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Renací: Intercambio de Boda

Renací: Intercambio de Boda

Cuando renací, con los recuerdos de mi vida pasada bien presentes, lo primero que hice con mi prima Ofelia Pérez fue cambiarnos de novio. En mi vida pasada, Ofelia y yo nos casamos el mismo día. Ella, tan dulce y tranquilita, acabó casada con el comandante naval Ignacio Ramírez, frío y distante. Pero un día, Ignacio, por irse a celebrar el cumple de su amiga de la infancia, Liliana Flores, se le pasó su aniversario de bodas. Ofelia solo quería una explicación. Él, en cambio, soltó: —No tengo por qué sentirme culpable. Y desde ese día, se quedaron en la ley del hielo… por cincuenta años seguidos. Yo, con mi carácter explosivo, me casé con un contador de una fábrica de maquinaria, Fernando Aguilar. Él era calladito. Y aun así, todo el día me reclamaba que yo hablaba demasiado fuerte, que no sabía arreglarme, que no sabía "comportarme". Lo nuestro era pelear sin parar. No pasaban ni tres días sin un pleito… y a veces ni tres horas. Hasta que terminamos peleando tan feo que él mejor ni regresaba a casa. No llegamos ni al año de casados y ya estábamos divorciados. Y cuando volví a abrir los ojos, Ofelia y yo habíamos regresado al mismo día: el día de la boda…
Short Story · Romance
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la Nochebuena, la Amante Mala

la Nochebuena, la Amante Mala

En la Nochebuena, mientras soltaban globos al cielo, la amante de Francisco Barrera encendió a propósito un fuego artificial que me dejó con quemaduras graves. Mi espalda, de la que me habían arrancado piel para injertársela a Laura Tamez, ahora estaba ahora aún más desgarrada y sangrante; aun así, me negué con firmeza a pedirle ayuda a Francisco. En cambio, protegí con mi cuerpo al nieto mayor de los Muñiz, apenas recién recuperado por la familia, y me lancé a una desesperada maniobra de rescate. En mi vida pasada, fue Francisco quien me dio una patada en la espalda para que no estorbara el paso de su amante al hospital. —Angela Vargas, ¿te divierte usar al niño como pretexto? Aunque estés embarazada, tú y tu hijo no son más que un banco de órganos para Laura. Yo misma te malacostumbré… por eso te atreves incluso a matar y a incendiar. Fui borrada de todos los hospitales, arrojada a las listas negras. Al final, morí con mi hijo en el vientre, cargando un odio que me atravesó hasta la tumba. Cuando volví a abrir los ojos, vi a Laura encendiendo a escondidas un fuego artificial, apuntando hacia el cielo nocturno. Su sonrisa venenosa me taladró los oídos: —Llévate a tu bastardo directo al infierno.
Short Story · Romance
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Ecos de un Amor

Ecos de un Amor

Mi novio insistió en escalar de noche la montaña nevada para ver la cascada. Ese mismo día, resbalé y caí desde la cima. Al despertar, descubrí que no solo sufría amnesia, sino que también había perdido una pierna. Incluso mi novio se había convertido en el esposo de mi hermana. De repente, todos me abandonaron. Solo Samuel, mi psicólogo, me guió con paciencia y cuidado. Cuando me propuso matrimonio con flores y un anillo frente a todo el personal médico, creí ver al ángel que había venido a salvarme. Pero seis meses después de casarnos, lo escuché por casualidad hablando con su amigo: —Samuel, parece que la hipnosis de este año ha sido un éxito. Ya ayudaste a Valeria a obtener lo que quería, ¿para qué dar un paso más y casarte con Sofía? —¿Crees que lo deseaba? Es solo por si recupera la memoria y podría hacerle daño a Valeria. Así la vigilo de cerca. —¿Merece la pena hacer tanto por Valeria? Ya antes limpiaste todos sus desastres, ¿y ahora usas a Sofía para eso…? —Haría lo que fuera con tal de ver feliz a Valeria. Samuel apagó el cigarrillo con fuerza y, tras un largo silencio, respondió lentamente: —Además, solo es prestar un vientre… ¡Aprovechar lo inservible!
Short Story · Romance
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Embarazo y Explosión: Él Enloqueció

Embarazo y Explosión: Él Enloqueció

Giorgo Romero, el Don de la familia Romero, cayó en una emboscada tendida por un demente suicida que llevaba explosivos atados al cuerpo. Cuando eso ocurrió, mi esposo, Fabio López, y sus hombres ya se habían marchado a un desfile de moda con su amor de la infancia, Reina Digiorno, para escoltarla y protegerla allá. En lugar de presionar el botón de señal en mi anillo, me lancé hacia Giorgo a pesar de estar a punto de dar a luz. Así, con mi propio cuerpo, lo protegí de la explosión. Sin embargo, en mi vida anterior, sí había presionado el botón. Fabio había dejado plantada a Reina para regresar corriendo a la escena y salvarle la vida a Giorgo. Gracias a ese mérito, lo ascendieron al puesto de subjefe. Pero Reina se enfureció con Fabio por abandonarla antes de tiempo y, por pura rabia, cruzó la autopista sin mirar a los lados. Así fue como la atropellaron y murió. Fabio no dijo nada… pero el día en que entré en trabajo de parto, me mandó a una casa de subastas clandestina. —¡El Don tenía a tantos soldati protegiéndolo! ¿Por qué me obligaste a volver, entonces? ¿No es porque solo querías la gloria de ser la esposa del subjefe? ¡Si no fuera por ti, Reina no habría muerto! ¡Debes sufrir mil veces lo que ella sufrió! Yo solo podía mirar cómo los invitados pujaban por mis órganos, uno por uno. Ni siquiera el cordón umbilical de mi recién nacido se salvó de la subasta. Al final, morí por una infección que se produjo mientras me arrancaban los órganos. Cuando volví a abrir los ojos, había regresado al día en que emboscaron a Giorgo.
Short Story · Mafia
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Renací en el Desierto y Ya No Soy Tuya

Renací en el Desierto y Ya No Soy Tuya

Después de sufrir una caída mientras estaba embarazada, mi hijo de seis años, Antonio Juárez, no corrió a ayudarme. Cuando desperté, ya había perdido al bebé. Junto a mi cama del hospital, Antonio se escondía detrás de Manuel Juárez y murmuraba en voz baja: —¡Yo pensé que mamá otra vez se había desmayado a propósito para llamar mi atención! ¡Ya lo había hecho varias veces para que no saliera a jugar con Dulce! Manuel dijo con frialdad: —Siempre recurres a estas escenas para llamar la atención. Antonio ya ni siquiera confía en ti. Deberías pensar bien por qué prefiere estar con Dulce y no contigo. Sentí que el corazón se me hacía pedazos. Al día siguiente de que me dieron el alta, volví a casa, recogí todas mis cosas y solo dejé un acuerdo de divorcio y un documento en el que renunciaba a todo vínculo materno-filial con Antonio.
Short Story · Mafia
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La Mentira que Me Alimentó

La Mentira que Me Alimentó

Estuve cinco años casada con el heredero de la familia Romano, la más poderosa del crimen organizado en Italia. Cada noche, me abrazaba y susurraba: —Solo dame un heredero, y le daré todo el imperio Romano. Pero nunca quedé embarazada, y la decepción del jefe de la mafia hacia mí crecía con cada mes que pasaba. Hasta que descubrí que mi esposo había estado cambiando a escondidas mi ácido fólico por pastillas anticonceptivas. Aún me tambaleaba por la furia cuando vi una publicación de su exnovia: una foto de ultrasonido. Su mensaje era dulce y presumido: —Diez semanas. Vincent dice que no puede esperar para conocer al bebé. Al ver la avalancha de felicitaciones, tomé una decisión. Busqué los datos de contacto de mi exnovio, aquel que había pasado los últimos cinco años intentando recuperarme, y le envié un solo mensaje: "Dame un mes. Luego voy contigo."
Short Story · Mafia
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Renacida y despiadada: No salvaré al Don

Renacida y despiadada: No salvaré al Don

Le salvé la vida a Don Stefano Marino, de la familia Marino. En el momento en que una bala estaba a punto de alcanzarlo, fui yo quien lo protegió con mi cuerpo. Debido a la deuda de vida que tenía conmigo, Stefano decidió que sería yo quien se casara con él, en lugar de mi hermana mayor, Anna Costa, en la alianza matrimonial. Pero en nuestra noche de bodas, Stefano prefirió beber hasta quedar inconsciente en algún lugar de la ciudad antes que consumar nuestro matrimonio conmigo. Como una tonta ingenua, pensé que algún día sería capaz de derretir su corazón de hielo con mi amor. Pero no habían pasado ni cinco años cuando Stefano regresó con un niño que se parecía a él y a Anna. —Anna ha sufrido tremendamente durante su tiempo en el extranjero mientras intentaba criar a su hijo sola. Necesito compensárselo. Entonces, Stefano me entregó el acuerdo de divorcio. —Has acaparado el puesto de Donna durante muchos años. Es hora de que se lo devuelvas a ella. Solo entonces descubrí que, en realidad, Stefano había pasado esa noche con Anna, la misma noche de nuestra boda. Saqué el informe de embarazo con el que pensaba sorprender a Stefano, solo para que él lo rompiera en mil pedazos. —No necesito otro hijo. Una vez que esas frías palabras cayeron, me enviaron por la fuerza al quirófano, donde sufrí un sangrado intenso después, lo que resultó en mi muerte y la de mi bebé no nacido. Cuando desperté de nuevo, vi a Stefano, que estaba a punto de recibir un disparo. Esta vez, empujé a Anna en su dirección.
Short Story · Mafia
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Me Casó por Deuda y Ahora Llora por Mí

Me Casó por Deuda y Ahora Llora por Mí

Anthony Voss se dio cuenta de que llevaba una semana sin pedirle dinero. Casi nunca me escribía, pero esta vez hasta se dignó a elogiarme: "Cariño, por fin aprendiste a comportarte como una verdadera Donna. Ya ordené que le hicieran llegar a tu madre el medicamento de esta semana. Mientras seas obediente y no pidas más de la cuenta, puedo darte todo lo que quieras." Él no sabía que, cuando recibí ese mensaje, yo estaba imprimiendo los papeles del divorcio. Llevaba puesto un vestido viejo de hacía tres años. Nadie creería que la Donna, tan deslumbrante ante todos, en privado tuviera que pedirle dinero hasta a Elena Brooks, la asesora del Don, para comprarme unos tampones. Ni siquiera podía salir de casa sin pedir permiso con tres días de anticipación. Anthony siempre decía que era por mi bien. —Afuera es demasiado peligroso, cariño. Tú quédate en casa y pórtate bien. Pero hace una semana, cuando mi madre estaba agonizando, le rogué a Elena que se saltara el trámite. Elena me mantuvo encerrada varios días. No me dejó salir hasta que mi madre ya había dado su último aliento. Mi madre murió. Y yo no pienso seguir aguantando ni un día más.
Short Story · Mafia
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Tras la humillación en la piscina

Tras la humillación en la piscina

Lo que debía ser un viaje tranquilo con mi suegra se convirtió en una pesadilla. Tras llegar al hotel, fuimos juntas a la piscina del lugar a relajarnos. Sin embargo, una mujer elegantemente vestida se nos acercó, tapándose la nariz y con total desprecio nos dijo: —Este es un hotel de lujo, ¿cómo es posible que haya gente como ustedes aquí? No serán esas personas que se cuelan para usar la piscina, ¿verdad? ¡Es un asco compartir la piscina con ustedes! Me da miedo que nos contagien alguna enfermedad. Mi suegra y yo nos sentimos muy incómodas por sus palabras, pero aún así le respondí, indiferente: —La piscina del hotel es pública , todos los huéspedes pueden usarla. Si no te parece bien, construye una en tu casa. La mujer, furiosa, levantó las cejas y, gritando, dijo: —¿Te atreves a responderme? ¿Sabes quién es mi esposo? Este hotel es de él, y la suite más cara siempre ha sido mía. ¡Les ordeno que se larguen inmediatamente! Huelen a pobreza y han contaminado el agua. ¡Qué asco! Mi suegra y yo nos miramos y, al instante, pudimos ver el mismo desprecio en nuestros ojos. Este hotel es propiedad de Nicolás, ¿en qué momento se convirtió él en el esposo de esa mujer?
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Cenizas de un vínculo: El Alpha que me amó demasiado tarde

Cenizas de un vínculo: El Alpha que me amó demasiado tarde

Por mi negligencia, Sophia, la preciosa consentida de Leo, se atragantó con un bocado de agua de mar. Él montó en cólera y me encerró en el calabozo acuático. —Catherine, todo lo que haya sufrido Sophia, tú lo pagarás el doble. Mi instinto de supervivencia me obligó a transformarme en loba. Una y otra vez golpeé la cabeza contra la jaula de hierro, rogándole que tuviera piedad. Pero Leo me ató las extremidades con cadenas de hierro y les ordenó a sus subordinados que siguieran inundando la cámara. —Una desgraciada celosa como tú solo aprenderá a obedecer a través del sufrimiento. Quédate ahí dentro y arrepiéntete de lo que has hecho. Él mismo selló la puerta de hierro del calabozo acuático y prohibió que cualquiera se acercara. Una y otra vez, estiré el cuello para poder tragar un poco del escaso aire, aullando en la desesperación. Pero el agua helada, cada vez más alta, terminó por engullirme por completo. Seguí forcejeando hasta que no me quedó ni una pizca de fuerza. Una semana después, en un arranque de misericordia, decidió poner fin a mi castigo. Lo que no sabía era que las serpientes de agua ya habían devorado mi cuerpo hasta dejarlo irreconocible.
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