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CAPÍTULO 5: El primer cruce

作者: Gaela Nakpil
last update publish date: 2026-09-11 03:42:21

Alexander observó al pequeño, atrapado entre el desconcierto y una repentina curiosidad.

La seguridad con la que le reclamaba por su falta de atención no era algo común.

—¿Y tú siempre le hablas así a los desconocidos, enano? —preguntó, cruzándose de

brazos, divertido por la osadía.

—Solo cuando se lo merecen —respondió Giorgio, acomodándose los tirantes de la

mochila—. Y no me digas enano. Mi nombre es Giorgio.

Una ligera e inexplicable punzada le recorrió el pecho al escuchar el nombre, pero la

descartó de inmediato. El mundo estaba lleno de niños llamados así.

—De acuerdo, señor Giorgio. Yo soy Alexander —replicó, permitiéndose una leve sonrisa

que suavizó sus facciones habitualmente rígidas—. ¿Y se puede saber por qué caminas

solo por aquí? ¿Estás perdido?

—No estoy perdido. Sé exactamente lo que tengo que hacer —contestó con firmeza,

inflando el pecho—. Mi mamá me enseñó el protocolo de seguridad. Me dijo que si nos

separábamos, debía buscar una posición fija, mantener la calma y dirigirme únicamente a

un adulto que trabaje aquí. Así que estoy buscando el mostrador de información. Mi tía Mia

fue por un helado, pero un oso gigante con luces me distrajo y las columnas se movieron de

su lugar.

Alexander no pudo evitar sorprenderse ante la madurez y la impecable educación que

demostraba el pequeño. No había rastro de lágrimas ni del pánico de los extraviados;

hablaba con la precisión y la estructura de un adulto.

—Bueno, tu protocolo es bastante eficiente, señor Giorgio —admitió, intrigado—. Ven, yo te

acompaño a ese mostrador. Pediremos que llamen a tu tía por los altavoces. ¿Te parece

bien?

Giorgio entornó los ojos, evaluándolo con una seriedad que rozaba la desconfianza.

—No sé... Tienes cara de amargado. No me das buena espina.

Alexander soltó una carcajada limpia. Hacía seis años que no se reía de esa manera, con

tanta ligereza. Sus asistentes en la empresa jamás habrían creído que el implacable

presidente de Sterling Company pudiera sonreírle así a un completo desconocido.

—Esta cara de amargado gana bastante dinero al día, pequeño —bromeó, dándole un

suave toque con el dedo al dinosaurio de plástico que sostenía—. Pero te prometo que soy

un triceratops inofensivo. Anda, vamos. Giorgio sopesó la referencia, pareció aprobar el sentido del humor del hombre y terminó por

asentir. Caminaron juntos hacia el módulo de información. El pequeño marchaba a su lado

con un paso tan firme y altivo que Alexander no pudo evitar fijarse en sus modales. Había

algo en su forma de caminar y en la fijeza de su mirada que le despertaba una familiaridad

que su mente analítica no lograba descifrar.

— — —

En el otro extremo de la planta de comida, Mia miraba con horror la columna vacía. El cono

de helado comenzaba a derretirse y a gotear directamente sobre sus dedos.

—¿Giorgio? —murmuró, dando unos pasos rápidos hacia el pasillo principal.

El lugar era un mar de rostros desconocidos. Ninguno de ellos pertenecía a un niño con

suéter azul y mochila de dinosaurio.

—¡Giorgio! —gritó, con la voz rota por el miedo.

El ruido de la multitud devoró su llamado. Sintiendo que el pánico le oprimía el pecho, tiró el

helado en el primer bote de basura y sacó su teléfono con las manos temblando

violentamente. Marcó el número de Sofía.

Al tercer timbre, una voz baja respondió al otro lado de la línea. Sofía seguía saliendo de la

junta en el edificio Bianchi.

—Mia, estoy terminando de revisar unos papeles con Luciano, ¿qué pasa?

—Sofía... perdí a Giorgio —soltó en un sollozo.

Hubo un silencio rotundo en la línea.

—¿Cómo que lo perdiste? —el tono de su amiga cambió al instante, perdiendo cualquier

rastro de formalidad corporativa y transformándose en puro terror de madre.

—Estaba junto a la columna, lo juro. Fui a pagar y cuando me di la vuelta ya no estaba. Fue

solo un segundo...

—¿Dónde están?

—En el centro comercial del centro, en la planta baja.

—Voy para allá. No te muevas del mostrador de información.

La llamada se cortó. Sofía se guardó el dispositivo mientras apuraba el paso hacia el

estacionamiento. Luciano, que venía a su lado, captó la urgencia en sus ojos y la siguió

directo al vehículo sin hacer preguntas.

— — — Mia llegó al mostrador principal casi sin aire. Tenía el cabello desordenado y el rostro pálido

por la culpa. Iba a exigirle al encargado que llamara a seguridad cuando una escena la hizo

detenerse en seco.

Allí, junto a la encimera, estaba Giorgio balanceando las piernas alegremente. A su lado,

con una mano apoyada sobre la superficie y una expresión inusualmente relajada, se

encontraba un hombre de traje impecable.

Mia sintió que la sangre se le congelaba. «De todos los hombres de esta ciudad, tenía que

encontrarse precisamente con él», pensó, sintiendo un vacío en el estómago al reconocer

las facciones duras de Alexander Sterling.

—¡Giorgio! —exclamó, dejándose caer de rodillas para abrazar al niño con una fuerza que

pretendía ocultar su pánico—. No vuelvas a hacerme esto, por favor.

—Te dije que no era mi culpa, tía Mia —se quejó el pequeño, señalando al hombre—. El

señor Triceratops me ayudó. Nos hicimos amigos.

Mia se incorporó despacio, limpiándose las mejillas. Se giró obligándose a sostener la

postura, comprendiendo de inmediato que cada segundo antes de que llegara Sofía era vital

para resguardar el secreto.

—¿Señor... Sterling? —tartamudeó, dando un paso atrás para marcar distancia.

Alexander frunció el ceño. Sus ojos se entrecerraron mientras la reconocía. La había visto

en su propia casa, en las cenas familiares y sosteniendo el velo de Sofía el día de su boda.

Mia era la única persona a la que su exesposa consideraba su verdadera familia.

—¿Mia? —dijo, recuperando instantáneamente su tono gélido—. ¿Qué haces en esta

ciudad? ¿Andas de visita?

—Sí. Vine con una amiga —alcanzó a decir, forzando una sonrisa tensa mientras intentaba

tapar al niño con su cuerpo para que Alexander no siguiera examinando sus rasgos.

—¿Con una amiga? ¿O viniste con Sofía? —exigió él, dando un paso al frente, entornando

los ojos al notar el evidente nerviosismo.

Mia no tuvo tiempo de responder. El eco de unos tacones apresurados resonó en el pasillo

principal. Sofía apareció doblando la esquina, con la respiración agitada por la carrera

desde el estacionamiento.

—¡Giorgio! —gritó, corriendo hacia su hijo.

Se arrodilló, rodeándolo con sus brazos y apretándolo contra su pecho con una fuerza feroz,

como si necesitara confirmar con el tacto que era real. En ese breve abrazo, Sofía apretó la

mandíbula, obligando a su mente a levantar el muro de frialdad que había construido

durante años. Sabía perfectamente quién estaba parado a un metro de distancia. —Estoy bien, mamá. El señor Triceratops me cuidó —dijo el pequeño.

Sofía exhaló un suspiro de alivio, se puso de pie despacio y levantó la vista.

Alexander se quedó inmóvil, sordo por un momento al bullicio del centro comercial. En su

mente, esperaba encontrar a la mujer vulnerable que había expulsado de su mansión bajo

una lluvia de acusaciones; pero la persona que tenía enfrente era radicalmente distinta.

Sofía vestía un traje sastre impecable que gritaba autoridad, mantenía la espalda recta y

sus ojos no reflejaban dolor, sino una alarmante indiferencia.

—Vámonos, Mia. Toma a Giorgio —ordenó Sofía, con una voz cortante, rompiendo el

silencio.

Tomó la mano de su hijo y se dio la vuelta, pero Alexander reaccionó por instinto y bloqueó

el paso.

—Espera, Sofía. No puedes aparecer después de tanto tiempo y marcharte como si fuera

un extraño —pidió él, con una urgencia que no pudo ocultar. Su mirada iba constantemente

de la firmeza de Sofía a las facciones del niño—. ¿Cuándo volviste? ¿De quién es ese

niño?

Sofía dio un sutil paso al frente, poniéndose delante de Alexander para que dejara de

examinar los gestos del pequeño.

—Mi vida no es asunto tuyo, Alexander. Ya no tienes ningún derecho a preguntar nada

sobre mí.

—¿Que no tengo derecho? —Alexander frunció el ceño, sintiendo que el orgullo le quemaba

la sangre—. Acabo de encontrar a tu hijo perdido. Estaba hablando conmigo como si nada.

Creo que tengo derecho a saber quién es.

—Mamá... ¿tú conoces al señor Triceratops? —preguntó Giorgio, mirando a ambos,

confundido por la asfixiante tensión que se había instalado en el lugar.

Sofía bajó la vista, suavizando su expresión solo para él.

—Es alguien que conocí hace mucho tiempo, mi amor. Pero ya tenemos que irnos

—respondió, forzando una sonrisa tranquila.

A Alexander esa palabra le dolió en lo más profundo del orgullo. Después de todo lo que

habían sido, para ella ahora era solo un extraño.

Sin embargo, su mente analítica comenzó a procesar los detalles. Miró la arrogancia del

niño, la forma altiva de cruzar los brazos y, de pronto, una idea absurda intentó abrirse paso

en su cabeza. Hizo las cuentas en silencio. Había pasado justo ese tiempo desde que ella

se marchó, y el niño aparentaba la misma edad. Intentó rechazar el pensamiento de inmediato; le pareció una locura nacida de su propio despecho, una trampa de su

imaginación. No podía ser. Ella lo había engañado.

Pero la duda le carcomía por dentro y no logró apartarla. Alexander dio un paso definitivo,

quedando a escasos centímetros de Sofía, obligándola a mirarlo directamente a los ojos.

—Seis años, Sofía. Te fuiste hace exactamente seis años —siseó, con la voz temblando por

el peso de la sospecha—. Mírame a los ojos y dime la verdad... ¿Ese niño es mi hijo?

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