Lo que más me impactó de «la novela» fue cómo el autor convierte el odio en una especie de atmósfera tangible que se respira entre los personajes.
En las páginas iniciales, la hostilidad aparece como pequeñas punzadas: miradas que duran demasiado, silencios que pesan, comentarios que se cuelan disfrazados de humor. Más adelante, esas microagresiones se apilan hasta volverse violencia abierta o mutismo absoluto, y ahí la prosa cambia, se vuelve cortante y la sintaxis se fragmenta para reflejar esa ruptura emocional.
Además, me gustó que el autor no lo dibuje como un rasgo unidimensional; muestra el odio como algo aprendido, como respuesta a miedos o humillaciones previas. Hay escenas en las que la empatía asoma por un segundo y eso hace que el odio sea todavía más doloroso: no es maldad pura, sino una reacción humana retorcida. Me quedé pensando en cómo ese retrato me obligó a mirar mis propias reacciones en conflictos cotidianos, y me dejó una sensación agridulce pero necesaria.