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CAPÍTULO 6: La pregunta sin respuesta

Author: Gaela Nakpil
last update publish date: 2026-09-12 14:09:31

Sofía no apartó la vista de Alexander. Sostuvo la mano de Giorgio con más fuerza, sintiendo

el sudor frío en las palmas.

—No voy a hablar de esto aquí —su voz sonó más firme de lo que esperaba.

Alexander dio un paso hacia adelante, acortando la distancia entre ambos.

—Entonces dime dónde y cuándo, Sofía, porque no pienso dejar las cosas así —replicó él,

bajando el tono, aunque la exigencia seguía intacta—. Desapareces por seis años y ahora

pretendes que actúe como si no pasara nada.

En ese instante, el teléfono en el bolsillo del saco de Alexander comenzó a vibrar. Lo ignoró

la primera vez, pero volvió a sonar casi de inmediato. Soltó una maldición entre dientes y

miró la pantalla con fastidio.

Mamá.

—Ahora no, madre —murmuró, desviando la llamada.

El teléfono volvió a vibrar.

—¿No vas a contestar? —preguntó Sofía, cruzándose de brazos mientras buscaba con la

mirada una salida.

—No. Esto es más importante —respondió él, guardando el aparato.

Pero Victoria no parecía dispuesta a rendirse. Alexander cerró los ojos un instante antes de

sacar nuevamente el teléfono y contestar.

—¿Qué quieres, madre? Estoy ocupado —dijo con impaciencia.

—Alexander, llevo toda la tarde intentando comunicarme contigo. Confirmé la cena con la

hija de los Beaumont para este viernes. Es una jovencita encantadora, de excelente familia,

y ya va siendo hora de que...

—Madre, te dije que no es el momento —la interrumpió él, alejándose unos pasos para

bajar la voz.

Esa distracción fue suficiente. Sofía intercambió una mirada con Mía, que permanecía junto

a Giorgio.

—Vámonos, Giorgio —susurró. Tomó la mano del pequeño y caminó rápidamente hacia la salida. Mía los siguió sin perder

tiempo, mientras Alexander continuaba discutiendo con Victoria sin darse cuenta de que

Sofía volvía a escapársele.

---

Luciano las esperaba en el automóvil cerca de la entrada principal. Al verlas llegar con el

rostro pálido y el paso acelerado, encendió el motor de inmediato.

—¿Todo bien? —preguntó, mirando a Sofía por el espejo retrovisor.

—Después te cuento. Solo sácanos de aquí —dijo ella, mientras se acomodaba y

abrochaba el cinturón de seguridad de Giorgio.

Luciano asintió y emprendió el camino de regreso al apartamento. Giorgio, agotado por la

caminata y el ajetreo del día, se quedó dormido antes de que llegaran.

Al entrar al apartamento, Luciano cargó al niño en brazos.

—¿Te quedas a cenar? —preguntó Mía—. No estaría mal algo de compañía después de la

tarde que tuvimos.

Luciano buscó la aprobación de Sofía antes de responder.

—Por favor, quédate —dijo ella, quitándose el saco con un suspiro—. De todas formas,

tenemos que revisar algunos detalles para la junta de mañana en la empresa.

La cena transcurrió con una calma fingida que a Sofía le costó mantener. Giorgio, ya

despierto, no dejó de hablarle entusiasmado a su tío sobre el «señor Triceratops» y sobre

cómo aquel hombre alto lo había ayudado a buscar a Mía.

—¿Y le enseñaste el saludo secreto que inventamos nosotros? —preguntó Luciano con una

sonrisa, sirviéndole un poco más de pasta al niño.

—No me dio tiempo, tío —respondió Giorgio, moviendo las manos—. Pero estoy seguro de

que le va a caer muy bien cuando lo vuelva a ver. Tiene cara de superhéroe.

Sofía apretó el tenedor con tanta fuerza que sus dedos perdieron el color. No sabía qué le

molestaba más: la familiaridad con la que Giorgio hablaba de Alexander o lo fácil que le

decía «tío» a un hombre que conocía desde hacía menos de una semana.

—Giorgio, come y deja de hablar tanto —lo reprendió con suavidad.

El niño obedeció, aunque continuó mirando a Luciano con complicidad.

—¿Y tú cuándo me vas a enseñar a jugar ajedrez? Me lo prometiste.

—Después de terminar de cenar, campeón —respondió Luciano. Tras limpiar la mesa, Luciano cumplió su palabra y se sentó en la alfombra de la sala para

enseñarle a Giorgio los movimientos básicos del tablero. Mía ayudaba al niño mientras

Sofía se refugiaba en la cocina, fingiendo limpiar los platos para evitar que los demás

notaran el temblor de sus manos.

---

Ya entrada la noche, Mía llevó a Giorgio a su habitación para acostarlo. Luciano caminó

hacia la cocina y encontró a Sofía apoyada contra la encimera, con la vista perdida en la

ventana.

—Sofía, estás temblando —dijo con suavidad, colocando una mano sobre su hombro—.

¿Me vas a decir qué te pasa? ¿Quién era ese hombre en el centro comercial?

Sofía dejó escapar un suspiro largo.

—Era Alexander, Luciano. Alexander Sterling. Me vio con Giorgio y empezó a hacer

preguntas. Tengo miedo de lo que pueda hacer ahora.

Luciano frunció el ceño. La rivalidad entre los Sterling y los Bianchi en el mundo empresarial

era vieja, pero aquello cruzaba una línea distinta.

—No dejaré que se acerque a ti si no quieres. Te ayudé antes y lo haré de nuevo si lo

necesitas, pero sabes que esto es una bomba de tiempo. Me quedaré hoy para que te

sientas más segura. Puedo usar el sofá de la sala.

Sofía lo miró, aliviada. Estaba demasiado exhausta emocionalmente para negarse.

—Gracias, Luciano. De verdad.

Mía regresó a la cocina poco después y se sentó junto a Sofía, entregándole una taza de té

caliente que ella sostuvo entre las manos sin llegar a probarla.

—¿Vas a decirle la verdad a Alexander? —preguntó Mía directamente.

—No lo sé, Mía... No lo sé.

—Sofía, viste su cara en el pasillo. Ese hombre no se va a quedar de brazos cruzados. No

va a parar hasta tener una respuesta.

—Lo sé perfectamente —admitió Sofía, bajando la mirada—. Y sé que esto ya no se trata

solo de mí. Giorgio tiene derecho a saber quién es su padre, tarde o temprano. No puedo

seguir postergándolo para siempre solo porque a mí me duele el pasado o porque temo que

me lo quiten.

—¿Entonces? —Entonces tengo que pensar en qué es lo justo para él, no solo en lo que a mí me resulta

más fácil de sostener para protegerme. Pero necesito tiempo.

Mía y Luciano respetaron su silencio. Tras unos minutos, Mía se retiró a su habitación.

Luciano se aflojó la corbata, se quitó el saco y se acomodó en el sofá de la sala.

Sofía se quedó un momento más observando la puerta del cuarto de su hijo, preguntándose

cuánto tiempo más podría seguir guardando un secreto que ya no le pertenecía solo a ella.

---

Mientras tanto, a unas pocas millas de distancia, la realidad era distinta.

Alexander había recorrido cada pasillo del centro comercial, cada tienda y cada salida, sin

encontrar rastro de Sofía ni del niño. Cuando finalmente aceptó que se le había escapado,

salió al estacionamiento con el pulso todavía acelerado por la rabia. Se metió en su auto,

cerró la puerta de golpe y marcó un número de marcado rápido.

Al segundo tono, Nicolás respondió.

—¿Alexander? Es tarde, ¿pasó algo grave en la oficina?

—Nicolás, necesito la dirección actual de Sofía. Ahora mismo —ordenó Alexander con una

voz gélida.

Nicolás tardó varios segundos en reaccionar.

—¿Sofía? ¿De qué estás hablando, Alexander? ¿Sofía regresó al país? No la has visto en

una eternidad... ¿Estás seguro de que era ella?

—Completamente seguro. La tuve enfrente y se me escapó. Consigue esa dirección,

Nicolás. No me interesa a quién tengas que llamar. La quiero en mi teléfono en quince

minutos.

—Está bien, lo haré —respondió Nicolás, tecleando rápidamente—. Pero, Alexander,

cálmate un poco. ¿Por qué tanta urgencia?

Alexander apretó el teléfono contra su oreja.

—Porque no estaba sola, Nicolás. Tenía a un niño con ella. Un niño de unos seis años.

El tecleo al otro lado de la línea se detuvo abruptamente.

—¿Un niño? Espera... las fechas... Alexander, ¿ese niño podría ser tu hijo?

—No lo sé —confesó Alexander con un suspiro ronco—. Ella se congeló cuando le

pregunté. Huyó antes de que pudiera interrogarla bien. Necesito saber la verdad. Nicolás guardó silencio un momento.

—Alexander, tienes que prepararte para cualquier escenario. Piensa en cómo terminaron

las cosas entre ustedes. ¿Y si ese niño no tiene nada que ver contigo? ¿Te has puesto a

pensar en la posibilidad de que sea el hijo de aquel amante del hotel? El hombre por el que

supuestamente te dejó... O simplemente que ella rehízo su vida en el extranjero y ya formó

su propia familia con alguien más.

La sola mención del supuesto amante del hotel volvió a despertar los celos de Alexander.

—No me importa de quién sea —rugió, con la mandíbula apretada—. Si ella formó una

familia con otro, quiero verlo con mis propios ojos. Búscame esa dirección ya.

—La tengo —interrumpió Nicolás, enviándole la información—. Es un edificio residencial en

el centro. Apartamento 4B. Alexander... ve con cuidado.

Alexander colgó y se quedó mirando la dirección en la pantalla. Sabía que presentarse así,

sin avisar, no era razonable, pero la imagen del niño no dejaba de volver a su mente. No

podía quedarse quieto con aquella pregunta sin respuesta.

Encendió el motor de su deportivo y salió hacia el centro de la ciudad.

Ya entrada la noche, consumido por la impaciencia y los celos que las palabras de Nicolás

habían despertado, Alexander llegó al edificio, subió y tocó tres veces, con el puño cerrado,

la puerta marcada con el número 4B.

Luciano, que se encontraba en el sofá intentando conciliar el sueño, se levantó de inmediato

al oír los golpes. Extrañado de que alguien buscara a Sofía a esa hora, caminó hacia la

entrada y abrió la puerta.

Un hombre se quedó de pie en el marco, vistiendo una camisa blanca con la corbata floja y

los primeros botones desabrochados. Alexander abrió los ojos de par en par al reconocerlo

al instante, y su mandíbula se tensó antes de que pudiera decir nada.

—¿Bianchi? —soltó Alexander, dando un paso al frente sin ocultar el desprecio en la voz—.

¿Qué haces aquí?

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