Visitar el British Museum cambió la forma en la que relaciono antigüedad y modernidad en el arte.
Recuerdo quedar pegado frente a una estatua egipcia por la manera tan deliberada en que su figura se planta en el espacio: frontalidad, mirada fija, una composición que dice más con menos. Esa presencia rígida y canónica no solo sirvió a funciones religiosas y funerarias, también creó un lenguaje visual que culturas vecinas, como la griega arcaica, absorbieron y transformaron en sus propios sistemas de representación.
Además, la difusión de objetos y copias —y publicaciones como «Description de l'Égypte» tras la expedición napoleónica— hizo que motivos, proporciones y motivos arquitectónicos llegaran a talleres europeos. El resultado fue híbrido: no es que Occidente copiara pasivamente, sino que tomó recursos (escala jerárquica, frontalidad, motivos simbólicos) y los recontextualizó en
esculturas, monumentos y decoración. Esa mezcla continúa aún hoy cuando veo una fachada con pilastras o un
mausoleo que recuerda una
mastaba; hay algo eterno en esa economía de formas que aún me emociona.