Me encanta cuando la casa huele a ajo y limón; es mi señal de que llegó la hora de la cena familiar. En mi familia solemos preparar un pollo asado al horno que lleva sal, pimienta, mucho ajo machacado, ramitas de romero y rodajas de limón dentro y por encima. Lo dejo marinando unas horas si hay tiempo, y lo pongo en una bandeja con patatas cortadas en gajos que se doran con los jugos del pollo. Mientras se cocina, hago una ensalada sencilla de lechuga, rúcula, tomates cherry y una vinagreta de aceite de oliva, vinagre balsámico y mostaza, para contrarrestar lo contundente del asado.
De acompañamiento me encanta preparar un arroz caldoso con verduras —zanahoria, guisantes y pimiento— al que le añado un toque de comino y laurel; queda reconfortante y perfecto para mojar con la salsa del pollo. Si la ocasión es más festiva, la abuela saca su receta de lasaña con boloñesa casera y bechamel, que siempre desaparece de la mesa antes de que termine la conversación. Postre: a menudo horneo una tarta de manzana con canela o preparo un flan de vainilla rápido, porque hay pocos finales más reconfortantes.
No sigo medidas estrictas, voy probando y ajustando sabores según quién venga a la mesa; para mí, las comidas familiares son rituales de sabores compartidos más que recetas exactas. Me gusta ver a todos hablar, repetir anécdotas y terminar llenos y contentos; eso hace que cualquier plato, aunque sencillo, se sienta especial.