La Luna de Sangre se alzó al anochecer.Elena estaba de pie frente a la ventana de la mansión de la Manada Voss, viendo cómo teñía de rojo las montañas del este.Ocho años. Nada menos.Esa noche marcaba ocho años desde que Ethan había marcado su garganta en esa misma habitación, sus colmillos rompiendo la piel mientras la manada aullaba su aprobación afuera.Se tocó la cicatriz.Aún sensible.Aún suya.El vínculo entre ellos vibraba — tenue, distante, pero presente.Lo buscaba como siempre hacía, intentando percibir su estado de ánimo, su ubicación, el calor de fondo de esa conexión.Frío.Él estaba frío.Y se movía rápido.No necesitaba revisar el teléfono.Lo sentía a través del vínculo: a unos cincuenta kilómetros al este, con el ritmo cardíaco elevado, con ese rastro inconfundible de su lobo cuando estaba cazando.O protegiendo.O con ella.Selene había regresado hacía tres días.Su hermana adoptiva.La que todos creían muerta desde el ataque de renegados… que había devastado a las
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