Jimena G.
Poseo un don secreto: cada vez que toco a otra persona, puedo ver en su interior el rostro de la persona que más ama.
Todo empezó cuando Miguel Márquez se mudó a la casa de al lado, cuando teníamos siete años. Desde ese momento, yo era la única que ocupaba lo más profundo de su corazón.
A los dieciocho, cuando me tomó de la mano, la persona que más amaba seguía siendo yo.
A los veintidós, cuando me pidió matrimonio, seguía siendo yo.
La noche de nuestra boda, mientras me besaba, también era yo.
La mañana de nuestro tercer aniversario de casados, le estaba acomodando el cuello de la camisa. Mis dedos rozaron su nuez de Adán. Cerré los ojos por instinto, como hacía siempre, y vi dos rostros.
Uno era el mío. El otro correspondía a una mujer completamente desconocida.
Esa misma noche, el celular de Miguel recibió un mensaje:
"Miguel, gracias por acompañarme hoy."
A lo largo de veintiún años y más de cien mil veces que había tocado a otras personas, era la primera vez que ocurría algo así.