HF Tiny Times
El día de nuestra boda, mi esposa Jessica Burke—CEO de un imperio millonario—cometió el "error" de subir a la limusina equivocada. Esa noche no volvió conmigo: la pasó en los brazos de su asistente, Callum Ross.
A la mañana siguiente, regresó a casa cubierta de marcas rojas. De rodillas y bañada en lágrimas, me juró que lo despediría y que jamás volvería a verlo. Por amor, elegí creerle.
Un año después, mientras se suponía que estaba en un viaje de negocios, la encontré en el área de ginecología del hospital. Sostenía en brazos a un recién nacido que lloraba, mientras Callum velaba por ellos con la serenidad de un padre de familia.
La furia me cegó. Los eché del hospital sin permitirles una sola explicación.
Jamás imaginé que, pocas horas más tarde, el bebé desaparecería.
Jessica no tardó en acusarme. Convencida de mi culpa, no quiso escuchar mis negativas. Fuera de sí, llegó a un extremo inhumano: ató una bomba de tiempo a mis padres para obligarme a confesar.
—¡Eric Miller! ¡Te he tratado demasiado bien! —me gritó con los ojos inyectados en sangre—. ¿Por qué sigues lastimando a mi bebé? ¡Entrégamelo o los haré volar en pedazos!
Sin darme tiempo a reaccionar, activó el mecanismo. Los segundos comenzaron a descontarse en el temporizador. Al ver que no obtenía la respuesta que quería, su rostro se endureció y, sin piedad, empujó a mis padres directos a un infierno de llamas.
En ese preciso instante, alguien corrió a avisarle: habían encontrado a su hijo.
Jessica ni siquiera miró hacia atrás. Dio media vuelta y se marchó a toda prisa, dejándome atrapado en la explosión que destruyó lo único que me quedaba en el mundo.
Horas después, mientras ella y Callum celebraban a lo grande el primer mes de su bastardo, yo permanecía de rodillas entre los escombros, recogiendo con mis propias manos los restos calcinados de mis padres.
Rodeado de cenizas, al fin entendí el costo de haber amado a un monstruo.
Y, por primera vez en mi vida, juré que no descansaría hasta verla pagar