LOGINLENA CARTER
Para las seis de la tarde, ya me había arrepentido de firmar el contrato al menos veinte veces.
Estaba sentada al borde de la cama, contemplando el anillo de compromiso en mi dedo. Era imposible ignorarlo; el diamante captaba la luz cada vez que movía la mano.
Era hermoso y costoso. Cualquiera habría aceptado esta oferta sin dudarlo, pero yo seguía sin sentirme cómoda con ella; sin embargo, tenía que hacerlo por mamá.
Hace seis horas, yo era Lena Carter, la hija sin dinero que intentaba desesperadamente salvar a su madre enferma. Ahora, estaba comprometida con Alexander Blackwood.
El hombre más intimidante que jamás había conocido. Y, técnicamente, iba a convertirme en su esposa.
Entonces sonó el teléfono y lo tomé.
—¿Hola?
—¿Señorita Carter?
Era del hospital. El corazón se me encogió de inmediato.
—¿Sí?
—Llamamos para confirmar que el saldo pendiente de la cuenta de su madre ha sido liquidado por completo.
Me enderecé de golpe. —¿Qué?
—El pago se realizó esta tarde.
Los ojos se me llenaron de lágrimas. —¿Está segura?
—Sí. Puede continuar con el tratamiento de su madre sin interrupciones.
Me llevé la mano a la boca. Por primera vez en semanas, pude respirar.
—Gracias.
Tras colgar, me quedé allí sentada en silencio. Alexander realmente lo había hecho. Había pagado todo. Había cumplido su palabra.
Tal vez no fuera tan despiadado como pensaba. De inmediato, deseché ese pensamiento.
Un hombre no se hace multimillonario siendo blando. Tenía que haber una razón para todo lo que hacía. Y yo pensaba averiguar cuál era.El teléfono volvió a sonar. Esta vez era Amelia.
—¿Hola?
—Señorita Carter, el señor Blackwood quiere que vaya a la mansión esta noche.
—¿Esta noche?
—Sí.
Miré el reloj. —¿Por qué?
—Porque mañana es su primera aparición pública como su prometida.
Me quedé paralizada. —¿Como su qué?
—Prometida.
—Creí que nos íbamos a casar.
—Así es.
—Entonces, ¿por qué me entero ahora de lo del compromiso? Amelia suspiró. —El señor Blackwood no es precisamente conocido por dar explicaciones.
No podía llevarle la contraria.
—Quiere que te instales en la mansión esta misma noche. Un coche llegará en treinta minutos.
Miré a mi alrededor, observando mi diminuto dormitorio.
—¿Treinta minutos?
—Sí.
La llamada terminó. Me quedé mirando mi maleta. Luego el anillo. Y después, de nuevo la maleta.
—Esto es una locura.
Pero treinta y cinco minutos más tarde, estaba sentada en la parte trasera de un coche de lujo, camino a la mansión de Alexander Blackwood.
***
Las puertas se abrieron incluso antes de que el coche llegara hasta ellas. Miré a través de la ventanilla. La finca de los Blackwood era enorme.
Una mansión imponente se alzaba al final de un largo camino de entrada, rodeada de jardines perfectamente cuidados, fuentes y árboles altísimos.
No parecía un hogar. Parecía un reino. El coche se detuvo de repente. Fue entonces cuando me di cuenta de que había llegado el momento de bajar.
Un hombre me abrió la puerta. Bajé con mi maleta y me indicaron que me dirigiera a la entrada principal. Antes de que pudiera llamar, la puerta se abrió.
Una mujer de unos cincuenta años me dedicó una sonrisa cálida. —¿Señorita Carter?
—Sí.
—Soy la señora Wilson.
Tomó mi maleta. —Bienvenida a la mansión Blackwood.
Sonreí con cierta incomodidad. —Gracias.
Me guio hacia el interior. Todo era impresionante:
Suelos de mármol. Lámparas de araña de cristal. Cuadros valiosos. Muebles que probablemente costaban más que todo mi barrio.De repente, me sentí muy pequeña.
—Su habitación está en la planta de arriba.
—¿Mi habitación?
La señora Wilson sonrió. —El señor Blackwood hizo que la prepararan esta misma tarde.
Claro que lo hizo. Me llevó arriba y abrió unas puertas dobles.
Entré. Me quedé boquiabierta. El dormitorio era enorme. Una cama *king-size* dominaba la estancia, con ventanales de suelo a techo que daban a los jardines.
Había incluso una zona de estar y un vestidor más grande que mi antiguo dormitorio.
—Esto es... demasiado.
—El señor Blackwood insistió.
Me di la vuelta. —¿Siempre hace las cosas sin preguntar?
La señora Wilson sonrió. —Por lo general.
Reí suavemente. Por primera vez desde que llegué, me sentí un poco menos nerviosa. Entonces ella se fijó en el anillo que llevaba en el dedo.
—Así que es verdad.
—¿El qué?
—De verdad vas a ser la señora Blackwood.
Me quedé mirando el anillo.
—Al parecer.
Ella soltó una risita.
—Eres la primera mujer a la que veo llevar ese anillo.
Giré la cabeza bruscamente hacia ella.
—¿La primera?
—Sí.
No sabía por qué, pero aquellas palabras me molestaron.
—¿El señor Blackwood no tuvo otra prometida antes?
La sonrisa de la señora Wilson se desvaneció. Por un momento, pareció incómoda.
Luego negó con la cabeza.
—No oficialmente.
¿No oficialmente?
Antes de que pudiera hacer otra pregunta, ella se disculpó y se marchó.
Me quedé allí sola. Algo no encajaba.
Unos minutos después, llamaron a la puerta.
La puerta se abrió. Esta vez era Alex. Alexander entró y me quedé sin aliento.
Llevaba pantalones negros y una camisa blanca con los dos botones superiores desabrochados.
No parecía tanto un director ejecutivo multimillonario, sino más bien el tipo de hombre sobre el que las mujeres escriben historias de amor vergonzosas.
Por desgracia, yo no era una de esas mujeres. O al menos eso era lo que me decía a mí misma.
Sus ojos buscaron los míos de inmediato. Luego bajaron hasta el anillo.
—Bien.
Fruncí el ceño.
—¿Bien?
—Lo llevas puesto.
—Me lo diste tú.
—¿Y?
—Y no voy a tirar un diamante...
...tirar a la basura algo que vale más que los ahorros de toda mi vida".
Se le curvó una comisura de la boca. "Práctico".
"Intento serlo".
Se adentró más en la habitación.
"Mañana por la noche es la gala de la Fundación Blackwood".
"Lo sé".
"Irás conmigo".
"Como tu prometida".
"Sí".
Me crucé de brazos.
"¿Y qué se supone que debo hacer exactamente?"
"Sonreír".
Lo miré fijamente. "¿Esa es toda la instrucción?"
"¿Para mañana?" —Sí.
—¿Y qué pasa con las preguntas?
—Las responderé.
—¿Y si preguntan cómo nos conocimos?
—Les diremos la verdad.
Alcé una ceja. —¿Que te derramé champán encima?
—Sí.
Me eché a reír. —Es vergonzoso.
—Podría ser peor.
—¿Cómo? —pregunté, confundida.
—Podrías habérmelo tirado a propósito.
Me quedé mirándolo fijamente. ¿Era una broma? ¿Alexander Blackwood acababa de hacer una broma?
Sonreí antes de poder evitarlo. Él se dio cuenta.
Su mirada se detuvo en mi rostro. De repente, la habitación quedó en un silencio absoluto.Sus ojos ya no estaban fríos. Eran... intensos.
Tragué saliva con dificultad.
Se acercó. Un paso. Luego otro.
Hasta quedar justo delante de mí.—Estás nerviosa.
—No.
—Sí que lo estás.
—Simplemente no me gusta que se me queden mirando.
—No me estaba quedando mirando.
—Sí que lo hacías.
Sus ojos bajaron brevemente a mis labios. Mi corazón dio un vuelco.
Luego volvió a mirarme a los ojos. —Estaba observando.
—¿Cuál es la diferencia?
—Observar es cuando intento entender algo.
—¿Y qué intentas entender?
Guardó silencio. Su mirada recorrió mi rostro.
Por un instante extraño, pensé que me lo diría. En lugar de eso, dio un paso atrás.—Estate lista a las siete.
Fruncí el ceño. —¿Eso es todo?
—Sí.
Se volvió hacia la puerta.
—Alexander —lo llamé.
Se detuvo.
Bajé la vista hacia el anillo.
—¿Por qué yo?
Sus hombros se tensaron.
—Ya me has preguntado eso antes.
—Y nunca respondiste.
Se dio la vuelta lentamente. Su rostro era indescifrable.
—Porque necesito a alguien que no me traicione.
Sentí un nudo en el pecho. —Apenas me conoces.
Sus ojos se oscurecieron. —Sé lo suficiente.
Luego se alejó. Me quedé mirándolo mientras se iba.
Había algo detrás de sus palabras. Algo que yo no lograba comprender.***
NARRADOR EN TERCERA PERSONAMás tarde esa noche, Alexander estaba solo en su despacho. Una copa de... El whisky permanecía intacto sobre su escritorio.
Ante él había una fotografía antigua. En ella aparecían dos hombres.
Uno era su padre. El otro, el padre de Lena.
La mandíbula de Alexander se tensó. Tomó otra fotografía.
Esta era de Lena. Había sido tomada varios meses atrás. Él sabía de su existencia mucho antes de que ella entrara en aquel restaurante.
Sabía dónde vivía. Sabía lo de su madre. Sabía de sus problemas económicos.
Sabía exactamente cuán desesperada estaba. Y sabía exactamente cómo hacer que aceptara su oferta.
Su teléfono sonó al instante.
Contestó: —¿Encontraste algo?
Una voz masculina respondió al otro lado de la línea.
—Sí.
La expresión de Alexander se endureció.
—Dímelo.
—Encontramos los registros que pediste.
—¿Y bien?
Hubo una pausa.
—El accidente de hace veintidós años no fue lo que todos creían.
Alexander se quedó completamente inmóvil.
—¿Qué has dicho?
—Encontramos pruebas de que la muerte de tu padre podría estar relacionada con la familia de Lena Carter.
Sus dedos se apretaron alrededor del teléfono. —¿Estás seguro?
—No del todo. Pero hay indicios suficientes para investigar.
Alexander miró hacia la fotografía de Lena. Por primera vez, la duda se reflejó en sus ojos.
Había planeado casarse con ella. Utilizarla.
Destruir a la familia que había destruido la suya.¿Pero y si se había equivocado?
¿Y si Lena no tenía nada que ver con los pecados de su padre?
Bajó lentamente el teléfono. Su mirada permaneció fija en la fotografía de ella. Durante años, había imaginado el momento en que finalmente haría pagar a la familia Carter.
Esperaba sentir satisfacción. Esperaba venganza. Nunca esperó sentir culpa.
Y, desde luego, no esperaba mirar a Lena y preguntarse si estaba a punto de hacer daño a la única persona inocente de toda esta historia.
Alexander cerró los ojos.
LENA CARTEREl vestido llegó a las siete de la tarde.Me quedé mirando la funda portatrajes que colgaba de la puerta de mi dormitorio.No lo había pedido. No lo había solicitado. Lo que significaba que solo una persona podía haberlo enviado.Alexander.Abrí la cremallera de la funda. Un impresionante vestido de noche negro apareció bajo el plástico. La tela era suave y elegante, ceñida al cuerpo antes de caer en una falda larga y vaporosa.Lo toqué con cuidado.Había una pequeña nota sujeta a la percha.Póntelo. — APuse los ojos en blanco. Por supuesto, tenía que ser él. Debería haberme molestado. En cambio, me sorprendí sonriendo. Esa sonrisa desapareció cuando vi los zapatos y las joyas dentro de otra caja.Todo combinaba a la perfección.Solo el collar de diamantes parecía costar lo suficiente para pagar mi alquiler durante años. Me quedé contemplando el conjunto.—¿Quién se cree exactamente que soy?—Su prometida.Di un respingo. Me giré hacia la puerta.Alexander estaba allí de
LENA CARTERPara las seis de la tarde, ya me había arrepentido de firmar el contrato al menos veinte veces.Estaba sentada al borde de la cama, contemplando el anillo de compromiso en mi dedo. Era imposible ignorarlo; el diamante captaba la luz cada vez que movía la mano.Era hermoso y costoso. Cualquiera habría aceptado esta oferta sin dudarlo, pero yo seguía sin sentirme cómoda con ella; sin embargo, tenía que hacerlo por mamá.Hace seis horas, yo era Lena Carter, la hija sin dinero que intentaba desesperadamente salvar a su madre enferma. Ahora, estaba comprometida con Alexander Blackwood.El hombre más intimidante que jamás había conocido. Y, técnicamente, iba a convertirme en su esposa.Entonces sonó el teléfono y lo tomé.—¿Hola?—¿Señorita Carter?Era del hospital. El corazón se me encogió de inmediato.—¿Sí?—Llamamos para confirmar que el saldo pendiente de la cuenta de su madre ha sido liquidado por completo.Me enderecé de golpe. —¿Qué?—El pago se realizó esta tarde.Los o
LENA CARTEREra imposible no ver el edificio de Blackwood Holdings.Se alzaba sobre la ciudad como un muro de cristal y acero, con su nombre grabado en letras plateadas en la fachada.Me quedé de pie frente a la entrada, contemplándolo. Por tercera vez esa mañana, pensé en dar media vuelta.Aquello era una idea terrible.Un multimillonario me había propuesto un matrimonio de conveniencia después de que yo arruinara su traje por accidente. La gente normal no recibía ofertas así. Y, desde luego, la gente normal no las aceptaba.Pero la gente normal no tenía que hacer frente a una factura del hospital que no podía pagar. Apreté el bolso con fuerza y entré.La recepcionista levantó la vista. «Buenos días. ¿En qué puedo ayudarla?»«Vengo a ver a Alexander Blackwood».Sus dedos se detuvieron sobre el teclado. «¿Tiene cita?»«Sí».Consultó la pantalla.«¿Nombre?»«Lena Carter».Su expresión cambió casi al instante.Volvió a mirarme. No con mala educación. Simplemente... con detenimiento.«
La copa de champán se me resbaló de los dedos.Se estrelló contra el suelo de mármol, haciéndose añicos en cientos de fragmentos brillantes.El sonido pareció resonar en todo el restaurante. Todas las conversaciones a mi alrededor cesaron.Me quedé paralizada.—Dios mío.Bajé la vista hacia la mancha oscura que se extendía por el traje negro, hecho a medida, del hombre que estaba frente a mí.Luego levanté la mirada lentamente.Alexander Blackwood.Había visto su rostro innumerables veces en revistas de negocios, artículos de prensa y anuncios repartidos por toda la ciudad.Pero ninguna fotografía había logrado captar la imponente presencia del hombre que tenía delante.Era alto, de hombros anchos e iba vestido de forma impecable.Su cabello oscuro estaba perfectamente peinado, su mandíbula era marcada y sus ojos... fríos. Tan fríos que una sola mirada suya hacía que todo mi cuerpo se tensara.Tragué saliva.—Lo siento mucho, señor.Su mirada pasó de mi rostro a la mancha en su chaque







