Seducción y venganza
El aire frío del norte mecía las ramas de los árboles mientras caminaban despacio por los senderos empedrados, alejados por fin de las exigencias de la corte y de los protocolos oficiales.
Maximiliano detuvo su paso junto a una fuente de piedra flanqueada por rosales silvestres, tomando suavemente a Giana de la cintura para atraerla hacia sí.
—Parece que incluso los más escépticos del sur han comprendido finalmente quién manda en este continente —comentó él con una sonrisa oscura y divertida.
Giana apoyó las manos en su pecho, sintiendo el ritmo constante y fuerte de su corazón. Una ligera sonrisa cruzó sus labios, desprovista de cualquier rastro de tensión.