, porque estaba seguro que con las ganas que le tenía al enfermero, aprovecharía para machacarle la cara. Siguieron así hasta que llegaron a los baños. Cuando entraron Gabriel frunció el ceño, había un olor fuerte a orina y humedad —vas a limpiar este baño, todos los días, será tu primera tarea del día.
—Yo no vine aquí a esto — casi le gritó, pero Samuel se limitó a señalar una pequeña puerta al costado.
— Ahí están las cosas que necesitas — caminó hasta ella y sacó un balde, varios trapeadores y cosas para hacer aseo. Se pasó más de diez minutos explicándole a Gabriel qué era lo que tenía que hacer, después se paró en el marco de la puerta con los brazos cruzados y lo instó a trabajar. Gabriel lo fulminó con la mirada y comenzó a llenar el balde de agua en una pequeña llave, después cargó con el balde hacia uno de los baños, lo llevaba más arriba de la cintura, así que cuando, en medio camino resbaló en el piso húmedo, calló vaciándose medio baldado de agua sobre el torso. El líquido estaba tan tremendamente fríó que le arrancó un pequeño grito, se puso de pie a trompicones y señaló a Samuel, que aguantaba la risa poniéndose la mano sobre la boca desinteresada mente.
— Yo no vine a aquí a hacer esto — le habló lentamente, así mismo le contestó samuel.
— Viniste a aquí a ayudar, y ayudarás en todo lo que yo considere necesario — lo miró de arriba a abajo y reprimió otra sonrisa — te prestaré una de mis camisas, ponte a trabajar — salió y Gabriel lo escuchó reírse en el pasillo. A pesar de todo, Gabriel también rio un poco, debió de haberse visto tan tremendamente estúpido, y justo frente a Samuel, no podía tener tan mala suerte. El enfermero era alto, con barba y posiblemente pelo en el pecho, justo el tipo perfecto de Gabriel, pero ya le caía como sal en la herida, arrogante y malgeniado, no parecía el carácter que debería tener un enfermero.
Se giró hacia el espejo, en busca de un consuelo de sí mismo y dio un pequeño grito cuando vio que alguien lo miraba a través de su reflejo. Era Maoy, recostado sobre el marco de la puerta con las manos cruzadas y una expresión relajada. Gabriel se giró.
— Casi me matas del susto — le dijo, pero Maoy no contestó, se dedicó a contemplarlo detalladamente. Comenzó a formarse una atmosfera tensa e incómoda, hasta que el hombre, después de un suspiro, caminó un paso al frente.
— ¿Qué fue lo que hiciste para que te enviaran a aquí? — Gabriel frunció el ceño extrañado.
— Si no estoy mal, el director del hospital debería de saberlo.
— ¿Crees que lo sé solo porque soy el director? — Gabriel asintió con la cabeza — pues no, no lo sé. Solo me informaron medianamente de tu situación, la jueza prometió darme más información en estos días, pero quería que tu me contaras. ¿me contarás?
—Eres el más poderoso del hospital —Gabriel se cruzó de brazos al tiempo que Maoy soltaba una carcajada —podrías ordenármelo, parece que eso les encanta hacer aquí —cuando el hombre calmó su tentación de risa señaló la salida del baño.
—Si lo dices por Samuel, dale tiempo, es un buen hombre, en cuanto a que soy poderoso te voy a decir algo y espero que lo recuerdes siempre —su tono de voz se volvió más grave y serio, e hizo que a Gabriel se le erizaran los vellos del cuello — las personas siempre tienden a sobreestimar a los que creen que tienen poder, los que tienen poder solo son personas con un puñado de gente a sus espaldas, quitales la gente, y serán solo personas, un cualquiera que en la mayoría de los casos no sabe hacer nada por sí mismo— dio media vuelta y se fue, no sin antes dedicarle una sonrisa esplendida.
Gabriel se giró, y se sorprendió al ver en el espejo la cara de espanto que tenía.
—Que sexy es —se dijo en voz baja —yo me dejo hacer lo que él quiera — se sobre saltó al sentir la pequeña erección que se formaba, así que negó con la cabeza. Se quito la camisa y comenzó limpiarse la humedad con las partes secas. Pensó por un rato en Maoy y sus palabras, y llevaba allí un rato, más calmado, cuando notó que Samuel lo miraba a través del espejo, el enfermero estaba tan concentrado en mirar el torso desnudo de Gabriel que no notó que este se había percatado de su presencia, hasta que se giró de repente. Samuel dio un respingo y sus mejillas se pusieron rojas.
— Aquí tienes — le tendió una camisa de su uniforme. Gabriel la tomó con manos trémulas por el frio, y al rozar por accidente una de los dedos de samuel, notó que el hombre estaba calentito. Mientras Gabriel desdoblaba la camisa fue imposible para samuel evitar darle otra ojeada al torso del muchacho, y fue muy sencillo para Gabriel darse cuenta de esto. Se tomó tiempo en desdoblarla, e hiso todo lo posible por apretar los abdominales cuando pasó la camisa por su cabeza, para que el enfermero los viera bien claros. De inmediato sintió un olor suave que desprendía la prenda, y cuando se la puso por completo tuvo que aguantarse las ganas de tomar el cuello y olerlo. El hombre lo miró de arriba abajo, la camisa le quedaba tremendamente grande.
— Bien — dijo Samuel — cuando termines ve con los niños. Salió del baño con pasos rápidos.
Gabriel se miró en el espejo y puso las manos en el pequeño lavamanos. Samuel lo miró, no con curiosidad, lo estaba morboseandolo, claro que sí, el enfermero era bisexual o hetero curioso, eso era una mala noticia, no quería que el hombre ahora comenzara a acosarlo, pero sonrió. Que tal sí… Pensó.
Se aseguró de estar solo cuando tomó el cuello de la camisa y lo olió, no era ningún suavizante, ningún jabón, era el olor del enfermero, un olor que Gabriel no logró identificar, pero que le gustó. Aspiró de nuevo y cerró los ojos.
Axel se tomó un segundo en recuperar el aliento con la espalda puesta en el suelo, cuando levantó la cabeza Ainhoa le apuntaba con el arma sin levantarse del asiento, y en un acto reflejo Axel tomó el extintor amarillo que estaba a su lado y se lo lanzó. En medio del vuelo ella disparó, y la bala golpeó el objetó que dejó salir un intenso humo blanco que inundó todo el helicóptero. Axel no podía ver nada, pero se puso de pie y recostó el cuerpo en la pared mientras ella disparaba en todas direcciones, una bala le pasó rozando la pierna y dejó un rastro de ardor intenso, y cuando el viento disipó el humo la pistola se quedó sin balas. Axel dio un paso el frente y el ardor en el pie lo hizo flaquear, así que miró hacia abajo para ver la gravedad de la herida, pero Ainhoa salió de su asiento y lo pateó en el pecho. Tubo que sostenerse de la puerta para no caer al vacío, y vio que estaban a más de siete u ocho metros de altura. Cuando se volvió hacia adentro la mujer le dio un p
Cuando la camioneta llegó al pueblo Gabriel logró ver a través de vidrio polarizado como había cientos de personas en las calles, el día de la virgen se había visto interrumpido por el repiqueteo de las campanas que anunciaban una nueva ejecución publica, la suya. Antes de salir del palacio, lo habían atado completamente, las manos atadas por detrás hasta los codos, y las piernas hasta las rodillas. Trató de moverse, pero estaba tan atado que no lograba ya ni siquiera sentir las palmas de las manos, y sintió tanto miedo que el corazón le latía con fuerza en los oídos.La tarde comenzó a cerrarse, una muy pequeña llovizna comenzó salpicar los vidrios y una niebla espesa comenzó a cobijar al pueblo, era un día muy feo para morir, pensó Gabriel cuando la camioneta se detuvo frente al atrio y lo bajaron de la camioneta. Franco lo tomó
Dos camionetas estaban atravesadas en medio de la carretera, y fuera de ellas unos cuantos hombres armados esperaban a que la escalera estuviera más cerca y el chofer redujo la velocidad.—Miguel, debajo de la carpa —Gritó el chofer al ayudante que estaba sentado unos puestos más atrás. El joven se puso de pie y levantó una carpa negra que cubría unos bultos de café.—Escóndanse ahí —les dijo y Axel miró a Gabriel.—¿Por qué nos ayudas? —le preguntó el rubio y el ayudante se encogió de hombros —si alguien está en contra de Franco, es de mi equipo.—¡Rápido! —les gritó el chofer y Axel se metió bajo la carpa. Gabriel sacó el disco duro y su celular del bolsillo y los puso en el pecho del ayudante que lo miró con los ojos abiertos.—Esto será
Gabriel había puesto la alarma a las cuatro de la mañana, pero estaba despierto desde media noche, y antes de eso había tenido pesadillas molestas, y perturbadoras donde era él quien estaba arrodillado en el atrio de la iglesia frente al arma de franco, y despertaba siempre de un salto cuando la bala le travesaba la cabeza y aun despierto podía escuchar el sonido del cráneo al romperse. Al final desistió de intentar dormir. Bajó hasta la sala donde el televisor estaba encendido y encontró a Axel, envuelto en su cobija rosa, viendo the flash.—Tampoco puedes dormir —afirmó cuando lo vio aparecer y le hizo espacio para que se metiera en la cobija con él.—Tengo pesadillas con lo de hoy —le dijo Gabriel tapándose con la cobija y Axel suspiró.—Yo extraño a Tomás —se quedaron viendo una maratón de las series que ten&iacu
Maoy, Gabriel y Samuel escucharon atentos cuando Axel dio el último sorbo a su taza de café y la dejó en la mesita de enfrente. —Los reuní porque necesito de su ayuda —los tres hombres permanecieron en silencio un momento mientras el rubio se aclaraba la garganta —Lo que pasó ayer me hizo comprender que mientras Franco esté en el pueblo nadie va a estar a salvo, ya sabemos que hay un grupo armado que él prácticamente ya exterminó, pero, ¿qué nos asegura que después de eso no llegue otro? ¿o que él comience a inculpar de manera paranoica a cualquiera de haberlos escondido o ayudado? —Maoy se inclinó hacia adelante. —Llevo varios años trabajando en el caso de Franco, tengo evidencia que inculpa a todos sus secuaces, pero él no, tiene excelentes coartadas y un historial limpio. —lo sé —Axel se recostó en el respaldo de su mueble y cruzó las manos tras el cuello —peo yo si sé donde esconde todo lo que lo pueda inculpar —Samuel y Maoy se inclinaron hacia él.
Axel sentía una gota de sudor que le bajaba por la frente, pero si soltaba el brazo del hombre este caería sobre Melissa y complicaría la operación.—¿Está seguro que no quiere anestesia general? — preguntó la doctora y el hombre le gritó algo inentendible para Axel. La tormenta golpeaba el pueblo con violencia, los truenos hacían vibrar la tierra y había gotas de agua que se colaban por el techo y hacían un charco enorme en el suelo —La bala tiene agujero de salida —dijo Melissa más bien al aire —solo hay que detener la hemorragia y estará bien. Axel miraba alerta todas las entradas, presintiendo el contra ataque en cualquier momento. Hacía una media hora, estaba terminando todo en la farmacia para irse a casa cuando la enfermera, Laura, llegó corriendo hasta él con las mejillas pálidas y sudorosas. Axel comprendió de inm







