Cuando Viviana llegó, se topó de frente con Javier, quien salía de la oficina de la presidencia. Él caminaba con la cabeza baja, cabizbajo y sin fijarse por dónde iba, a punto de chocar con ella. Por instinto, se hizo a un lado para esquivarla, pero al reconocerla, su mirada se volvió de absoluto desprecio.Javier metió las manos en los bolsillos con arrogancia.—¿Tú qué haces aquí?Viviana pasó por su lado sujetando los documentos, sin detenerse.—No es asunto tuyo.Javier extendió el brazo para cerrarle el paso.—Me enteré de que el niño ya ni siquiera vive contigo, se queda en casa de Regina. Qué fracaso de madre; si tu propio hijo no quiere estar cerca de ti, es prueba de lo insoportable e irracional que eres.Hablaba con un tono cargado de malicia, pero Viviana mantuvo una expresión gélida. No mostró ni rastro del desmoronamiento que Javier esperaba ver.—Puede ser —respondió ella con calma—. Soy algo molesta, supongo, pero al menos no doy tanto asco como tú.La sonrisa de Javie
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