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Con el tono tranquilo de quien lee ensayos en la cafetería, te cuento que identificar «utilitaristas españoles» exige matices: hay pocos autores que se declaren utilitaristas en sentido estricto, pero hay un grupo de pensadores que han defendido o aplicado argumentos utilitarios. Además de Gumersindo de Azcárate, que históricamente fue clave, veo a figuras como Rafael Altamira y a ciertos bioeticistas contemporáneos que recurren a criterios de máximo bienestar para la toma de decisiones.
En lo personal me atrae esa mezcla de pensamiento teórico y pragmático: cuando un autor español adopta herramientas utilitarias para resolver problemas públicos, esas ideas se vuelven más digeribles y menos abstractas. No es siempre una defensa total del utilitarismo clásico, sino más bien una apropiación selectiva para enfrentar dilemas reales, y eso le da al debate una vibra útil y cercana.
Me sorprende lo vivo que está este debate cuando lo miras desde la mezcla de curiosidad y cierto escepticismo de quien lee columnas y participa en foros: en España hay autores que han defendido o adoptado argumentos utilitaristas en contextos distintos. José Ferrater Mora, por ejemplo, dedicó páginas a analizar críticamente el utilitarismo, pero valoró su capacidad explicativa en ética práctica; es decir, no lo abrazó sin reservas, pero defendió partes de su metodología.
Otro caso interesante es el de Diego Gracia, un médico y pensador español implicado en bioética: en discusiones sobre priorización sanitaria y toma de decisiones clínicas, sus planteamientos han recurrido a criterios que se pueden identificar con el utilitarismo pragmático. Y luego están intelectuales públicos como Fernando Savater, que en asuntos de política y educación apuesta por soluciones que buscan el mayor bien social, aunque equilibrándolas con libertades individuales.
Así que, si buscas autores españoles que defiendan el utilitarismo, conviene distinguir entre utilitaristas ortodoxos y pensadores que aplican razonamientos utilitarios en ámbitos concretos; yo valoro ambos tipos porque permiten aplicar la teoría en la práctica sin perder el sentido crítico.
Recuerdo debatir sobre esto en seminarios universitarios con la energía de quien tiene veintitantos años y muchas ganas de polemizar: en España no es fácil encontrar autores que se definan como utilitaristas estrictos, pero sí hay varios que han defendido variantes utilitarias o han usado razonamientos consecuencialistas. Además de Gumersindo de Azcárate, que ya mencioné porque fue muy influyente en el siglo XIX, destaca Fernando Savater en tiempos más recientes: no es un utilitarista ortodoxo, pero en sus reflexiones públicas y en libros divulgativos utiliza con frecuencia argumentos basados en consecuencias y en el bienestar, sobre todo cuando discute políticas públicas y laicidad.
También hay bioeticistas españoles que, en temas de salud pública y priorización de recursos, se inclinan por criterios utilitarios a la hora de justificar decisiones. No siempre aparece la palabra «utilitarismo» en sus textos, pero el razonamiento utilitarista está presente en la práctica: maximizar el bienestar o minimizar el daño. Personalmente, encuentro útil ese matiz práctico cuando se traduce en políticas concretas, aunque también creo que merece diálogo con derechos y deontologías.
Con la paciencia que dan los años, me gusta seguir los hilos históricos para ver quiénes trajeron ciertas ideas a España. Si hablamos del utilitarismo, el nombre que siempre aparece es Gumersindo de Azcárate: en el siglo XIX fue una de las voces más claras que introdujo y defendió principios utilitaristas aplicados a la reforma legal y social, pensando en el mayor bienestar posible como guía para las políticas públicas. Leer sus artículos permite ver cómo trasladaba esa filosofía a problemas concretos de justicia social y educación.
Al mismo tiempo, hay figuras como Rafael Altamira que, aunque son más conocidos por su trabajo jurídico e internacionalista, incorporaron argumentos pragmáticos y consecuencialistas en sus propuestas. Y en el siglo XX José Ferrater Mora discutió el utilitarismo con profundidad; no siempre de manera acrítica, pero sí reconociendo sus aportes y recurriendo a argumentos utilitarios en debates éticos. En mi opinión, España nunca fue un bastión de utilitarismo puro, pero sí hubo pensadores que defendieron o reinterpretaron sus ideas para nuestro contexto, sobre todo en ámbitos legales y reformistas.
Con la impulsividad de alguien que sigue debates éticos en redes, diré algo directo: en España no hay una tradición mayoritaria de utilitarismo puro, pero sí autores que lo han defendido en la práctica. Gumersindo de Azcárate es la referencia histórica clara; en el siglo XX José Ferrater Mora trató el tema con seriedad y, aunque crítico en algunos puntos, no rechazó todos sus fundamentos. En ámbitos como la bioética o la política sanitaria, autores contemporáneos han defendido criterios utilitaristas para justificar decisiones colectivas, priorizando el bienestar o la eficiencia.
Lo que más me gusta de esta mezcla es que obliga a traducir teoría a casos reales: cuando un autor español defiende principios utilitarios, normalmente lo hace desde la preocupación por reformas sociales concretas, no desde un dogmatismo frío. Esa concreción es lo que hace interesante el utilitarismo en nuestro contexto.