adrenalina de una noche
En el centro, una imponente cama de postes matrimoniales, vestida con sábanas de seda negra, esperaba como el escenario del pacto que acababan de sellar.
Miranda se detuvo a unos pasos de la cama, dándole la espalda. El corazón le latía con tanta fuerza en el pecho que temía que él pudiera escucharlo. El fajo de billetes pesaba en su bolso; la vida de Thiago estaba a salvo, pero ahora venía la parte más difícil. Sus hilos internos de decencia se tensaron. Ella no era una mujer de una noche, jamás lo había sido, y la idea de entregarse a un extraño la aterrorizaba.