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Capítulo 12

作者: Primavera Lía
Al encontrarse con la mirada tensa de Fabio, Viviana sintió un amargo sarcasmo revolverle el pecho.

La forma en que él la miraba, con ese cuidado casi temeroso, parecía la de un hombre asustado de que ella hubiera escuchado algo indebido, algo capaz de herirla.

Y, sin embargo, a sus espaldas no había dejado de hacer nada que la enfriara por dentro.

El acta falsa. Traer de vuelta a Carmen para convertirla en su secretaria. Proteger primero a Carmen cuando ella se sentía mal…

Cada recuerdo era una herida abierta, fresca, sangrando todavía.

Viviana apartó la mirada y dijo con tono neutro:

—Antes de ir a buscarte ya me sentía mal. Me desmayé afuera del bar. No escuché nada.

Fabio aún no alcanzaba a soltar el aire cuando ella añadió, de pronto:

—Aunque ¿tenías miedo de que escuchara algo?

Su mirada era limpia, directa.

Por un segundo, Fabio perdió el hilo de la realidad.

Recordó las bromas descaradas y absurdas de sus amigos, la discusión que terminó con él regañándolos y cada quien yéndose por su lado. Forzó una sonrisa.

—No. Solo no quería que me vieras tomando tanto. Pensé que te preocuparías, que te enojarías conmigo.

Viviana lo miró con calma.

—Ya no.

Fabio sonrió con más naturalidad, intentando aligerar lo del bar.

—¿Ya no te preocuparías por mí? ¿O ya no te enojarías?

Antes él solía bromear así.

Y ella solía hacerle pucheros, fingir molestia, dejarse consentir.

Pero ahora no.

Fabio ya no era su esposo. No iba a preocuparse por si él bebía en compromisos. No iba a mimarlo.

Eso le correspondía a Carmen.

En ese momento, unos pasos resonaron en el pasillo.

El médico entró con los estudios en la mano y el rostro serio.

Fabio se puso de pie, dejando atrás cualquier sonrisa.

—Doctor, ¿cómo salió todo?

El corazón de Viviana dio un pequeño vuelco.

¿Estudios?

Entonces ¿dirían algo de su enfermedad?

Se incorporó, con el ceño fruncido.

El médico revisó las hojas y negó con la cabeza.

—Los indicadores de la señora Tobar no son normales. Sobre todo las hemorragias nasales frecuentes, que ya le están provocando anemia y debilidad. Si sigue así, el desmayo puede repetirse con mayor facilidad.

Los dedos de Viviana, que apretaban la sábana, se aflojaron.

Claro.

No le habían hecho una tomografía cerebral. Un examen básico no detectaría el tumor.

Fabio, en cambio, no se relajó. Su pecho subía y bajaba con evidente preocupación.

—¿Entonces por qué le sangra la nariz?

—Es difícil precisar. Puede ser el clima seco, desvelos, irritación, alguna alergia… Podríamos hacerle análisis de sangre —dijo el médico, mirándola con intención.

Viviana negó con suavidad.

—No hace falta. La vez pasada me dijeron lo mismo: desvelo y estrés.

El médico asintió, dio algunas recomendaciones y retiró la aguja del suero.

Viviana se recostó.

Fabio examinó los estudios una y otra vez. Sacó su celular y comenzó a buscar cada indicador, cómo bajarlo, qué cambiar en la rutina diaria.

Ella lo observó en silencio.

En realidad quería decirle que no hacía falta. Que no siguiera actuando como un marido devoto.

Resultaba falso. Y repugnante.

—Voy a descansar —dijo con suavidad.

—Claro.

Pero Fabio no se fue. Se puso el saco, dispuesto a quedarse.

—Te voy a conseguir un médico experto.

Viviana apretó los labios y giró el rostro.

Se estaba muriendo. ¿Para qué buscar un experto?

Fabio no notó su cambio. Le acomodó la cobija.

—Duerme. Me quedo contigo.

Ella estaba por negarse cuando una silueta apareció en la puerta.

—¿Puedo pasar? ¿No interrumpo?

Viviana levantó la vista.

Carmen, con bata de hospital, sonreía con dulzura, mirada limpia, casi inocente.

Fabio se levantó de inmediato.

—¿No se supone que debes estar en reposo por el corazón? ¿Qué haces aquí?

El gesto con el que él dio dos pasos hacia ella le apretó el pecho a Viviana.

Carmen habló con voz suave.

—Me sentía encerrada. Salí a caminar y vi tu carro. Así supe que trajiste a Viviana al hospital.

Se hizo a un lado, mirando hacia la cama.

—¿Cómo estás, Viviana?

Viviana se quedó inmóvil un segundo.

No recordaba cuándo se habían vuelto tan cercanas como para tutearse así.

—Mejor. Gracias, señorita Carmen. No es necesario que se preocupe.

Carmen entró con su bolso.

—¿Cómo que no es necesario? Con la relación que tengo con Fabio… su esposa también es mi amiga.

Sonrió y le guiñó un ojo a Fabio.

Él apretó los labios con incomodidad y miró a Viviana, como temiendo su reacción.

Viviana los observó. Eran, en los hechos, una pareja. Uno fingiendo magnanimidad, el otro nervioso y culpable.

Le resultó irónico.

—Señorita Carmen, voy a descansar.

Carmen no pareció ofendida. Sacó cosas del bolso.

—Te traje algo de comer. Es tarde, seguro tienes hambre. Come un poco, aunque sea para que no estés con el estómago vacío.

Sacó un plátano y un recipiente transparente lleno de carne con verduras.

Fabio sonrió.

—Todo muy nutritivo. Gracias.

—Ay, no me agradezcas. Por ti… y por tu esposa, es lo mínimo.

Abrió el recipiente y lo colocó frente a Viviana.

Ella no cambió la expresión.

—No voy a comer.

Carmen parpadeó, sorprendida. Luego bajó la mirada, mordiéndose el labio con aparente vulnerabilidad.

—¿Estás enojada conmigo?

—No somos cercanas —respondió Viviana con franqueza—. No tengo hambre y no acostumbro comer cosas de cualquiera. ¿Es tan difícil de entender?

—Perdón… creo que me adelanté. Con Fabio aquí, seguro él te traerá algo. No lo pensé —murmuró Carmen, sonrojándose.

Fabio tomó la mano de Viviana.

—Amor, Carmen solo quería ayudar. Fuiste un poco dura.

Viviana frunció el ceño.

—Que no somos cercanas es un hecho. ¿Qué dije mal?

Carmen intervino enseguida, recogiendo el recipiente.

—Ya, ya. No discutan por mí. No quiero ser la culpable. Si no quieres comer, me lo llevo.

Guardó el recipiente en el bolso.

Al hacerlo, algo cayó al suelo.

Viviana bajó la mirada casi por instinto.

Era un acta de matrimonio.

Así, sin aviso, frente a ella.

Antes de que cualquiera reaccionara, se inclinó, la recogió y la abrió.

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