LOGINAlexander observó al pequeño, atrapado entre el desconcierto y una repentina curiosidad.
La seguridad con la que le reclamaba por su falta de atención no era algo común. —¿Y tú siempre le hablas así a los desconocidos, enano? —preguntó, cruzándose de brazos, divertido por la osadía. —Solo cuando se lo merecen —respondió Giorgio, acomodándose los tirantes de la mochila—. Y no me digas enano. Mi nombre es Giorgio. Una ligera e inexplicable punzada le recorrió el pecho al escuchar el nombre, pero la descartó de inmediato. El mundo estaba lleno de niños llamados así. —De acuerdo, señor Giorgio. Yo soy Alexander —replicó, permitiéndose una leve sonrisa que suavizó sus facciones habitualmente rígidas—. ¿Y se puede saber por qué caminas solo por aquí? ¿Estás perdido? —No estoy perdido. Sé exactamente lo que tengo que hacer —contestó con firmeza, inflando el pecho—. Mi mamá me enseñó el protocolo de seguridad. Me dijo que si nos separábamos, debía buscar una posición fija, mantener la calma y dirigirme únicamente a un adulto que trabaje aquí. Así que estoy buscando el mostrador de información. Mi tía Mia fue por un helado, pero un oso gigante con luces me distrajo y las columnas se movieron de su lugar. Alexander no pudo evitar sorprenderse ante la madurez y la impecable educación que demostraba el pequeño. No había rastro de lágrimas ni del pánico de los extraviados; hablaba con la precisión y la estructura de un adulto. —Bueno, tu protocolo es bastante eficiente, señor Giorgio —admitió, intrigado—. Ven, yo te acompaño a ese mostrador. Pediremos que llamen a tu tía por los altavoces. ¿Te parece bien? Giorgio entornó los ojos, evaluándolo con una seriedad que rozaba la desconfianza. —No sé... Tienes cara de amargado. No me das buena espina. Alexander soltó una carcajada limpia. Hacía seis años que no se reía de esa manera, con tanta ligereza. Sus asistentes en la empresa jamás habrían creído que el implacable presidente de Sterling Company pudiera sonreírle así a un completo desconocido. —Esta cara de amargado gana bastante dinero al día, pequeño —bromeó, dándole un suave toque con el dedo al dinosaurio de plástico que sostenía—. Pero te prometo que soy un triceratops inofensivo. Anda, vamos. Giorgio sopesó la referencia, pareció aprobar el sentido del humor del hombre y terminó por asentir. Caminaron juntos hacia el módulo de información. El pequeño marchaba a su lado con un paso tan firme y altivo que Alexander no pudo evitar fijarse en sus modales. Había algo en su forma de caminar y en la fijeza de su mirada que le despertaba una familiaridad que su mente analítica no lograba descifrar. — — — En el otro extremo de la planta de comida, Mia miraba con horror la columna vacía. El cono de helado comenzaba a derretirse y a gotear directamente sobre sus dedos. —¿Giorgio? —murmuró, dando unos pasos rápidos hacia el pasillo principal. El lugar era un mar de rostros desconocidos. Ninguno de ellos pertenecía a un niño con suéter azul y mochila de dinosaurio. —¡Giorgio! —gritó, con la voz rota por el miedo. El ruido de la multitud devoró su llamado. Sintiendo que el pánico le oprimía el pecho, tiró el helado en el primer bote de basura y sacó su teléfono con las manos temblando violentamente. Marcó el número de Sofía. Al tercer timbre, una voz baja respondió al otro lado de la línea. Sofía seguía saliendo de la junta en el edificio Bianchi. —Mia, estoy terminando de revisar unos papeles con Luciano, ¿qué pasa? —Sofía... perdí a Giorgio —soltó en un sollozo. Hubo un silencio rotundo en la línea. —¿Cómo que lo perdiste? —el tono de su amiga cambió al instante, perdiendo cualquier rastro de formalidad corporativa y transformándose en puro terror de madre. —Estaba junto a la columna, lo juro. Fui a pagar y cuando me di la vuelta ya no estaba. Fue solo un segundo... —¿Dónde están? —En el centro comercial del centro, en la planta baja. —Voy para allá. No te muevas del mostrador de información. La llamada se cortó. Sofía se guardó el dispositivo mientras apuraba el paso hacia el estacionamiento. Luciano, que venía a su lado, captó la urgencia en sus ojos y la siguió directo al vehículo sin hacer preguntas. — — — Mia llegó al mostrador principal casi sin aire. Tenía el cabello desordenado y el rostro pálido por la culpa. Iba a exigirle al encargado que llamara a seguridad cuando una escena la hizo detenerse en seco. Allí, junto a la encimera, estaba Giorgio balanceando las piernas alegremente. A su lado, con una mano apoyada sobre la superficie y una expresión inusualmente relajada, se encontraba un hombre de traje impecable. Mia sintió que la sangre se le congelaba. «De todos los hombres de esta ciudad, tenía que encontrarse precisamente con él», pensó, sintiendo un vacío en el estómago al reconocer las facciones duras de Alexander Sterling. —¡Giorgio! —exclamó, dejándose caer de rodillas para abrazar al niño con una fuerza que pretendía ocultar su pánico—. No vuelvas a hacerme esto, por favor. —Te dije que no era mi culpa, tía Mia —se quejó el pequeño, señalando al hombre—. El señor Triceratops me ayudó. Nos hicimos amigos. Mia se incorporó despacio, limpiándose las mejillas. Se giró obligándose a sostener la postura, comprendiendo de inmediato que cada segundo antes de que llegara Sofía era vital para resguardar el secreto. —¿Señor... Sterling? —tartamudeó, dando un paso atrás para marcar distancia. Alexander frunció el ceño. Sus ojos se entrecerraron mientras la reconocía. La había visto en su propia casa, en las cenas familiares y sosteniendo el velo de Sofía el día de su boda. Mia era la única persona a la que su exesposa consideraba su verdadera familia. —¿Mia? —dijo, recuperando instantáneamente su tono gélido—. ¿Qué haces en esta ciudad? ¿Andas de visita? —Sí. Vine con una amiga —alcanzó a decir, forzando una sonrisa tensa mientras intentaba tapar al niño con su cuerpo para que Alexander no siguiera examinando sus rasgos. —¿Con una amiga? ¿O viniste con Sofía? —exigió él, dando un paso al frente, entornando los ojos al notar el evidente nerviosismo. Mia no tuvo tiempo de responder. El eco de unos tacones apresurados resonó en el pasillo principal. Sofía apareció doblando la esquina, con la respiración agitada por la carrera desde el estacionamiento. —¡Giorgio! —gritó, corriendo hacia su hijo. Se arrodilló, rodeándolo con sus brazos y apretándolo contra su pecho con una fuerza feroz, como si necesitara confirmar con el tacto que era real. En ese breve abrazo, Sofía apretó la mandíbula, obligando a su mente a levantar el muro de frialdad que había construido durante años. Sabía perfectamente quién estaba parado a un metro de distancia. —Estoy bien, mamá. El señor Triceratops me cuidó —dijo el pequeño. Sofía exhaló un suspiro de alivio, se puso de pie despacio y levantó la vista. Alexander se quedó inmóvil, sordo por un momento al bullicio del centro comercial. En su mente, esperaba encontrar a la mujer vulnerable que había expulsado de su mansión bajo una lluvia de acusaciones; pero la persona que tenía enfrente era radicalmente distinta. Sofía vestía un traje sastre impecable que gritaba autoridad, mantenía la espalda recta y sus ojos no reflejaban dolor, sino una alarmante indiferencia. —Vámonos, Mia. Toma a Giorgio —ordenó Sofía, con una voz cortante, rompiendo el silencio. Tomó la mano de su hijo y se dio la vuelta, pero Alexander reaccionó por instinto y bloqueó el paso. —Espera, Sofía. No puedes aparecer después de tanto tiempo y marcharte como si fuera un extraño —pidió él, con una urgencia que no pudo ocultar. Su mirada iba constantemente de la firmeza de Sofía a las facciones del niño—. ¿Cuándo volviste? ¿De quién es ese niño? Sofía dio un sutil paso al frente, poniéndose delante de Alexander para que dejara de examinar los gestos del pequeño. —Mi vida no es asunto tuyo, Alexander. Ya no tienes ningún derecho a preguntar nada sobre mí. —¿Que no tengo derecho? —Alexander frunció el ceño, sintiendo que el orgullo le quemaba la sangre—. Acabo de encontrar a tu hijo perdido. Estaba hablando conmigo como si nada. Creo que tengo derecho a saber quién es. —Mamá... ¿tú conoces al señor Triceratops? —preguntó Giorgio, mirando a ambos, confundido por la asfixiante tensión que se había instalado en el lugar. Sofía bajó la vista, suavizando su expresión solo para él. —Es alguien que conocí hace mucho tiempo, mi amor. Pero ya tenemos que irnos —respondió, forzando una sonrisa tranquila. A Alexander esa palabra le dolió en lo más profundo del orgullo. Después de todo lo que habían sido, para ella ahora era solo un extraño. Sin embargo, su mente analítica comenzó a procesar los detalles. Miró la arrogancia del niño, la forma altiva de cruzar los brazos y, de pronto, una idea absurda intentó abrirse paso en su cabeza. Hizo las cuentas en silencio. Había pasado justo ese tiempo desde que ella se marchó, y el niño aparentaba la misma edad. Intentó rechazar el pensamiento de inmediato; le pareció una locura nacida de su propio despecho, una trampa de su imaginación. No podía ser. Ella lo había engañado. Pero la duda le carcomía por dentro y no logró apartarla. Alexander dio un paso definitivo, quedando a escasos centímetros de Sofía, obligándola a mirarlo directamente a los ojos. —Seis años, Sofía. Te fuiste hace exactamente seis años —siseó, con la voz temblando por el peso de la sospecha—. Mírame a los ojos y dime la verdad... ¿Ese niño es mi hijo?—Pero qué desgraciado...Sofía apenas podía dar crédito a lo que leía en la pantalla. Sabía que Alexander era untiburón implacable en el mundo de los negocios, pero no imaginó que caería tan bajo.—¿Tan desesperado estás por mi tecnología, o esto es solo una venganza personal?—susurró para sí misma, apretando el celular con tanta fuerza que sus nudillos se tornaronblancos.—Sofía, ¿estás bien? ¿Por qué tienes esa cara?Luciano se acercaba por el pasillo del hospital sosteniendo dos tazas de café. Las ojerasdelataban que, al igual que ella, no había dormido en toda la noche.—¿Le pasó algo a papá? —preguntó Luciano, con la voz cargada de ansiedad—. Losmédicos dijeron que ya estaba estable, no debería...—Ricardo está bien, Luciano, no te preocupes —lo interrumpió ella rápidamente, guardandoel teléfono—. Solo recibí un mensaje inesperado.—¿De Alexander?Sofía parpadeó, sorprendida.—¿Cómo lo sabes?—Es el único hombre sobre la tierra capaz de alterarte de esa mane
Capítulo 8 — Obsesión sin treguaAlexander no regresó a su mansión. Condujo de vuelta al edificio corporativo de SterlingCompany en mitad de la madrugada, devorándose los semáforos en rojo. Su cabeza era uncaos.Subió por el ascensor privado directo a su despacho del último piso. Al encender las luces,el gran ventanal le devolvió el reflejo de un hombre con la mandíbula tensa, los ojos fijos enel vacío y los puños tan apretados que le dolían las articulaciones. Lanzó su saco sobre unode los sillones de cuero y comenzó a caminar en círculos.La imagen seguía ahí, quemándole los párpados. Sofía con otro hombre. Y ese niño. Eseniño que tenía los mismos rasgos refinados y los ojos verdes de Luciano, la prueba vivientede su traición.La puerta de su oficina se abrió de golpe, interrumpiendo su tormento. Nicolás entró aldespacho con la respiración agitada, sosteniendo su computadora portátil bajo el brazo.—Te dije que fueras con cuidado, Alexander —reclamó Nicolás, cerrando la puer
Esa es exactamente la pregunta que yo me hago sobre ti. No creo que sean horas devisitar ,Sterling.Luciano se cruzó de brazos, sin moverse del marco de la puerta.—No estoy de humor para juegos —advirtió con voz fría.—Yo tampoco.Ninguno de los dos se movió. Alexander miró por encima del hombro de Luciano, hacia elinterior del apartamento.Si el estúpido de Nicolás se equivocó, lo voy a matar, pensó para sí mismo, recordando ladirección que su amigo le había dado antes. Pero lo que realmente deseo con todas misfuerzas... es que se haya equivocado.La duda no le duró mucho cuando escuchó una voz que anhelaba oír hacía mucho tiempo,la misma que solía despertarlo en las mañanas más felices de su vida.—¿Quién es? —preguntó Sofía, apareciendo detrás de Luciano en una bata de sedapegada a su cuerpo.Se detuvo en seco al ver a Alexander en la puerta.—Alexander, ¿qué haces aquí tan tarde? ¿Cómo es que diste con mi casa?Él señaló a Luciano con la cabeza, con una mueca de evidente de
Sofía no apartó la vista de Alexander. Sostuvo la mano de Giorgio con más fuerza, sintiendoel sudor frío en las palmas.—No voy a hablar de esto aquí —su voz sonó más firme de lo que esperaba.Alexander dio un paso hacia adelante, acortando la distancia entre ambos.—Entonces dime dónde y cuándo, Sofía, porque no pienso dejar las cosas así —replicó él,bajando el tono, aunque la exigencia seguía intacta—. Desapareces por seis años y ahorapretendes que actúe como si no pasara nada.En ese instante, el teléfono en el bolsillo del saco de Alexander comenzó a vibrar. Lo ignoróla primera vez, pero volvió a sonar casi de inmediato. Soltó una maldición entre dientes ymiró la pantalla con fastidio.Mamá.—Ahora no, madre —murmuró, desviando la llamada.El teléfono volvió a vibrar.—¿No vas a contestar? —preguntó Sofía, cruzándose de brazos mientras buscaba con lamirada una salida.—No. Esto es más importante —respondió él, guardando el aparato.Pero Victoria no parecía dispuesta a rendir
Alexander observó al pequeño, atrapado entre el desconcierto y una repentina curiosidad.La seguridad con la que le reclamaba por su falta de atención no era algo común.—¿Y tú siempre le hablas así a los desconocidos, enano? —preguntó, cruzándose debrazos, divertido por la osadía.—Solo cuando se lo merecen —respondió Giorgio, acomodándose los tirantes de lamochila—. Y no me digas enano. Mi nombre es Giorgio.Una ligera e inexplicable punzada le recorrió el pecho al escuchar el nombre, pero ladescartó de inmediato. El mundo estaba lleno de niños llamados así.—De acuerdo, señor Giorgio. Yo soy Alexander —replicó, permitiéndose una leve sonrisaque suavizó sus facciones habitualmente rígidas—. ¿Y se puede saber por qué caminassolo por aquí? ¿Estás perdido?—No estoy perdido. Sé exactamente lo que tengo que hacer —contestó con firmeza,inflando el pecho—. Mi mamá me enseñó el protocolo de seguridad. Me dijo que si nosseparábamos, debía buscar una posición fija, mantener la calma y
Sofía contempló la imponente estructura de cristal de la corporación Bianchi que selevantaba hacia el cielo. El aire de la ciudad era el mismo y las calles seguían llenas delmovimiento frenético de siempre. Para ella, sin embargo, regresar significaba pisar elterritorio que le había destrozado la infancia y la juventud.—¿Segura de querer hacer esto hoy mismo, Sofía? —preguntó Luciano a su lado,ajustándose los espejuelos con gesto preocupado.—No vine a perder el tiempo, Luciano. Mia y Giorgio ya están instalados en el apartamentodel centro,nada mas termine lo que vine hacer me marcho ,esta ciudad me trae muy malosrecuerdos.—Lo sé. Y te agradezco más de lo que puedo decir.— Ahora me toca a mí poner las cartas sobre la mesa antes de que tío Franco destruya lopoco que queda de esta familia.Sofía avanzó hacia el vestíbulo con paso firme.Cuando entró en la sala de reuniones del último piso, las conversaciones se cortaron degolpe. Varios accionistas ya la esperaban alrededor de







