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Capítulo 5

Yanis Sombra
Pablo continuó:

—Por suerte, Milena no descuidó su preparación. Mientras cuidaba a su esposo, siguió estudiando y se mantuvo al día en su profesión. Es una mujer muy fuerte. La admiro mucho.

Kevin frunció el ceño, pero enseguida recuperó su expresión indiferente.

Alondra reclamó:

—Pablo, ¿no estarás favoreciéndola por ser tu amiga? Lleva tres años sin un empleo formal desde que terminó de estudiar y la haces directora de tecnología. ¿Qué va a saber?

Milena tuvo ganas de reír. “¿Y no es Alondra la que más depende de sus contactos?”

Kevin la había llevado para conseguirle un puesto en el área de tecnología de Potencia Neural.

Quería ayudarla a fortalecer su currículum para que estuviera mejor preparada cuando llegara el momento de disputar los bienes de su familia.

Alondra no esperaba que Milena se le adelantara y consiguiera ese puesto.

Tampoco quería trabajar bajo sus órdenes.

¿Por qué Milena tenía que competir con ella por todo?

Pablo la miró con desagrado.

—¿Eres la novia de Kevin?

—¡Sí! —respondió ella de inmediato, orgullosa.

Milena miró a Kevin.

Él no desmintió a Alondra.

Se limitó a sostenerle la mirada a Milena durante unos segundos, hasta que ambos apartaron la mirada.

Pablo estaba desconcertado.

—Entonces podrías casarte con él y vivir más tranquila. ¿Por qué insistes en trabajar aquí? Programar no es nada fácil.

“Solo vendrías a estorbar. ¿De verdad podrías seguir el ritmo?”

Pero, para no molestar a Kevin, Pablo prefirió guardarse ese comentario.

Alondra se tensó y estuvo a punto de protestar cuando Milena intervino con expresión indiferente:

—Kevin, cásate de una vez con Alondra. ¿Cómo puedes dejar que se esfuerce tanto por ti?

“¿Qué estará pensando? No quiere divorciarse de mí, pero se pasea con Alondra por todas partes. Hasta para humillar a alguien hay límites.”

Kevin cortó la conversación:

—Ya perdimos suficiente tiempo conversando. Empecemos la reunión. Alondra cuenta con mi respaldo y tiene mi autorización para participar.

No se trataba de una asamblea de accionistas, sino de una reunión para informar a los inversionistas sobre los avances de los proyectos y las patentes desarrolladas por la empresa.

Kevin insistió en que Alondra asistiera.

Aunque a Pablo le desagradaba la idea, no podía oponerse demasiado.

Caminando detrás de ellos, le murmuró a Milena:

—Se nota que Alondra no tiene capacidad. No sé qué está pensando Kevin.

Milena miró a Kevin y Alondra, que caminaban delante.

Sintió una punzada en el pecho, pero habló con calma.

—El amor verdadero lo puede todo.

Todos tenían que hacerse a un lado para dejarlos vivir su amor.

Ella también.

Pablo recordó de pronto la pregunta que había quedado pendiente y preguntó en voz baja:

—¿Tu esposo falleció?

—Sí. Se murió.

Desde el día en que Alondra le había enviado la prueba de ADN, Kevin estaba muerto para Milena.

Pablo la miró con pena.

Acababa de perder a dos seres queridos y, encima, ahora tenía que soportar aquello.

Era demasiado sufrimiento.

—Lo siento mucho.

—Ya no me duele —respondió ella, fingiendo indiferencia.

Sufrir no iba a cambiar la realidad. Solo podía seguir adelante.

Aunque Kevin muriera de verdad, ni siquiera le permitirían despedirse de él como su esposa.

La familia Escobar nunca la había reconocido públicamente.

Milena sabía que, para ellos, jamás había estado a la altura de Kevin.

***

En la sala de juntas, Milena abrió su computadora y presentó una de sus patentes más recientes: un método de adaptación para plataformas de cómputo locales.

Había dirigido al equipo que resolvió los problemas de compatibilidad entre el hardware de base y los modelos especializados que se ejecutaban en él.

Los directivos reconocían su papel decisivo en el proyecto; por eso le habían dado la dirección de tecnología de Potencia Neural.

Su exposición fue precisa y rigurosamente técnica.

Alondra apenas entendía las partes más complejas.

Con el rostro tenso, miró a Kevin en busca de ayuda.

Él acudió a su rescate.

—Milena, en las reuniones con los inversionistas no hace falta explicar los aspectos técnicos. Basta con hablar del valor comercial.

—Perfecto. Entonces no me inviten a las reuniones en las que no haga falta usar el cerebro —respondió ella sin vacilar.

La impaciencia de Kevin ya no la afectaba. Estaba demasiado acostumbrada a ella.

Kevin frunció ligeramente el ceño, como si la respuesta no le hubiera gustado.

Milena no le hizo caso.

Nicolás, el director de mercadotecnia, tomó la palabra para explicar el valor comercial de la patente.

Permitía ejecutar grandes modelos de inteligencia artificial para sectores como la medicina, la educación y la industria en plataformas de cómputo locales a un costo menor.

Estaba dirigida a empresas con distintas necesidades especializadas y tenía un mercado potencial enorme.

Pablo escuchaba con orgullo.

Para él, Milena era una genio.

Su único defecto era tener tan mal ojo para elegir pareja: se había casado con un hombre que le hizo perder tres años de su vida.

Por suerte, aquel hombre ya había muerto.

Ahora, por fin, podría trabajar hombro a hombro con ella.

Alondra estaba cada vez más molesta.

¿No se había pasado Milena todos esos años dedicada a la casa?

¿Desde cuándo era tan capaz?

Levantó la barbilla y la miró con desprecio, como si quisiera decirle: “Por muy capaz que seas, jamás podrás compararte conmigo. Kevin nunca se fijaría en ti.”

Milena entendió perfectamente aquella mirada.

Puso los ojos en blanco y dejó de prestarle atención.

Al terminar la reunión, mientras Milena recogía sus cosas, Alondra le dijo a Kevin con voz mimosa:

—Quiero ser directora de tecnología de Potencia Neural. Tú eres inversionista. Seguro puedes decidirlo.

Milena se quedó inmóvil.

Kevin lo notó y parpadeó apenas.

Aunque Kevin era inversionista, Pablo había diseñado desde el principio una estructura que le garantizaba el control de la empresa.

Incluso si su participación accionaria se diluía hasta quedar en solo un tres por ciento, seguiría teniendo el control de la gestión.

En una empresa normal, los inversionistas suelen tener la última palabra.

Milena no lo sabía.

Creyó que iba a perder el trabajo y maldijo a Kevin y Alondra en silencio.

¿No les bastaba con la infidelidad? ¿También iban a arruinar el trabajo que tanto le había costado conseguir?

Aunque Kevin no podía decidir por sí solo los nombramientos en Potencia Neural, se volvió hacia Pablo y dijo con frialdad:

—Considera la propuesta de Alondra.

Alondra miró a Milena con aire triunfal.

Milena sintió una opresión en el pecho y le dieron ganas de llorar.

Qué débil era. Nunca la elegían a ella.

No importaba. Buscaría otra empresa.

Si se quedaba sin opciones, incluso podía irse de la ciudad.

El problema sería tener que ir y venir para atender el juicio de divorcio.

No podía enfrentarse a personas que habían nacido con dinero y poder.

Su única salida era alejarse.

Pablo rechazó la idea sin rodeos.

—¿Desde cuándo actúas con tan poco profesionalismo? En tecnología hace falta capacidad. El código no aparece por arte de magia en la computadora solo porque alguien dé una orden.

Se guardó las palabras más duras.

Milena no pudo estar más de acuerdo.

Pablo no solo era brillante: también se atrevía a enfrentarse a Kevin.

Alondra se alteró y tiró de la manga de Kevin.

—De verdad quiero trabajar en Potencia Neural.

Kevin volvió a hablar:

—Pablo, ponle precio. Alondra quiere entrar a tu empresa. Dale el puesto.

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