LOGINEsa es exactamente la pregunta que yo me hago sobre ti. No creo que sean horas de
visitar ,Sterling.
Luciano se cruzó de brazos, sin moverse del marco de la puerta.
—No estoy de humor para juegos —advirtió con voz fría.
—Yo tampoco.
Ninguno de los dos se movió. Alexander miró por encima del hombro de Luciano, hacia el
interior del apartamento.
Si el estúpido de Nicolás se equivocó, lo voy a matar, pensó para sí mismo, recordando la
dirección que su amigo le había dado antes. Pero lo que realmente deseo con todas mis
fuerzas... es que se haya equivocado.
La duda no le duró mucho cuando escuchó una voz que anhelaba oír hacía mucho tiempo,
la misma que solía despertarlo en las mañanas más felices de su vida.
—¿Quién es? —preguntó Sofía, apareciendo detrás de Luciano en una bata de seda
pegada a su cuerpo.
Se detuvo en seco al ver a Alexander en la puerta.
—Alexander, ¿qué haces aquí tan tarde? ¿Cómo es que diste con mi casa?
Él señaló a Luciano con la cabeza, con una mueca de evidente desprecio.
—¿Vas a decirme qué está pasando aquí, o prefieres que siga adivinando?
Sofía miró a Luciano, que le sostuvo la mirada un instante, esperando alguna señal de ella
para sacar al intruso. No la hubo.
—No tienes derecho a pedirme explicaciones.
—¿Y él sí? ¿Puede venir de noche o es que vive contigo? —Los celos crecieron dentro de
él como un tsunami, barriendo la poca cordura que le quedaba—. Perdón, parece que te
molesté en el mejor momento.
Se quedó con la mirada fija en la ropa desaliñada de Luciano, y en Sofía apretando el puño
con furia. Saber que otro hombre la tocaba, que ella había podido seguir su vida mientras él
se hundía en un infierno de dudas y trabajo intenso para no pensar en ella.
—No te pases, Alexander. No sé qué está pensando tu mente retorcida, pero no es eso
—trató de explicar Sofía, indignada por su eterna falta de confianza. —Claro, nunca lo es. Déjame adivinar: ¿este también es tu "hermano", Sofía? Porque ya no
sé cuántos más tienes escondidos, o... —Su mirada se detuvo unos segundos más de lo
debido en el rostro de Luciano, estudiando sus rasgos, hasta que la dolorosa certeza le
llegó al recordar las fotos del pasado—. Tú eres el desgraciado con quien me traicionó. El
tipo del hotel, Sofía. ¡El tipo del hotel!
Lo agarró por el cuello de la camisa con una fuerza brutal. Forcejearon; Luciano se defendía
con agilidad, pero no quería golpearlo para no empeorar las cosas frente a su hermana.
—Tú me robaste a mi mujer. Tú destruiste mi vida.
—¡Suéltalo, Alexander, estás cometiendo un error! —Ella trató de separarlos con
desesperación, pero en medio del caos fue empujada hacia atrás, cayendo sobre la mesita
de la sala y rompiendo los adornos de cristal.
El estruendo se escuchó en toda la casa. Alexander soltó a Luciano de golpe y corrió a
ayudarla, agachándose para levantarla antes de que los cristales la cortaran, aunque
algunos ya le habían dejado pequeñas heridas rojas en las manos.
Solo el roce de sus brazos y el olor de su cuerpo hicieron que Sofía cayera en un doloroso
recuerdo del pasado, donde él, todas las noches, la cargaba desde las escaleras hasta su
cuarto, como un ritual que siempre la sostendría. Pero al final de tantas promesas solo
quedó un hombre que le juró amor y la echó con desprecio.
Se zafó de su agarre con frialdad.
—¿Qué es lo que quieres, Alexander? ¿Qué esperas oír?
—Respuestas quiero, respuestas. Sofía... ¿Giorgio es mi hijo?
Sus miradas quedaron una frente a la otra, suspendidas en un hilo de tensión pura. Cuando
Sofía estaba por responder, llegaron Giorgio y Mía, despertados por el ruido de los objetos
al romperse.
—¿Mamá? ¿Qué pasa? —preguntó el niño con voz suave, frotándose los ojitos. Al levantar
la vista y ver al hombre junto a su madre, sus ojitos se iluminaron—. ¡Señor Triceratops!
Alexander se quedó completamente paralizado. El aire se volvió helado en sus pulmones.
Escuchar que el niño lo reconocía, que lo llamaba por el apodo del centro comercial, le dio
un vuelco salvaje al corazón. Sus ojos bajaron instintivamente hacia el pequeño.
Luciano corrió hasta él y lo cargó en brazos para que sus piecitos descalzos no tocaran
ningún vidrio esparcido en el piso.
Fue entonces cuando Alexander lo vio: un parecido innegable, los mismos ojos verdes, los
mismos rasgos familiares. Por un instante, algo en su pecho se aflojó, casi esperanzado,
imaginando que ese niño podía ser suyo, que tal vez todavía quedaba algo que lo uniera a Sofía. Pero el instante siguiente le trajo a Luciano ahí, cargándolo como quien lo hace todas
las noches, y esa esperanza se convirtió en la peor de las heridas.
El dolor de esa falsa realidad fue más fuerte que cualquier golpe. Sus últimas esperanzas
se hicieron añicos, y de ese vacío nació una rabia feroz, más fácil de sostener que la duda:
la rabia de creerse engañado nuevamente.
—Ya veo. No es mi hijo.
—Alexander...
—¿Qué me dirás, Sofía? ¿Qué explicación quieres inventarme? Míralos, son iguales. Es un
Bianchi. Y tú, una perra mentirosa.
—Cuidado cómo me hablas, y menos delante de mi hijo —estalló Sofía, levantándose con el
orgullo herido—. Si eso es lo que tú quieres creer, que así sea. Ya me cansé de tratar de
convencer al mundo. Ahora lárgate de mi casa y no vuelvas a aparecer delante de mí.
Alexander miró de nuevo al niño con una mezcla de odio y dolor, dio media vuelta y se
marchó, azotando la puerta al salir con una fuerza que hizo vibrar las paredes.
—Mami, ¿por qué el señor Triceratops estaba así?
—Porque los adultos a veces somos tontos, cariño —Sofía respondió como pudo,
conteniendo las ganas de llorar. Estaba tan cansada de que todos trataran de juzgarla—.
Luciano, lleva a Giorgio a su cuarto.
Él lo llevó mientras Mía se acercaba a Sofía, tratando de abrazarla. Sabía que, bajo su
caparazón, estaba el dolor que siempre cargaba su amiga.
—Siempre hace lo mismo, Mía. No me deja explicarme; para él siempre soy la culpable.
Pero ya no me dejaré pisotear de nuevo. Si antes lo dudé, ahora estoy convencida de que él
no se acercará a mi hijo.
—Podrías haberle dicho la verdad. Que Luciano es tu hermano.
—¿Y de qué habría servido? —Sofía se giró hacia ella con los ojos llenos de fuego—. Ya
decidió quién soy en su mente retorcida. Le puedo repetir mil veces que no soy quien él
cree, y va a encontrar una manera nueva de no creerme. Ya lo hizo una vez cuando me
echó de su mansión. Lo acaba de hacer otra vez hoy.
—No es lo mismo.
—Para mí sí lo es.
Se llevó las manos a la cara un momento, respirando profundo para no desmoronarse. —No le debo ninguna explicación, Mía. Él me acusó, me juzgó, me corrió sin darme una
sola oportunidad, y ahora aparece en mi puerta a gritarme delante de mi hijo, exigiendo
respuestas que ni siquiera se ganó el derecho de pedir.
Mía no dijo nada más. Se limitó a abrazarla. Sofía apretó su mano, que goteaba sangre por
la cortada del cristal.
Unos minutos después, Luciano regresó a la sala tras dejar a Giorgio durmiendo. Traía el
botiquín de primeros auxilios. Se sentó en el sofá al lado de Sofía y, con delicadeza,
comenzó a limpiar las cortadas de sus palmas con una gasa.
—Sofía, esto se está saliendo de control —dijo Luciano en voz baja, rompiendo el
silencio—. Sé perfectamente que tu único plan en esta ciudad es ayudarme a frenar a tío
Franco e irte de inmediato de regreso al extranjero. Tu vida y tu empresa están allá. Pero
Alexander está cegado por los celos y cree que Giorgio es mi hijo. Si decide atacarnos, todo
se complicará.
Sofía soltó una risa fría y amarga, soportando el ardor del alcohol en sus heridas.
—Que haga lo que quiera, Luciano. Si ataca, que lo intente: su empresa necesita
desesperadamente el sistema Nexus para no quebrar. Me envió un mensaje exigiendo una
alianza y lo rechacé de inmediato. Que se hunda en sus propios celos.
Antes de que Luciano pudiera responder, el violento zumbido de su teléfono celular los
interrumpió.
Luciano frunció el ceño al ver la pantalla. Era un número del centro médico donde se
encontraba su padre.
—¿Diga? —habló Luciano, sintiendo una mala premonición.
Sofía observó cómo el rostro de su hermano se ponía completamente pálido en cuestión de
segundos.
—Entiendo... Sí, salimos para allá de inmediato —respondió Luciano con la voz rota.
Colgó el teléfono muy despacio. Sus manos temblaban levemente cuando levantó la vista
para mirar a su hermana.
—¿Qué pasó, Luciano? —preguntó Sofía, sintiendo una repentina opresión en el pecho.
—Era el hospital, Sofía —susurró Luciano, con un nudo en la garganta—. Papá sufrió una
grave complicación cardíaca. Los médicos dicen que está en estado crítico.
Sofía se quedó inmóvil, con una sensación complicada. Su padre. El mismo hombre que la
había desterrado de su propia casa, y al que, aun así, nunca había dejado de querer. —Tenemos que irnos ya —dijo Luciano, ya de pie, luchando por mantener firme la voz—. Y
recemos porque el tío Franco no se entere antes de que lleguemos. Si lo hace, no me
imagino lo que sería capaz de hacer.
Sofía apretó los puños vendados. Sin darle más vueltas, se levantó.
—Vamos.
—Pero qué desgraciado...Sofía apenas podía dar crédito a lo que leía en la pantalla. Sabía que Alexander era untiburón implacable en el mundo de los negocios, pero no imaginó que caería tan bajo.—¿Tan desesperado estás por mi tecnología, o esto es solo una venganza personal?—susurró para sí misma, apretando el celular con tanta fuerza que sus nudillos se tornaronblancos.—Sofía, ¿estás bien? ¿Por qué tienes esa cara?Luciano se acercaba por el pasillo del hospital sosteniendo dos tazas de café. Las ojerasdelataban que, al igual que ella, no había dormido en toda la noche.—¿Le pasó algo a papá? —preguntó Luciano, con la voz cargada de ansiedad—. Losmédicos dijeron que ya estaba estable, no debería...—Ricardo está bien, Luciano, no te preocupes —lo interrumpió ella rápidamente, guardandoel teléfono—. Solo recibí un mensaje inesperado.—¿De Alexander?Sofía parpadeó, sorprendida.—¿Cómo lo sabes?—Es el único hombre sobre la tierra capaz de alterarte de esa mane
Capítulo 8 — Obsesión sin treguaAlexander no regresó a su mansión. Condujo de vuelta al edificio corporativo de SterlingCompany en mitad de la madrugada, devorándose los semáforos en rojo. Su cabeza era uncaos.Subió por el ascensor privado directo a su despacho del último piso. Al encender las luces,el gran ventanal le devolvió el reflejo de un hombre con la mandíbula tensa, los ojos fijos enel vacío y los puños tan apretados que le dolían las articulaciones. Lanzó su saco sobre unode los sillones de cuero y comenzó a caminar en círculos.La imagen seguía ahí, quemándole los párpados. Sofía con otro hombre. Y ese niño. Eseniño que tenía los mismos rasgos refinados y los ojos verdes de Luciano, la prueba vivientede su traición.La puerta de su oficina se abrió de golpe, interrumpiendo su tormento. Nicolás entró aldespacho con la respiración agitada, sosteniendo su computadora portátil bajo el brazo.—Te dije que fueras con cuidado, Alexander —reclamó Nicolás, cerrando la puer
Esa es exactamente la pregunta que yo me hago sobre ti. No creo que sean horas devisitar ,Sterling.Luciano se cruzó de brazos, sin moverse del marco de la puerta.—No estoy de humor para juegos —advirtió con voz fría.—Yo tampoco.Ninguno de los dos se movió. Alexander miró por encima del hombro de Luciano, hacia elinterior del apartamento.Si el estúpido de Nicolás se equivocó, lo voy a matar, pensó para sí mismo, recordando ladirección que su amigo le había dado antes. Pero lo que realmente deseo con todas misfuerzas... es que se haya equivocado.La duda no le duró mucho cuando escuchó una voz que anhelaba oír hacía mucho tiempo,la misma que solía despertarlo en las mañanas más felices de su vida.—¿Quién es? —preguntó Sofía, apareciendo detrás de Luciano en una bata de sedapegada a su cuerpo.Se detuvo en seco al ver a Alexander en la puerta.—Alexander, ¿qué haces aquí tan tarde? ¿Cómo es que diste con mi casa?Él señaló a Luciano con la cabeza, con una mueca de evidente de
Sofía no apartó la vista de Alexander. Sostuvo la mano de Giorgio con más fuerza, sintiendoel sudor frío en las palmas.—No voy a hablar de esto aquí —su voz sonó más firme de lo que esperaba.Alexander dio un paso hacia adelante, acortando la distancia entre ambos.—Entonces dime dónde y cuándo, Sofía, porque no pienso dejar las cosas así —replicó él,bajando el tono, aunque la exigencia seguía intacta—. Desapareces por seis años y ahorapretendes que actúe como si no pasara nada.En ese instante, el teléfono en el bolsillo del saco de Alexander comenzó a vibrar. Lo ignoróla primera vez, pero volvió a sonar casi de inmediato. Soltó una maldición entre dientes ymiró la pantalla con fastidio.Mamá.—Ahora no, madre —murmuró, desviando la llamada.El teléfono volvió a vibrar.—¿No vas a contestar? —preguntó Sofía, cruzándose de brazos mientras buscaba con lamirada una salida.—No. Esto es más importante —respondió él, guardando el aparato.Pero Victoria no parecía dispuesta a rendir
Alexander observó al pequeño, atrapado entre el desconcierto y una repentina curiosidad.La seguridad con la que le reclamaba por su falta de atención no era algo común.—¿Y tú siempre le hablas así a los desconocidos, enano? —preguntó, cruzándose debrazos, divertido por la osadía.—Solo cuando se lo merecen —respondió Giorgio, acomodándose los tirantes de lamochila—. Y no me digas enano. Mi nombre es Giorgio.Una ligera e inexplicable punzada le recorrió el pecho al escuchar el nombre, pero ladescartó de inmediato. El mundo estaba lleno de niños llamados así.—De acuerdo, señor Giorgio. Yo soy Alexander —replicó, permitiéndose una leve sonrisaque suavizó sus facciones habitualmente rígidas—. ¿Y se puede saber por qué caminassolo por aquí? ¿Estás perdido?—No estoy perdido. Sé exactamente lo que tengo que hacer —contestó con firmeza,inflando el pecho—. Mi mamá me enseñó el protocolo de seguridad. Me dijo que si nosseparábamos, debía buscar una posición fija, mantener la calma y
Sofía contempló la imponente estructura de cristal de la corporación Bianchi que selevantaba hacia el cielo. El aire de la ciudad era el mismo y las calles seguían llenas delmovimiento frenético de siempre. Para ella, sin embargo, regresar significaba pisar elterritorio que le había destrozado la infancia y la juventud.—¿Segura de querer hacer esto hoy mismo, Sofía? —preguntó Luciano a su lado,ajustándose los espejuelos con gesto preocupado.—No vine a perder el tiempo, Luciano. Mia y Giorgio ya están instalados en el apartamentodel centro,nada mas termine lo que vine hacer me marcho ,esta ciudad me trae muy malosrecuerdos.—Lo sé. Y te agradezco más de lo que puedo decir.— Ahora me toca a mí poner las cartas sobre la mesa antes de que tío Franco destruya lopoco que queda de esta familia.Sofía avanzó hacia el vestíbulo con paso firme.Cuando entró en la sala de reuniones del último piso, las conversaciones se cortaron degolpe. Varios accionistas ya la esperaban alrededor de







