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CAPÍTULO 9: La última oportunidad

Author: Gaela Nakpil
last update publish date: 2026-09-17 02:36:19

—Pero qué desgraciado...

Sofía apenas podía dar crédito a lo que leía en la pantalla. Sabía que Alexander era un

tiburón implacable en el mundo de los negocios, pero no imaginó que caería tan bajo.

—¿Tan desesperado estás por mi tecnología, o esto es solo una venganza personal?

—susurró para sí misma, apretando el celular con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron

blancos.

—Sofía, ¿estás bien? ¿Por qué tienes esa cara?

Luciano se acercaba por el pasillo del hospital sosteniendo dos tazas de café. Las ojeras

delataban que, al igual que ella, no había dormido en toda la noche.

—¿Le pasó algo a papá? —preguntó Luciano, con la voz cargada de ansiedad—. Los

médicos dijeron que ya estaba estable, no debería...

—Ricardo está bien, Luciano, no te preocupes —lo interrumpió ella rápidamente, guardando

el teléfono—. Solo recibí un mensaje inesperado.

—¿De Alexander?

Sofía parpadeó, sorprendida.

—¿Cómo lo sabes?

—Es el único hombre sobre la tierra capaz de alterarte de esa manera. ¿Qué jugada está

planeando ahora?

—De hecho, no me escribió a mí, sino a Giuliana. Está demasiado interesado en el proyecto

Nexus.

—¿Segura que es solo eso? —Luciano la miró fijamente, entrecerrando los ojos—. No me

ocultes las cosas, Sofía. Sabes que puedes contar conmigo para lo que sea.

—Todo está bien, en serio. No te preocupes.

Le mintió. No quería sumarle más peso. Observó a su hermano de reojo y sintió una

punzada de culpa. Luciano había cambiado mucho; pasó de ser un joven apasionado por el

arte a convertirse en un hombre serio, obligado a cargar con el destino de la familia sobre

sus hombros.

Desde pequeños, siempre habían sido increíblemente unidos. Sofía era la estrella

indiscutible, la elegida para heredar el imperio sin cuestionamientos, la de las calificaciones

perfectas, la adorada por sus padres. Sin embargo, su hermano mayor jamás le tuvo celos.

Al contrario: la impulsaba, la protegía y la amaba por encima de todo. En el fondo, Sofía sabía que lo que ocurrió en el pasado no había sido culpa de él. Luciano

no tenía el poder ni la fuerza en ese entonces para defenderla. Pero el dolor y el orgullo la

habían cegado.

—No vas a entrar a verlo, ¿verdad? —Luciano rompió el silencio, sentándose a su lado y

tomándola del brazo con suavidad—. Te has pasado toda la madrugada dando vueltas fuera

de la sala. Sofía... tal vez sea tu última oportunidad.

Ella se tensó.

—Si lo único que quieres es gritarle, maldecirlo, perdonarlo o condenarlo, hazlo. Pero hazlo

de frente. No huyas más de él.

Las palabras de su hermano calaron hondo en su pecho, abriendo una grieta en su

armadura. Tenía razón. Tenía que enfrentar su pasado de una vez por todas.

Se puso de pie con determinación y caminó hacia la suite VIP del hospital. Los Bianchi

pagaban miles de dólares al mes por una atención médica exclusiva y personalizada, pero,

aun así, la salud de Ricardo no mejoraba. Los especialistas insistían en que su corazón

fallaba y que requería una cirugía urgente, pero siempre surgía una complicación de último

minuto que posponía la operación.

Luciano solía decir que el corazón de su padre se había roto el mismo día en que su madre

murió. Aquel golpe lo hundió en una culpa y un dolor tan profundos que se encerró en sí

mismo, delegando la corporación en un joven e inexperto Luciano. Todo empeoró cuando el

hospital envió aquella maldita carta de disculpa, admitiendo que la prueba de paternidad

anterior había sido un error. Para entonces, la familia ya estaba completamente destruida.

Ricardo nunca volvió a salir de su habitación, aferrado al retrato de su difunta esposa,

carcomido por el remordimiento de no haber creído en ella hasta que la perdió. Y Sofía...

ella ya había perdido a su madre. No podía permitir que la muerte también se llevara a su

padre sin cerrar esa cuenta pendiente.

Apretó la fría manija de metal, inhaló una bocanada de aire para juntar valor y empujó la

puerta.

Al entrar, sus ojos se fijaron de inmediato en la figura de espaldas junto a la cama de su

padre. Era un hombre con bata blanca, pero algo en su postura no encajaba. Al notar su

presencia, el hombre se sobresaltó visiblemente. En su mano derecha sostenía una jeringa

cargada con un líquido translúcido.

Un escalofrío recorrió su cuerpo. Un instinto sobreprotector se encendió al instante.

—Disculpe —dijo Sofía, midiendo cada paso mientras se acercaba—. ¿Quién es usted? No

recuerdo que le tocara ninguna inyección a esta hora. El hombre carraspeó, acomodándose el tapabocas para ocultar la tensión de su rostro. Sus

ojos esquivaron la mirada de ella.

—Es... un sedante de amplio espectro. Solo para relajar al paciente y evitar que sufra

espasmos incómodos —respondió con una voz extrañamente ronca.

Sofía entrecerró los ojos. La sospecha se transformó en una alarma en su mente.

—Los médicos del turno anterior ya le administraron un calmante hace menos de una hora.

El protocolo dicta que no se le puede aplicar nada más hasta después de las diez de la

mañana. ¿De qué departamento dijo que era?

El sujeto dio un paso hacia atrás, tratando de interponer el cuerpo de Ricardo entre él y

Sofía.

—Soy del equipo de apoyo nocturno. Me enviaron de urgencia.

—Miente —sentenció Sofía—. Los únicos médicos autorizados para tocar a mi padre son el

personal exclusivo que mi familia contrató. Ningún "equipo de apoyo" tiene acceso a esta

suite. Dé la vuelta y muéstreme su identificación. Ahora.

El aire en la habitación se volvió denso. El semblante del hombre cambió por completo; la

sumisión médica desapareció, reemplazada por una mirada fría y asesina.

—No debiste entrar, niñita —siseó.

Sin darle tiempo a reaccionar, levantó la jeringa con intenciones de clavarla directamente en

el cuello del anciano indefenso.

—¡No! —gritó Sofía.

El pánico la dotó de una fuerza que no sabía que poseía. Se lanzó hacia adelante

embistiendo el cuerpo del atacante antes de que la aguja tocara la piel.

Ambos forcejearon salvajemente. Sofía se aferró a la muñeca del hombre, desviando el

arma improvisada con todas sus fuerzas.

¡Zas!

La jeringa salió volando, impactando contra el suelo. El hombre, enfurecido al ver frustrado

su plan, le propinó un violento empujón a Sofía. Ella golpeó su cabeza con fuerza contra la

estructura metálica de la cama de hospital.

—¡Ah! —gimió, cayendo de rodillas.

Una oleada de mareo y náuseas la invadió instantáneamente. Trató de ponerse de pie, pero

la habitación le daba vueltas y un hilo cálido de sangre comenzó a bajar por su frente,

nublándole la vista. Sabiendo que el tiempo se le agotaba, reunió el aire que le quedaba en los pulmones y soltó

un grito desgarrador:

—¡LUCIANO!

Afuera, en el pasillo, el grito heló la sangre de su hermano. Luciano soltó las tazas de café,

que se estrellaron contra el suelo. En ese mismo segundo, un hombre con bata blanca salió

corriendo de la habitación a toda velocidad, chocando violentamente contra él antes de

perderse por las escaleras de emergencia.

Luciano no lo persiguió. Su prioridad era una sola.

Entró a la suite VIP como un torbellino y se le cortó la respiración al ver la escena. Su padre

seguía conectado a las máquinas, pero Sofía estaba en el suelo, sosteniéndose la cabeza

con ambas manos, con el rostro manchado de rojo.

—¡Sofía! Dios mío, ¿qué pasó? ¡Estás sangrando! —Luciano se dejó caer a su lado,

presionando su palma contra la herida de su frente para contener la hemorragia. Su voz

temblaba de terror.

—Alguien... alguien trató de dañar a papá —logró articular ella, con la respiración

entrecortada, señalando hacia el piso—. La inyección...

Luciano reaccionó con la velocidad de un rayo. Golpeó el botón rojo de emergencia de la

pared con el puño. En menos de un minuto, la habitación se llenó de enfermeras y médicos

residentes.

—Señor Bianchi, ¿qué ha ocurrido aquí? —preguntó el médico de guardia, con el rostro

pálido al ver el caos.

—Eso se lo tendría que preguntar yo a ustedes —rugió Luciano, poniéndose de pie. Su

mirada era tan letal que los médicos retrocedieron un paso—. ¿Cómo demonios es posible

que un maldito asesino camine por este hospital, entre a la suite privada y ataque a mi

familia? ¡Miren cómo dejaron a mi hermana! ¿Dónde carajos está la seguridad por la que

pagamos?

—Estoy bien, Luciano... —intervino Sofía, aceptando la gasa que una enfermera temblorosa

le ofrecía—. El tipo estaba disfrazado de médico. No pudo terminar lo que venía a hacer...

porque lo detuve.

Con ayuda de su hermano, Sofía se incorporó. Aunque sentía el piso inestable, su mente se

aclaró con la adrenalina. Se agachó y, usando un pañuelo, recogió la jeringa que yacía

intacta cerca de la mesa de noche. Se la extendió a Luciano.

—Quiero que se le haga un análisis químico a este medicamento ahora mismo. Busca un

laboratorio externo, uno de nuestra absoluta confianza. Necesito saber qué querían meterle

en las venas a papá. —Hecho. Y en cuanto te atiendan, sacamos a papá de este lugar —sentenció Luciano.

—Señor Bianchi, por favor, cálmese. Este es uno de los hospitales más prestigiosos del

país, le garantizamos que le estamos dando la mejor atención... —comenzó a decir el

director médico, quien acababa de entrar al cuarto, visiblemente nervioso. Sabía

perfectamente que perder la cuenta de la familia Bianchi significaría una catástrofe

financiera y de reputación para la institución.

—¿Es un chiste? —Sofía lo miró con un desprecio absoluto—. Pagamos por un piso

completo, exigimos un filtro de seguridad privado, ¿y cualquier imbécil puede entrar como si

estuviera en su casa?

Luciano se colocó frente al director, acortando la distancia de manera amenazante. Hacía

años que Sofía no veía a su hermano mayor poseído por una furia tan peligrosa.

—Llame al jefe de seguridad ahora mismo —ordenó Luciano, con una voz que hizo temblar

al director—. Quiero las grabaciones de todas las cámaras de seguridad desde que ese

infeliz pisó el hospital, y quiero cada detalle de su rostro. Si para cuando llegue la policía no

tengo respuestas, me encargaré personalmente de hundir este hospital en la ruina.

Muévese

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