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Capítulo 6

Yanis Sombra
Milena sintió una punzada en el pecho.

Cuando quiso trabajar, Kevin se lo prohibió.

Por más que le rogó, él nunca cedió.

No le había importado su futuro.

Ahora, en cambio, le abría todas las puertas a Alondra, incluso a costa de destruir la carrera de Milena.

Kevin tenía muy claro a quién amaba y a quién odiaba.

Y a ella la odiaba.

Pablo respondió con firmeza:

—Mientras yo esté en Potencia Neural, la directora de tecnología será Milena.

—Invierto treinta millones de dólares en su Proyecto Atlas —ofreció Kevin sin rodeos.

Proyecto Atlas era la apuesta principal de Potencia Neural para la segunda mitad del año.

La empresa buscaba financiamiento, pero el futuro del proyecto aún era incierto y no inspiraba confianza en el mercado.

Los posibles inversionistas preferían esperar.

La oferta de Kevin era muy tentadora.

Milena sintió que algo se apagaba dentro de ella.

Se preparó para irse.

Pablo rechazó la oferta sin pensarlo.

—Milena es indispensable para ese proyecto. Sin ella, el dinero no sirve de nada.

Alondra no lo entendía.

—Pablo, ¿por qué la defiendes tanto? ¿No será que tienes algo con ella?

Milena la fulminó con la mirada, a punto de responder.

Pablo estalló:

—Piensa antes de hablar. Esto es una oficina, no un lugar para venir a decir tonterías. Si eres la novia de Kevin, cuida lo que haces y lo que dices.

Alondra se volvió hacia Kevin, indignada.

—¿Ves cómo la defiende sin ningún disimulo?

—Eso es porque Pablo sí sabe reconocer a la gente que vale la pena —dijo Milena con frialdad.

Se guardó lo que quería decirle a Kevin.

No sabía hasta dónde sería capaz de llegar por defender a Alondra.

A Alondra se le llenaron los ojos de lágrimas. Se aferró a la manga de la camisa de Kevin.

—Solo es un trabajo. ¿Por qué Pablo tiene que ponerse tan agresivo?

Milena soltó una risa indignada.

—¿Y ustedes qué están haciendo?

Kevin permaneció impasible. Sin dar explicaciones, se volvió hacia Alondra y le dijo con suavidad:

—Busquemos otra empresa. Tengo inversiones en varias compañías de tecnología. Esta tarde te llevo a Núcleo Digital.

Núcleo Digital desarrollaba grandes modelos de inteligencia artificial y también era cliente de Potencia Neural.

Acababa de salir a bolsa y estaba en pleno auge.

Era el lugar ideal para que Alondra enriqueciera su currículum.

Satisfecha con la respuesta, Alondra enarcó una ceja y miró a Milena, que estaba pálida.

Su expresión triunfal parecía decir: “¿De qué te sirve ser tan capaz? Nunca vas a tener mis oportunidades ni mis contactos.”

Milena ya no tenía ánimos para aquello.

Había conservado su trabajo y estaba agradecida con Pablo.

Cuando Kevin se fue, ella le dijo a Pablo:

—Gracias. Al rato te invito a comer.

Pablo sonrió.

—Está bien. Ahora, a trabajar.

Inés también trabajaba en Potencia Neural, en Recursos Humanos.

Un imprevisto le había impedido pasar a ver a Milena antes.

Cuando Nicolás le contó el escándalo que había armado Alondra, pasó diez minutos enteros insultándola a ella y a Kevin por WhatsApp.

“¿Por qué Alondra tiene que quitarte todo? ¡No le basta con Kevin, también quiere tu trabajo! Menos mal que Pablo no le hizo caso. Si no, me habría muerto del coraje.”

Milena estaba ocupada y apenas respondió: “¡Tengo mucho trabajo! Luego hablamos.”

Puso el celular en silencio.

Después de tres años atrapada en las labores domésticas, por fin podía dedicarse de lleno a su trabajo.

Cuando quiso darse cuenta, ya era mediodía y Pablo estaba tocando a su puerta.

—¿No me ibas a invitar a comer? ¡Ya se te olvidó!

Milena levantó la vista de la computadora y sonrió, apenada.

—Perdón. Se me fue por completo.

Cerró la computadora y se puso de pie.

—¿Qué se te antoja? Yo invito.

Pablo eligió un restaurante que solo atendía con reservación.

Recordaba que a Milena le gustaban las costillas al horno con ajo y ahí las preparaban muy bien.

El detalle la conmovió.

En tres años, Kevin nunca le había preguntado cuál era su comida favorita, y tampoco parecía importarle.

Al revisar el celular, vio varios mensajes.

Uno de ellos era de Hugo.

“Los documentos del divorcio ya fueron presentados ante el juzgado. La admisión de la demanda tardará entre cinco y siete días hábiles. Esta noche te llevo a cenar.”

Milena respondió: “Gracias. Hoy en la noche no puedo, tengo cosas que hacer. Kevin es un desgraciado. Casi hace que me despidan.”

“Está bien. Cuídate. El divorcio no va a ser fácil. Sigue reuniendo pruebas de la infidelidad. El abogado dice que una prueba de ADN de Kevin y Joel, o cualquier evidencia que confirme su relación con Alondra, nos daría ventaja a la hora de negociar.”

Milena recordó que Alondra se había presentado aquella mañana como la novia de Kevin.

Podía pedir la grabación de las cámaras de seguridad.

La próxima vez que los viera juntos, procuraría grabar la conversación.

Más abajo había un mensaje de Kevin.

“Mañana es la fiesta de cumpleaños de mi abuela. Te espero a las seis en Casa Escobar. No te niegues. Sigo siendo tu esposo y tienes la obligación de acompañarme.”

Lo había enviado varias horas antes, cuando todavía estaba con Alondra.

¿Cómo podía estar abrazando a Alondra y, al mismo tiempo, exigir que Milena lo acompañara a fingir que no pasaba nada?

Con semejante talento, Kevin debería dedicarse a la actuación.

Asqueada, contestó: “No tengo tiempo. Pídeselo a Alondra.”

Ya se estaban divorciando.

No iba a perder el tiempo siguiéndole el juego, y menos cuando él jamás le había pagado por actuar.

Guardó el celular en la bolsa y salió a comer.

La comida fue agradable, y los dos conversaron y se rieron.

Pablo dijo:

—Aunque perdiste a tu mamá y a tu esposo, eres mucho más fuerte de lo que imaginaba. Al final, la vida sigue.

—Sí. Espero que de ahora en adelante todo vaya mejor.

—Mientras yo esté aquí, no te va a ir mal —la tranquilizó de inmediato.

Tres años atrás, cuando Trinidad enfermó, Pablo apenas había empezado con su empresa y no tenía forma de ayudarla.

Ahora sí podía.

No iba a permitir que Milena siguiera sufriendo.

Milena dijo:

—Pues sí. Se murió mi esposo y todo empezó a mejorar.

Tenía veintiséis años y parecía que la vida no había dejado de ponerla a prueba.

Cuando se alejara de Kevin e interrumpiera el embarazo, quizá todo empezaría a salir bien.

De pronto, Salomé habló a sus espaldas con voz furiosa:

—Milena, ¿por qué le deseas la muerte a mi hijo?

Era evidente que había escuchado lo que acababa de decir.

Milena permaneció indiferente.

—Se equivoca de persona. Yo no tengo nada que ver con su hijo.

Si la familia Escobar no le permitía hacer público su matrimonio, ella tampoco tenía por qué admitir ante los demás que estaba casada.

Salomé nunca había visto a Milena tan desafiante.

Ahora que ya no tenía nada con qué presionarla, Milena se había vuelto insolente y parecía no tenerle el menor respeto.

Furiosa, levantó la mano y le dio una bofetada.

Una marca roja apareció al instante en la mejilla de Milena.

Pablo se lanzó hacia Salomé y le devolvió la bofetada con tanta fuerza que casi la hizo perder el equilibrio.

Acostumbrada desde hacía años a una vida de privilegios, ella nunca había sufrido una humillación semejante.

—¡Van a pagar por esto! —gritó.

Pablo la miró con frialdad.

—Me da igual quién sea usted. Si se mete con alguien de los míos, aténgase a las consecuencias.

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