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CAPÍTULO 7: Territorio Enemigo

Author: Gaela Nakpil
last update publish date: 2026-09-14 23:05:58

Esa es exactamente la pregunta que yo me hago sobre ti. No creo que sean horas de

visitar ,Sterling.

Luciano se cruzó de brazos, sin moverse del marco de la puerta.

—No estoy de humor para juegos —advirtió con voz fría.

—Yo tampoco.

Ninguno de los dos se movió. Alexander miró por encima del hombro de Luciano, hacia el

interior del apartamento.

Si el estúpido de Nicolás se equivocó, lo voy a matar, pensó para sí mismo, recordando la

dirección que su amigo le había dado antes. Pero lo que realmente deseo con todas mis

fuerzas... es que se haya equivocado.

La duda no le duró mucho cuando escuchó una voz que anhelaba oír hacía mucho tiempo,

la misma que solía despertarlo en las mañanas más felices de su vida.

—¿Quién es? —preguntó Sofía, apareciendo detrás de Luciano en una bata de seda

pegada a su cuerpo.

Se detuvo en seco al ver a Alexander en la puerta.

—Alexander, ¿qué haces aquí tan tarde? ¿Cómo es que diste con mi casa?

Él señaló a Luciano con la cabeza, con una mueca de evidente desprecio.

—¿Vas a decirme qué está pasando aquí, o prefieres que siga adivinando?

Sofía miró a Luciano, que le sostuvo la mirada un instante, esperando alguna señal de ella

para sacar al intruso. No la hubo.

—No tienes derecho a pedirme explicaciones.

—¿Y él sí? ¿Puede venir de noche o es que vive contigo? —Los celos crecieron dentro de

él como un tsunami, barriendo la poca cordura que le quedaba—. Perdón, parece que te

molesté en el mejor momento.

Se quedó con la mirada fija en la ropa desaliñada de Luciano, y en Sofía apretando el puño

con furia. Saber que otro hombre la tocaba, que ella había podido seguir su vida mientras él

se hundía en un infierno de dudas y trabajo intenso para no pensar en ella.

—No te pases, Alexander. No sé qué está pensando tu mente retorcida, pero no es eso

—trató de explicar Sofía, indignada por su eterna falta de confianza. —Claro, nunca lo es. Déjame adivinar: ¿este también es tu "hermano", Sofía? Porque ya no

sé cuántos más tienes escondidos, o... —Su mirada se detuvo unos segundos más de lo

debido en el rostro de Luciano, estudiando sus rasgos, hasta que la dolorosa certeza le

llegó al recordar las fotos del pasado—. Tú eres el desgraciado con quien me traicionó. El

tipo del hotel, Sofía. ¡El tipo del hotel!

Lo agarró por el cuello de la camisa con una fuerza brutal. Forcejearon; Luciano se defendía

con agilidad, pero no quería golpearlo para no empeorar las cosas frente a su hermana.

—Tú me robaste a mi mujer. Tú destruiste mi vida.

—¡Suéltalo, Alexander, estás cometiendo un error! —Ella trató de separarlos con

desesperación, pero en medio del caos fue empujada hacia atrás, cayendo sobre la mesita

de la sala y rompiendo los adornos de cristal.

El estruendo se escuchó en toda la casa. Alexander soltó a Luciano de golpe y corrió a

ayudarla, agachándose para levantarla antes de que los cristales la cortaran, aunque

algunos ya le habían dejado pequeñas heridas rojas en las manos.

Solo el roce de sus brazos y el olor de su cuerpo hicieron que Sofía cayera en un doloroso

recuerdo del pasado, donde él, todas las noches, la cargaba desde las escaleras hasta su

cuarto, como un ritual que siempre la sostendría. Pero al final de tantas promesas solo

quedó un hombre que le juró amor y la echó con desprecio.

Se zafó de su agarre con frialdad.

—¿Qué es lo que quieres, Alexander? ¿Qué esperas oír?

—Respuestas quiero, respuestas. Sofía... ¿Giorgio es mi hijo?

Sus miradas quedaron una frente a la otra, suspendidas en un hilo de tensión pura. Cuando

Sofía estaba por responder, llegaron Giorgio y Mía, despertados por el ruido de los objetos

al romperse.

—¿Mamá? ¿Qué pasa? —preguntó el niño con voz suave, frotándose los ojitos. Al levantar

la vista y ver al hombre junto a su madre, sus ojitos se iluminaron—. ¡Señor Triceratops!

Alexander se quedó completamente paralizado. El aire se volvió helado en sus pulmones.

Escuchar que el niño lo reconocía, que lo llamaba por el apodo del centro comercial, le dio

un vuelco salvaje al corazón. Sus ojos bajaron instintivamente hacia el pequeño.

Luciano corrió hasta él y lo cargó en brazos para que sus piecitos descalzos no tocaran

ningún vidrio esparcido en el piso.

Fue entonces cuando Alexander lo vio: un parecido innegable, los mismos ojos verdes, los

mismos rasgos familiares. Por un instante, algo en su pecho se aflojó, casi esperanzado,

imaginando que ese niño podía ser suyo, que tal vez todavía quedaba algo que lo uniera a Sofía. Pero el instante siguiente le trajo a Luciano ahí, cargándolo como quien lo hace todas

las noches, y esa esperanza se convirtió en la peor de las heridas.

El dolor de esa falsa realidad fue más fuerte que cualquier golpe. Sus últimas esperanzas

se hicieron añicos, y de ese vacío nació una rabia feroz, más fácil de sostener que la duda:

la rabia de creerse engañado nuevamente.

—Ya veo. No es mi hijo.

—Alexander...

—¿Qué me dirás, Sofía? ¿Qué explicación quieres inventarme? Míralos, son iguales. Es un

Bianchi. Y tú, una perra mentirosa.

—Cuidado cómo me hablas, y menos delante de mi hijo —estalló Sofía, levantándose con el

orgullo herido—. Si eso es lo que tú quieres creer, que así sea. Ya me cansé de tratar de

convencer al mundo. Ahora lárgate de mi casa y no vuelvas a aparecer delante de mí.

Alexander miró de nuevo al niño con una mezcla de odio y dolor, dio media vuelta y se

marchó, azotando la puerta al salir con una fuerza que hizo vibrar las paredes.

—Mami, ¿por qué el señor Triceratops estaba así?

—Porque los adultos a veces somos tontos, cariño —Sofía respondió como pudo,

conteniendo las ganas de llorar. Estaba tan cansada de que todos trataran de juzgarla—.

Luciano, lleva a Giorgio a su cuarto.

Él lo llevó mientras Mía se acercaba a Sofía, tratando de abrazarla. Sabía que, bajo su

caparazón, estaba el dolor que siempre cargaba su amiga.

—Siempre hace lo mismo, Mía. No me deja explicarme; para él siempre soy la culpable.

Pero ya no me dejaré pisotear de nuevo. Si antes lo dudé, ahora estoy convencida de que él

no se acercará a mi hijo.

—Podrías haberle dicho la verdad. Que Luciano es tu hermano.

—¿Y de qué habría servido? —Sofía se giró hacia ella con los ojos llenos de fuego—. Ya

decidió quién soy en su mente retorcida. Le puedo repetir mil veces que no soy quien él

cree, y va a encontrar una manera nueva de no creerme. Ya lo hizo una vez cuando me

echó de su mansión. Lo acaba de hacer otra vez hoy.

—No es lo mismo.

—Para mí sí lo es.

Se llevó las manos a la cara un momento, respirando profundo para no desmoronarse. —No le debo ninguna explicación, Mía. Él me acusó, me juzgó, me corrió sin darme una

sola oportunidad, y ahora aparece en mi puerta a gritarme delante de mi hijo, exigiendo

respuestas que ni siquiera se ganó el derecho de pedir.

Mía no dijo nada más. Se limitó a abrazarla. Sofía apretó su mano, que goteaba sangre por

la cortada del cristal.

Unos minutos después, Luciano regresó a la sala tras dejar a Giorgio durmiendo. Traía el

botiquín de primeros auxilios. Se sentó en el sofá al lado de Sofía y, con delicadeza,

comenzó a limpiar las cortadas de sus palmas con una gasa.

—Sofía, esto se está saliendo de control —dijo Luciano en voz baja, rompiendo el

silencio—. Sé perfectamente que tu único plan en esta ciudad es ayudarme a frenar a tío

Franco e irte de inmediato de regreso al extranjero. Tu vida y tu empresa están allá. Pero

Alexander está cegado por los celos y cree que Giorgio es mi hijo. Si decide atacarnos, todo

se complicará.

Sofía soltó una risa fría y amarga, soportando el ardor del alcohol en sus heridas.

—Que haga lo que quiera, Luciano. Si ataca, que lo intente: su empresa necesita

desesperadamente el sistema Nexus para no quebrar. Me envió un mensaje exigiendo una

alianza y lo rechacé de inmediato. Que se hunda en sus propios celos.

Antes de que Luciano pudiera responder, el violento zumbido de su teléfono celular los

interrumpió.

Luciano frunció el ceño al ver la pantalla. Era un número del centro médico donde se

encontraba su padre.

—¿Diga? —habló Luciano, sintiendo una mala premonición.

Sofía observó cómo el rostro de su hermano se ponía completamente pálido en cuestión de

segundos.

—Entiendo... Sí, salimos para allá de inmediato —respondió Luciano con la voz rota.

Colgó el teléfono muy despacio. Sus manos temblaban levemente cuando levantó la vista

para mirar a su hermana.

—¿Qué pasó, Luciano? —preguntó Sofía, sintiendo una repentina opresión en el pecho.

—Era el hospital, Sofía —susurró Luciano, con un nudo en la garganta—. Papá sufrió una

grave complicación cardíaca. Los médicos dicen que está en estado crítico.

Sofía se quedó inmóvil, con una sensación complicada. Su padre. El mismo hombre que la

había desterrado de su propia casa, y al que, aun así, nunca había dejado de querer. —Tenemos que irnos ya —dijo Luciano, ya de pie, luchando por mantener firme la voz—. Y

recemos porque el tío Franco no se entere antes de que lleguemos. Si lo hace, no me

imagino lo que sería capaz de hacer.

Sofía apretó los puños vendados. Sin darle más vueltas, se levantó.

—Vamos.

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