Sergio entreabrió sus labios finos, como si fuera a decir algo, pero Adela lo detuvo. Lo miró de reojo para indicarle que se callara. Sergio no dijo nada más.Herminia tomó la medicina y, ya desahogado su mal genio, al poco rato se fue quedando dormida. Andrea se quedó acompañándola en la habitación y solo cuando Herminia se durmió salió sin hacer ruido.En el pasillo, Sergio estaba recargado en el barandal, como si la esperara.—Hablemos un momento.Andrea asintió.Fueron al balcón del lado oeste del segundo piso. La noche estaba fresca y soplaba un viento fuerte que les daba en la cara, helado. Andrea llevaba un suéter de cachemira debajo de un abrigo blanco hueso; de pie bajo la luz, se le veía un porte dulce e intelectual.Se ciñó el abrigo.—¿Qué pasa? —preguntó con la voz algo temblorosa.Sergio se dio cuenta de que tenía frío y, como buen caballero, le dijo:—Entremos, no hablemos aquí.—No hace falta.A Andrea le gustaba estar a solas con él y quería seguir así, de modo que se
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