El rugido del motor de un auto sonó junto a su oído. Elisa volvió a la realidad y se separó apresuradamente del abrazo del hombre, con la voz algo nerviosa:
—Gracias.
El hombre tenía facciones marcadas, una postura erguida y vestía un traje hecho a la medida. Emanaba una elegancia innata y un aura imponente. A simple vista, era evidente que se trataba de alguien acostumbrado a estar en la cima del poder.
Elisa solo lo miró un instante y de inmediato se sintió intimidada.
Al ver que ella recuperaba el equilibrio, Bruno Salazar respondió con voz pausada:
—De nada.
Su voz era grave, con una pronunciación particular, pero sumamente atractiva.
En ese momento, una voz respetuosa sonó a espaldas del hombre:
—Señor Bruno, el auto ha llegado. Debemos irnos de inmediato si queremos alcanzar el próximo vuelo.
Bruno le hizo un leve asentimiento a Elisa y caminó hacia un elegante Rolls-Royce.
El asistente le abrió la puerta y él subió al auto.
Después de que el auto avanzara un tramo, el asistente preguntó:
—Señor Bruno, en esta visita a Villa del Río tampoco logramos encontrar a los descendientes del Doctor Montiel. ¿Desea que sigamos buscando?
Bruno se frotó el entrecejo con evidente cansancio y respondió:
—Sigan buscando. La enfermedad de mi abuela solo puede tratarse con las técnicas de acupuntura de la familia Montiel.
—Entendido.
Al llegar a casa, la empleada, Doña Teresa, se acercó para recogerle el bolso y le preguntó con aparente preocupación:
—Señora, ¿a dónde fue hoy? El señor acaba de llamar para preguntar si ya había regresado.
Elisa respondió con tono indiferente:
—No pasa nada, solo salí con una amiga. Por cierto, Doña Teresa, quiero irme de viaje unos días, así que tómese unas vacaciones.
Doña Teresa se sorprendió:
—Pero el señor regresa este fin de semana. ¿Por qué no espera a que vuelva para irse?
Por lo general, a la señora no le gustaba salir. Pasaba el tiempo encerrada en el estudio leyendo o preparando remedios naturales para lograr el embarazo. ¿Por qué actuaba de forma tan extraña hoy? Doña Teresa sintió que algo andaba mal y pensó en llamar al señor más tarde para informarle. Después de todo, antes de irse de viaje, él le había recalcado una y otra vez que cuidara muy bien a su esposa.
Al escucharla, la expresión de Elisa se volvió aún más fría.
Doña Teresa era la octava empleada que pasaba por esa casa. Su única ventaja sobre las anteriores era que no intentaba aprovecharse de la juventud de Elisa para holgazanear o hacer las cosas a medias. Sin embargo, al igual que las demás, obedecía únicamente a Nicolás.
Elisa endureció su tono de voz:
—Ya le dije que me iré de viaje unos días y que le doy vacaciones. ¿Acaso mis decisiones requieren su aprobación? Empaque sus cosas y váyase ahora mismo, no es necesario que prepare la cena.
Era raro verla tan severa. Aunque a Doña Teresa no le hizo gracia, asintió con actitud sumisa:
—Entendido, señora.
En el fondo, no pudo evitar criticarla:
"Una mujer de baja cuna, sin trabajo, que se aprovechó para casarse con un hombre rico y que ni siquiera puede darle un hijo. Quién sabe si no la terminarán echando a la calle, ¿y se atreve a portarse tan arrogante?"
De regreso en su habitación, Elisa comenzó a empacar. Llevaban cinco años juntos y el cuarto estaba lleno de recuerdos. Tiró a la basura los gruesos álbumes de fotos, los recuerdos que compraron en sus viajes y las piezas de cerámica que hicieron juntos.
No se llevaría las joyas de marca ni la ropa costosa que él le había regalado, pero tampoco se las dejaría servidas en bandeja de plata a Noa. Les tomó fotos a cada una de las prendas y accesorios para venderlos en una plataforma de segunda mano.
Luego, guardó en su maleta las pertenencias que tenía antes de casarse. También empaquetó con infinito cuidado los valiosos libros de medicina que le había dejado su abuelo.
Antes de la boda, había usado los ahorros que le dejó su abuelo para comprar un pequeño departamento en Villa del Río.
Contrató una empresa de mudanzas y, una vez que trasladaron todo, por fin revisó su celular. Descubrió que Nicolás la había llamado dieciocho veces y le había dejado mensajes.
En los mensajes, Nicolás le preguntaba: "Doña Teresa me dijo que quieres irte de viaje, ¿qué sucede? ¿No se supone que no te gusta salir? No puedo permitirlo, me preocupa. Mejor espera a que regrese para acompañarte."
Elisa leyó el mensaje con ironía. Vaya, resultaba que el señor era un experto en repartir su tiempo: atendía a Noa y su embarazo, y todavía le sobraba para preocuparse por ella.
Temiendo que Nicolás regresara de imprevisto y arruinara sus planes, reprimió el coraje que le hervía por dentro y le respondió: "El novio de Marta la engañó. Está tan deprimida que bebió hasta terminar en el hospital. Quiero acompañarla a pasear por unas ciudades cercanas para que se distraiga."
Nicolás no tardó en contestar: "Entiendo. Mi esposa siempre es tan leal con sus amigas, entonces acompáñala. Si necesitas gastar dinero, hazlo, no intentes ahorrarme nada. Yo gano dinero precisamente para que tú lo gastes."
Apenas terminó de leer el mensaje, recibió en su celular una transferencia de veinte mil dólares.
Elisa recordó que, durante los últimos tres años, cada vez que él salía de viaje por más de tres días, siempre encontraba una excusa para transferirle fuertes sumas de dinero, nunca menos de diez mil dólares. Ahora se daba cuenta de que lo hacía por el peso de la culpa, tratando de compensarla con dinero.
De repente, no pudo evitar preguntarle: "¿Crees que todos los hombres terminan aburriéndose de lo viejo y buscando lo nuevo? Nicolás, si algún día te cansaras de mí, ¿también me traicionarías?"
Esperó tres minutos antes de recibir su respuesta: "Elisa, yo no soy como los demás hombres. Jamás te traicionaría. Yo, Nicolás, solo amo a Elisa."
Elisa leyó el mensaje y la mano con la que sostenía el celular comenzó a temblar.
Si no hubiera descubierto la verdad al ir a su control prenatal, jamás se habría enterado de lo hábil que era su propio esposo para mentir. ¿Acaso todos los hombres eran así? ¿Decían una cosa de frente y hacían otra a escondidas?
Pero no lo dejaría ir tan fácilmente.
Aunque no estuvieran legalmente casados, iba a quitarle la mitad de su fortuna. Haría que él y Noa pagaran con creces todo el sufrimiento que ella había soportado en ese falso matrimonio.
Después de subir a la plataforma las fotos de los bolsos, la ropa y las joyas que pensaba vender, se sintió exhausta. Con el embarazo, su cuerpo se cansaba mucho más rápido. Ese día, entre el ir y venir, la mudanza y la montaña rusa de emociones, su cuerpo ya no daba para más. Se acostó en la cama y cayó en un sueño profundo.
***
Al despertar a la mañana siguiente, vio que tenía más de diez mensajes de Nicolás. Los ignoró por completo.
Al ver que Antonio Mendoza, el vicepresidente del departamento de investigación del Grupo Rojas, también le había hecho dos llamadas, contestó.
Antonio le habló con un tono muy respetuoso:
—Señora, tuvimos un problema con una fórmula que estamos desarrollando y queríamos pedirle de favor que la revise.
El abuelo de Elisa había sido una eminencia en el mundo de la medicina tradicional. Incluso cuando estaba medio retirado, muchos pacientes influyentes y figuras importantes del ámbito médico acudían a él por su gran prestigio. En las familias dedicadas a la medicina, el conocimiento solía transmitirse a los hijos o a los discípulos. Elisa había aprendido con su abuelo desde pequeña y su talento superaba al de su propio padre y al de su tía Alicia.
En la universidad, Elisa había estudiado farmacia. Tras graduarse, solicitó empleo en el Grupo Rojas.
Antonio había visitado a su abuelo muchos años atrás y, al verla, la reconoció de inmediato como la niña que siempre acompañaba al Doctor Montiel. Confió en su potencial al instante y la contrató.
En el departamento de investigación, ella siempre fue una pieza clave. Sin embargo, a excepción de Antonio, los demás empleados la marginaban y murmuraban a sus espaldas que había conseguido el puesto por tener influencias.
Cuando comenzó su relación con Nicolás, los rumores se volvieron aún más crueles. Una vez, Nicolás escuchó a alguien hablar mal de ella en la sala de descanso. Despidió al empleado en el acto y nombró a Elisa como la directora oficial del departamento de investigación.
Nicolás pensaba que, aunque ella no estuviera capacitada para el cargo, si eso la hacía feliz, no había ningún problema en darle el título de directora para que se entretuviera.
Lo que él ignoraba era que los medicamentos más exitosos que la empresa había lanzado en los últimos años para tratar enfermedades crónicas, habían sido desarrollados bajo la dirección de Elisa.
Incluso después de dejar la empresa, ella había seguido muy de cerca el trabajo del departamento, guiando a Antonio en los ajustes de los proyectos. No lo hacía por fama ni dinero, sino por el deseo genuino de ayudar a que más pacientes recuperaran su salud.
Soportando las náuseas del embarazo, Elisa encendió su computadora, abrió la fórmula que le envió Antonio y se puso a analizarla.
Dos horas después, logró detectar el error.
Al escuchar su explicación, Antonio vio la luz al final del túnel y exclamó:
—¡Se lo agradezco muchísimo, señora! Es una verdadera lástima que ya no esté en el departamento.
A veces, de verdad deseaba que Elisa hubiera sido hombre, para que pudiera haber seguido trabajando en el departamento. Qué lástima que, por ser mujer, terminara atrapada entre el hogar y el deseo de tener hijos.
Elisa abrió su termo, tomó un sorbo de agua para calmar su estómago revuelto y le dijo a Antonio:
—Señor Mendoza, tengo pensado regresar a trabajar a la empresa.
No estaba dispuesta a seguir encerrada en casa, mantenida por Nicolás e ignorando todo lo que ocurría en la empresa. Necesitaba conocer el estado financiero del Grupo Rojas para poder reclamar su parte de los activos.
Al escucharla, Antonio se alegró muchísimo, pero al mismo tiempo sintió preocupación.
En la empresa, Nicolás se paseaba abiertamente con la señorita Noa. Si Elisa regresaba y los veía, ¿no se enfadaría? Sin embargo, Nicolás era su jefe y no podía delatarlo. Así que le sugirió con mucho tacto:
—Señora, ¿no cree que sería mejor conversarlo primero con el Señor Nicolás?
Elisa sabía perfectamente que todos la veían como una esposa de adorno, y que cualquier decisión que tomara debía ser aprobada por Nicolás. Pero esta vez, les iba a demostrar que ella no era una simple adornito sin sustancia.
—No hace falta. Puedo hacerme responsable de mis propias decisiones. Nicolás dijo una vez que, aunque renunciara para dedicarme a la familia, mi puesto como directora de investigación siempre estaría ahí. Así que no estoy pidiendo que me contraten, simplemente regresaré a ocupar mi lugar.
***
Por la noche, Elisa comenzó a preparar sus documentos para el trabajo. Aunque llevaba tres años sin pisar la oficina, nunca había dejado de estudiar y sus habilidades profesionales seguían intactas.
En ese momento, recibió una llamada de Nicolás. Sintió una profunda aversión, pero fingió indiferencia y contestó.
Nicolás preguntó con tono cariñoso:
—Amor, estos días que has estado paseando con tu amiga, ¿has comido bien?
Elisa soltó un murmullo afirmativo, restándole importancia.
Nicolás continuó interrogándola:
—Antonio me comentó que planeas regresar a trabajar la próxima semana. ¿Por qué de pronto quieres ir a la empresa?
Elisa inventó una excusa:
—Como no he logrado quedar embarazada estando en casa, el médico me sugirió cambiar de ambiente y distraerme para no estar tan ansiosa. Dijo que tal vez así lo logremos.
Nicolás se rio por lo bajo y le respondió:
—Amor, aunque no tengamos hijos, te quiero igual. Si quieres ir a trabajar para distraerte, me parece perfecto. Les diré a los del departamento de investigación que te cuiden mucho y que no te molesten. Puedes ir a la oficina solo a pasar el rato si quieres.
Elisa sabía que él nunca había confiado en su capacidad profesional ni creía que pudiera aportar algo a la empresa. Para él, ella no era más que una mujer bonita que tenía en casa para su propio gusto y entretenimiento.
Dejó escapar una risa gélida y respondió:
—Perfecto. Mientras no te opongas a que vaya, bien.
Justo en ese momento, la voz de Noa resonó a través del auricular:
—Nicolás, ¿me ayudas a secarme el cabello?
La llamada se cortó abruptamente.
Elisa miró su celular con una expresión cargada de sarcasmo. Vaya que eran inseparables.
Poco después, Nicolás volvió a llamar. Su voz había perdido la calma habitual:
—Elisa, resulta que el papá de Noa la trajo con él a este viaje de negocios. Hace un momento estaba en la habitación del hotel hablando de trabajo con su papá, y ella vino a interrumpir a propósito. Ya sabes cómo son las niñas cuando quieren llamar la atención, no vayas a malinterpretarlo.
Elisa se clavó las uñas en las palmas y, reprimiendo las ganas de vomitar, le contestó:
—¿Por qué lo malinterpretaría? Noa es solo una niña. Si fueras a engañarme, no lo harías con una chiquilla como ella, ¿verdad?
Nicolás, traicionado por la culpa, soltó una risa forzada:
—¿Qué cosas dices? ¿Cómo podría serte infiel?
Tras decir eso, tosió para aclarar su garganta y añadió:
—Estos últimos días he estado muy ocupado con el trabajo y no he podido acompañarte. Haré que mi asistente compre una joya en una subasta y te la envíe, tómalo como un regalo para compensarte.
Elisa solo soltó un murmullo para asentir.
Al colgar, Nicolás miró de reojo a Noa, quien llevaba puesto un camisón de tirantes, y arqueó una ceja.
Llevaba cinco años con Elisa. Ella siempre había sido muy reservada en la cama y él, por respetarla, no la presionaba, lo que inevitablemente lo dejaba insatisfecho. Pero Noa era diferente, era joven, apasionada, y en la intimidad se entendían a la perfección.
Aun así, Elisa había sido la primera mujer a la que amó de verdad y a la que cortejó con seriedad. Tenían los recuerdos más hermosos juntos. Por más que ahora tuviera a Noa, jamás abandonaría a Elisa.
Al verlo distraído, Noa se acercó con fastidio y rodeó su cuello con los brazos.
—Nicolás.
El timbre del celular resonó en la habitación.
Nicolás esquivó el beso de la chica y contestó la llamada de su asistente.
—Señor Nicolás, ya lo averiguamos. La señora no fue al hospital a acompañar a una amiga. Fue por su cuenta y sacó una cita en el departamento de ginecología y obstetricia.
Nicolás frunció el ceño. ¿Acaso Elisa estaba embarazada?