Nunca imaginé que la llegada de un dueño pudiera sentirse tan visceral en cada rincón del equipo; con Steve Cohen todo eso se volvió evidente muy rápido.
Al principio noté cambios visibles: una inyección enorme de recursos, mayor gasto en nómina y una sensación de que el club ya no escatimaría para fichar talento. Eso trajo a la ciudad expectativas enormes y a la plantilla más caras y competitivas. También vi movimiento en la estructura: fichajes más agresivos, necesidad de resultados inmediatos y rotación en puestos directivos para buscar combinaciones ganadoras.
A nivel humano, me pareció positivo que se invirtiera en instalaciones y en el desarrollo de jugadores jóvenes, aunque esa búsqueda de
éxito rápido creó una especie de presión constante. En lo personal, disfruté la ambición y también aprendí a moderar el
optimismo: gastar mucho no garantiza química ni salud. Al final, me quedo con la sensación de que Cohen cambió la narrativa del equipo: ahora se respira ambición, lo cual está bien, pero también exige
paciencia y gestión inteligente para que esa inversión rinda frutos sostenibles.