Me Echó Por Su Esposa Plagiadora
El primer día que volví a la empresa, durante la hora del almuerzo, apoyé la cabeza en el escritorio para descansar.
De pronto, oí varios golpes secos sobre mi escritorio.
Levanté la cabeza y vi a Flora Vargas, una diseñadora que hacía poco había empezado a aparecer por la oficina y a meterse en los asuntos del área de arquitectura.
—La hora del almuerzo terminó hace cinco minutos y tú sigues aquí durmiendo como si nada. A partir de mañana, ni te molestes en volver a trabajar.
Le expliqué que acababa de volver de reunirme con un cliente y que, por ese proyecto, llevaba varias noches seguidas casi sin dormir.
Ella hizo una mueca de desprecio.
—¿Y eso qué tiene de difícil? No es más que salir a comer con clientes, entretenerlos con tragos y luego hacer unos cuantos planos para salir del paso. Además, tú ni siquiera tienes que marcar entrada. Casi nunca te apareces por la oficina. ¿Con qué cara te atreves a dormirte en pleno horario laboral?
Me dio tanta rabia que terminé soltando una carcajada de pura incredulidad.
Como arquitecta principal de la empresa, yo había sacado adelante la mayoría de los proyectos.
Podía decirse que, si la empresa había llegado tan lejos, gran parte del mérito era mío.
Ella solo veía que yo no tenía que estar todos los días en la oficina ni marcar entrada, pero no veía que me la pasaba viajando por todo el país para buscar proyectos y reunirme con clientes.
Además, como arquitecta reconocida en el sector, la mayoría de los clientes venían a colaborar con nosotros precisamente por mi reputación.
Contuve el enojo y le pregunté:
—Tú ni siquiera eres de Recursos Humanos. ¿Quién te crees que eres para despedirme así porque sí?
Ella respondió:
—Me basta con que mi esposo sea el director general de esta empresa.
Me quedé helada.
¿Desde cuándo mi novio tenía esposa?