Gabriel la observó en silencio, con una mirada profunda y penetrante, como si intentara descifrar cada pequeño detalle de su expresión.Camila, al verlo por el rabillo del ojo, no pudo evitar sentirse culpable.Justo cuando estaba a punto de hablar de nuevo, Gabriel levantó la mano de repente y acarició su mejilla con su palma cálida.—Camila —dijo al fin, con una voz aún más grave y una ternura que intentaba reprimir—, ¿sabes que, cuando mientes, te tiemblan las pestañas?Las pestañas de Camila volvieron a temblar, como las alas de una mariposa asustada.—Gabriel.A Camila se le encogió el corazón. ¿Acaso ya no podría ocultárselo más?La preocupación en los ojos del hombre solo aumentó su confusión.No era que quisiera ocultárselo.Simplemente conocía su carácter y temía que, en su afán por protegerla a ella y al bebé, tomara decisiones drásticas y apresuradas.—Tenías miedo de que me pusiera celoso, ¿verdad? Por eso no dejaste que el médico te examinara, ¿no es así?Camila se quedó a
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