LOGINCapítulo 8 — Obsesión sin tregua
Alexander no regresó a su mansión. Condujo de vuelta al edificio corporativo de Sterling Company en mitad de la madrugada, devorándose los semáforos en rojo. Su cabeza era un caos. Subió por el ascensor privado directo a su despacho del último piso. Al encender las luces, el gran ventanal le devolvió el reflejo de un hombre con la mandíbula tensa, los ojos fijos en el vacío y los puños tan apretados que le dolían las articulaciones. Lanzó su saco sobre uno de los sillones de cuero y comenzó a caminar en círculos. La imagen seguía ahí, quemándole los párpados. Sofía con otro hombre. Y ese niño. Ese niño que tenía los mismos rasgos refinados y los ojos verdes de Luciano, la prueba viviente de su traición. La puerta de su oficina se abrió de golpe, interrumpiendo su tormento. Nicolás entró al despacho con la respiración agitada, sosteniendo su computadora portátil bajo el brazo. —Te dije que fueras con cuidado, Alexander —reclamó Nicolás, cerrando la puerta detrás de sí—. Vi las alertas de localización de tu auto. ¿Qué carajos hiciste? —Estaba ahí —soltó Alexander. Su voz sonó como un rasguido sordo, desprovista de cualquier matiz de calma. Nicolás dejó la computadora sobre el escritorio y lo miró con duda. —¿Sofía? —Bianchi, Nicolás. Luciano Bianchi estaba dentro de su apartamento, como si fuera el dueño del lugar —rugió Alexander, golpeando la superficie de madera del escritorio con la palma de la mano—. Tendrías que haber visto su cara de arrogante, maldita sea. Nicolás parpadeó, asimilando el impacto de la revelación. La rivalidad entre los Sterling y los Bianchi era el eje del mercado tecnológico de la ciudad, pero nunca habían llegado a ser enemigos reales, solo competencia. —Espera... ¿Luciano Bianchi? —Nicolás frunció el ceño, intentando ordenar las piezas—. ¿Estás seguro de lo que viste? Los Bianchi son una familia sumamente reservada. ¿Cómo es posible que Sofía terminara involucrada con él? —No me importa cómo pasó, solo sé lo que mis ojos vieron. ¿Sabes qué es lo peor? Ese tipo era el del hotel, Nicolás. Por eso no pude encontrar información antes. —¿Estás seguro, Alexander? No se le veía el rostro. —Tanto como que ese niño es un Bianchi. Nicolás exhaló, tratando de analizar lo que su amigo le contaba, y se recostó contra el borde del escritorio, cruzándose de brazos. —Significa que las sospechas que te mencioné en el auto eran ciertas, Alexander. Te lo advertí. Ella ya tiene otra vida y un hijo con otro hombre. —¡No me importa de quién sea! —lo interrumpió Alexander, con la mandíbula apretada y los ojos inyectados en sangre—. Si ella formó una familia con mi peor rival, quiero destruirlos con mis propias manos. No voy a quedarme de brazos cruzados viendo cómo se burla de mí. Por eso vas a conseguirme pruebas. —Alexander, es un apartamento privado, con seguridad... —Me importa una m****a la seguridad —siseó el CEO, acortando la distancia con su asistente—. Quiero que contrates a la mejor firma de investigadores privados del continente. No me interesan los costos. Quiero saber en qué país estuvo Sofía cada mes de los últimos seis años y quiero los registros de ese niño. Nicolás suspiró, frotándose las sienes con evidente frustración. —Está bien —cedió Nicolás de mala gana, tomando su computadora—. Abriré una línea de fondos confidenciales de la empresa para pagar a los investigadores bajo absoluta discreción. —Esos desgraciados Bianchi han destrozado mi vida —masculló Alexander, sirviéndose un whisky que no pensaba beber—. Primero Giuliana. Ahora su hermano se quiere quedar con mi mujer. Nicolás lo observó desde la puerta del despacho, sin atreverse a interrumpir. Llevaba media hora viéndolo dar vueltas como un animal enjaulado. —Alexander, ella ya no es tu mujer. —Eso no te lo pregunté. Dejó el vaso de golpe sobre el escritorio. El líquido saltó por el borde y manchó unos papeles que ni siquiera miró. —Quiero que investigues a los Bianchi también. Todo lo que puedas conseguir de esa maldita familia. Lo que sea. Nicolás alzó las manos, resignado. —Entonces déjame hacer unas llamadas a mis contactos en esa empresa. Tendré lo que pueda en unas horas. Volvió tres horas después, con el teléfono en la mano y una expresión que Alexander no supo leer. —Tengo algo. —Habla. —Ayer en la mañana hubo una reunión de emergencia en la compañía Bianchi. Una disputa por la dirección administrativa: Franco Bianchi quiere tomar el control y sacar al heredero de la jugada. Alexander cruzó los brazos, sin decir nada, esperando el resto. —Pero según mi contacto, una mujer llegó a la reunión y lo puso contra la pared. Y te vas a sorprender cuando sepas quién es. —No estoy para tus adivinanzas. —Sofía. —Dime que no estás hablando en serio. —Eso me dejaron entender, aunque no pude sacar más detalles. La reunión fue a puertas cerradas. Alexander se apoyó en el escritorio, procesando. —Parece que Giuliana tiene la mayoría de las acciones, más el respaldo de su propia compañía —siguió Nicolás—. Es casi imposible que Franco pueda hacer algo contra Luciano mientras ella esté ahí. —¿Y qué rayos tiene que ver Sofía con todo esto? Nicolás dudó un segundo antes de responder. —Eso todavía no lo sé. Pero al parecer puede ser una de las representantes de Giuliana, ya que ella ni siquiera da la cara. —Así que regresó a esta ciudad, se metió en los asuntos de los Bianchi y ahora representa a la mujer que controla la tecnología que necesito. —Eso parece. Alexander se sentó con los codos apoyados en el escritorio, sosteniéndose la cabeza. Entonces Nicolás lo vio esbozar una sonrisa que daba miedo, la de un hombre que acaba de encontrar a su presa perfecta. —Alexander, amigo, me estás asustando. —¿Recuerdas lo del Proyecto Escarlata? —Sí. Somos socios comerciales, más de cuatro compañías y minindustrias están unidas. Será el mercado más grande creado en cien años, el negocio del siglo —contestó Nicolás, exponiendo lo evidente. —¿Qué pasaría si nosotros nos retiramos? —Alexander, estás loco. Perderíamos uno de los negocios más grandes jamás creados. —Pero ellos necesitan nuestro capital. Y las tierras también están a mi nombre. —¿Qué estás planeando, amigo? —Que los Bianchi se quedarían a medias, perderían miles de millones y su CEO tendría que dimitir. ¿Te imaginas? —No puedes perder la cabeza así. Negocios son negocios, no los mezcles con lo personal. Llevamos años tratando de conseguir una parte de ese pastel, no lo eches todo a perder por tus celos. —Puedes retirarte. Yo me quedaré en la oficina. —Alexander... —Nicolás suspiró. No sabía lo que tramaba su amigo, pero ese asunto no iba a terminar bien—. De acuerdo, me voy. Necesito descansar, llevo toda la madrugada sin dormir por culpa de alguien. —Tranquilo, te daré una gran comisión este mes. Nicolás cerró la puerta, dejando a su amigo solo en la oficina. Alexander sacó el celular para mandarle un mensaje a la mismísima Giuliana Bianchi. **Alexander:** Señorita Bianchi, lamento escribirle a estas horas, pero necesito comunicarme con usted urgentemente. **Giuliana:** Señor Sterling, ya le dejé dicho que no tengo interés en hacer negocios con usted. **Alexander:** Mi negocio es con su hermano. Tal vez le gustaría saber que ya no tendremos nada que ver con el Proyecto Escarlata. Y si eso pasa, el Grupo Bianchi perdería miles de millones, su reputación, y hasta le podría costar el puesto a su hermano. **Giuliana:** ¿Me está chantajeando? **Alexander:** Le estoy proponiendo un negocio. Soy un hombre con ambiciones. Mi propuesta le hará ganar tanto a usted como a su hermano Luciano. Lo único que necesito es que esté de acuerdo con mis demandas. **Giuliana:** ¿Y cuáles serían? **Alexander **. Quiero que su asistente, Sofía Moretti, trabaje directamente conmigo. Solo ella y nadie más—Pero qué desgraciado...Sofía apenas podía dar crédito a lo que leía en la pantalla. Sabía que Alexander era untiburón implacable en el mundo de los negocios, pero no imaginó que caería tan bajo.—¿Tan desesperado estás por mi tecnología, o esto es solo una venganza personal?—susurró para sí misma, apretando el celular con tanta fuerza que sus nudillos se tornaronblancos.—Sofía, ¿estás bien? ¿Por qué tienes esa cara?Luciano se acercaba por el pasillo del hospital sosteniendo dos tazas de café. Las ojerasdelataban que, al igual que ella, no había dormido en toda la noche.—¿Le pasó algo a papá? —preguntó Luciano, con la voz cargada de ansiedad—. Losmédicos dijeron que ya estaba estable, no debería...—Ricardo está bien, Luciano, no te preocupes —lo interrumpió ella rápidamente, guardandoel teléfono—. Solo recibí un mensaje inesperado.—¿De Alexander?Sofía parpadeó, sorprendida.—¿Cómo lo sabes?—Es el único hombre sobre la tierra capaz de alterarte de esa mane
Capítulo 8 — Obsesión sin treguaAlexander no regresó a su mansión. Condujo de vuelta al edificio corporativo de SterlingCompany en mitad de la madrugada, devorándose los semáforos en rojo. Su cabeza era uncaos.Subió por el ascensor privado directo a su despacho del último piso. Al encender las luces,el gran ventanal le devolvió el reflejo de un hombre con la mandíbula tensa, los ojos fijos enel vacío y los puños tan apretados que le dolían las articulaciones. Lanzó su saco sobre unode los sillones de cuero y comenzó a caminar en círculos.La imagen seguía ahí, quemándole los párpados. Sofía con otro hombre. Y ese niño. Eseniño que tenía los mismos rasgos refinados y los ojos verdes de Luciano, la prueba vivientede su traición.La puerta de su oficina se abrió de golpe, interrumpiendo su tormento. Nicolás entró aldespacho con la respiración agitada, sosteniendo su computadora portátil bajo el brazo.—Te dije que fueras con cuidado, Alexander —reclamó Nicolás, cerrando la puer
Esa es exactamente la pregunta que yo me hago sobre ti. No creo que sean horas devisitar ,Sterling.Luciano se cruzó de brazos, sin moverse del marco de la puerta.—No estoy de humor para juegos —advirtió con voz fría.—Yo tampoco.Ninguno de los dos se movió. Alexander miró por encima del hombro de Luciano, hacia elinterior del apartamento.Si el estúpido de Nicolás se equivocó, lo voy a matar, pensó para sí mismo, recordando ladirección que su amigo le había dado antes. Pero lo que realmente deseo con todas misfuerzas... es que se haya equivocado.La duda no le duró mucho cuando escuchó una voz que anhelaba oír hacía mucho tiempo,la misma que solía despertarlo en las mañanas más felices de su vida.—¿Quién es? —preguntó Sofía, apareciendo detrás de Luciano en una bata de sedapegada a su cuerpo.Se detuvo en seco al ver a Alexander en la puerta.—Alexander, ¿qué haces aquí tan tarde? ¿Cómo es que diste con mi casa?Él señaló a Luciano con la cabeza, con una mueca de evidente de
Sofía no apartó la vista de Alexander. Sostuvo la mano de Giorgio con más fuerza, sintiendoel sudor frío en las palmas.—No voy a hablar de esto aquí —su voz sonó más firme de lo que esperaba.Alexander dio un paso hacia adelante, acortando la distancia entre ambos.—Entonces dime dónde y cuándo, Sofía, porque no pienso dejar las cosas así —replicó él,bajando el tono, aunque la exigencia seguía intacta—. Desapareces por seis años y ahorapretendes que actúe como si no pasara nada.En ese instante, el teléfono en el bolsillo del saco de Alexander comenzó a vibrar. Lo ignoróla primera vez, pero volvió a sonar casi de inmediato. Soltó una maldición entre dientes ymiró la pantalla con fastidio.Mamá.—Ahora no, madre —murmuró, desviando la llamada.El teléfono volvió a vibrar.—¿No vas a contestar? —preguntó Sofía, cruzándose de brazos mientras buscaba con lamirada una salida.—No. Esto es más importante —respondió él, guardando el aparato.Pero Victoria no parecía dispuesta a rendir
Alexander observó al pequeño, atrapado entre el desconcierto y una repentina curiosidad.La seguridad con la que le reclamaba por su falta de atención no era algo común.—¿Y tú siempre le hablas así a los desconocidos, enano? —preguntó, cruzándose debrazos, divertido por la osadía.—Solo cuando se lo merecen —respondió Giorgio, acomodándose los tirantes de lamochila—. Y no me digas enano. Mi nombre es Giorgio.Una ligera e inexplicable punzada le recorrió el pecho al escuchar el nombre, pero ladescartó de inmediato. El mundo estaba lleno de niños llamados así.—De acuerdo, señor Giorgio. Yo soy Alexander —replicó, permitiéndose una leve sonrisaque suavizó sus facciones habitualmente rígidas—. ¿Y se puede saber por qué caminassolo por aquí? ¿Estás perdido?—No estoy perdido. Sé exactamente lo que tengo que hacer —contestó con firmeza,inflando el pecho—. Mi mamá me enseñó el protocolo de seguridad. Me dijo que si nosseparábamos, debía buscar una posición fija, mantener la calma y
Sofía contempló la imponente estructura de cristal de la corporación Bianchi que selevantaba hacia el cielo. El aire de la ciudad era el mismo y las calles seguían llenas delmovimiento frenético de siempre. Para ella, sin embargo, regresar significaba pisar elterritorio que le había destrozado la infancia y la juventud.—¿Segura de querer hacer esto hoy mismo, Sofía? —preguntó Luciano a su lado,ajustándose los espejuelos con gesto preocupado.—No vine a perder el tiempo, Luciano. Mia y Giorgio ya están instalados en el apartamentodel centro,nada mas termine lo que vine hacer me marcho ,esta ciudad me trae muy malosrecuerdos.—Lo sé. Y te agradezco más de lo que puedo decir.— Ahora me toca a mí poner las cartas sobre la mesa antes de que tío Franco destruya lopoco que queda de esta familia.Sofía avanzó hacia el vestíbulo con paso firme.Cuando entró en la sala de reuniones del último piso, las conversaciones se cortaron degolpe. Varios accionistas ya la esperaban alrededor de







