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Capítulo 2

Author: Hombre Sucio
Lo viera por donde lo viera, debía ayudarlo. Al pensarlo, apreté los dientes y acepté:

—Entonces solo puedes tocarme un poco… No puedes hacer nada más…

Isaac aceptó. Juntó la punta de su nariz con la mía y, entre jadeos, dijo algo que me hizo arder de vergüenza:

—Está bien, solo voy a tocarte un poco. ¡Te prometo que no haré nada más!

Al decirlo, Isaac extendió la mano hacia el tirante de mi vestido. Me eché hacia atrás y apenas alcancé a alzar la mano para detenerlo, pero Isaac tiró con fuerza y bajó el delgado tirante. Ni siquiera llevaba sostén bajo el pronunciado escote en V del vestido, ya que me había vestido así para seducir a mi esposo.

Pero no imaginé que eso le facilitaría las cosas a mi cuñado. Isaac me miró con brillo en los ojos, se pasó la lengua por los labios y me tomó los pechos entre las manos como si fueran un tesoro.

—Mmm… —Nunca me habían tocado así; un estremecimiento me recorrió hasta la punta de los pies.

—Más… cuñado, más despacio…

Muerta de vergüenza, giré la cabeza; no me atrevía a mirar lo que hacía Isaac. Isaac me los amasó un par de veces. Como no quedó satisfecho, volvió a provocarme con un susurro:

—Nena… ¿me dejas probarte un poco?

Al escucharlo llamarme nena, se me erizó la piel. Ni siquiera mi esposo me había llamado así. Quise negarme, pero Isaac se me adelantó y se prendió de uno de mis pechos. En ese momento, mi mente se quedó en blanco. Por instinto, lo abracé con fuerza por el cuello.

Con una mano me sostuvo por la cintura y se apretó un poco más contra mí. Así, mis pechos firmes y erguidos quedaron expuestos ante él. Verlas balancearse hizo que hasta yo me pusiera roja.

—Prometiste que solo me tocarías. Me mentiste…

Estaba tan avergonzada que se me llenaron los ojos de lágrimas. Isaac me besó junto al ojo y me consoló con inmensa ternura:

—Fue culpa mía. ¡Pégame si quieres!

Entonces tomó mi mano y se golpeó la cara con ella. No fui capaz de pegarle de verdad. Después de un solo golpe, aproveché para retirar la mano. Isaac sonrió con picardía al verme así:

—¿Qué pasa? ¿Te da lástima pegarme?

No respondí. Isaac continuó con voz seductora:

—En ese caso, déjame hacerte sentir muy bien.

No sabía qué pretendía. Antes de que pudiera prepararme, Isaac nos cambió de posición y me tumbó contra el asiento del copiloto.

El respaldo se reclinó despacio y me hizo caer hacia atrás. Isaac respiraba agitado. Se inclinó sobre mí y me besó. De las mejillas a los labios… de la clavícula a mis pechos… del vientre a…

Advertí que algo iba mal y crucé las piernas; no pensaba abrirlas. Nunca.

Como no pudo separármelas, Isaac se conformó con besarme despacio el vientre y apretar poco a poco la piel suave de mi cintura.

Un cosquilleo eléctrico desconocido me recorrió. Aunque apreté los labios, se me escapó un gemido:

—Mmm… mmm…

Isaac era un cazador de paciencia infinita. Le bastaron tres dedos gruesos para derribar poco a poco… todas mis defensas.

—Así, buena chica… No cierres las piernas…

Su aliento cálido me rozó mientras hablaba; no pude evitar estremecerme. Cuando estaba a punto de acercarse, apreté las piernas:

—No, cuñado… Yo… no me he lavado… Estoy sucia…

Isaac sonrió con malicia. Con calma, me abrió las piernas sujetándome por detrás de las rodillas para que me relajara. Sus palabras seductoras parecían un hechizo que corroía mi voluntad.

—Estás limpia, Aily… Hueles rico… No tienes nada de sucio… Déjame probarte… Así, buena chica…

Debía de haberme vuelto loca. No solo no lo detuve, sino que me dejé llevar. La humedad corría entre mis piernas y un estremecimiento me recorrió todo el cuerpo. Al cabo de un momento, Isaac se inclinó despacio sobre mí y apoyó una mano a mi lado.

Todavía tenía un brillo húmedo en la punta de la nariz. De pura vergüenza, apreté las nalgas.

—Aily, ayúdame…

Isaac me miró con tanto deseo que el corazón se me aceleró y se me cortó la respiración. Titubeé, pero Isaac volvió a suplicarme con urgencia:

—Aily, tienes que ayudarme…

El calor abrasador que sentía contra el trasero me hizo comprender que Isaac no resistiría así hasta el hospital. Si no lo aliviaba a tiempo, podía ponerse mal.

Para enmendar mi error, me armé de valor y lo rodeé con las piernas:

—No… No se lo digas a nadie…

Isaac me inmovilizó en el asiento mientras jadeaba y me alzó las piernas. Entonces sentí algo presionando la entrada de mi sexo, a punto de abrirse paso hasta el fondo…

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