Encontró a Mateo en el establo, con las mangas de la camisa remangadas y las manos ocupadas en revisar la pata trasera de un caballo que cojeaba visiblemente. No la había escuchado llegar, y Elena se permitió, durante un segundo que le pareció robado, observarlo sin que él lo supiera: la concentración en su rostro, la manera en que hablaba en voz baja al animal mientras lo examinaba, algo que a Elena, profesionalmente, no podía evitar reconocer como buena mano con los animales, aunque prefiriera no admitir que le gustaba verlo. —Está cojeando desde ayer —dijo Mateo, sin darse la vuelta, y Elena se preguntó cómo había sabido que era ella—. Pensaba llamarte esta tarde, de hecho. —Aquí estoy antes de tiempo, entonces. Se acercó, dejando el maletín en el suelo, y se puso a examinar al caballo con la practicidad que le daban los años de oficio: la manera de tocar el casco, de flexionar el corvejón, de observar cómo el animal reaccionaba a cada movimiento. Trabajaron en un silencio que, p
Last Updated : 2026-09-15 Read more