ANMELDENLa tarjeta apareció en mi palma con un destello tenue. Era delgada, gris, con un chip minúsculo en una esquina. La miré de cerca, decepcionada.—Pensé que una ganzúa era un alambre doblado. Algo más… clásico.[La tecnología avanza, portadora. Esto abre cualquier cerradura electrónica.]—Podrías haber empezado por ahí. —Metí la tarjeta en el bolsillo del pantalón—. Y ahora, si no te importa, voy a escapar. Como en las películas.[El Sistema no hace películas. El Sistema administra.]—Claro, claro. Administras. —Me levanté y empecé a pasear por la habitación, gesticulando como si el Sistema fuera una persona sentada en el sofá—. Este sistema se pasa. No puedo tener puntos porque busca la manera de quitármelos. Nada de beneficio para mí. Siempre lo justo. Un día me das cinco días de reserva, al siguiente me quitas tres por una misión fallida, luego me das veinte puntos por una coartada y al día siguiente me los quitas por una ganzúa. —Me detuve frente a la puerta y señalé el panel con el
Christopher colgó el teléfono y se giró. Sus ojos cayeron primero en el sobre abierto en mi mano, luego en mi cara, y algo en su expresión se apagó de golpe. No fue un gesto brusco. Fue un cierre lento, como una puerta blindada que se atranca desde adentro.—¿Qué es eso? —preguntó.Augusto se levantó del sofá con una agilidad que no correspondía a su edad.—Christopher, hijo, no es el momento. La niña ha pasado por mucho…—¿Qué es eso? —repitió, ignorando a su tío. La pregunta era solo para mí.Le tendí la hoja. No dije nada. Él la tomó con cuidado, como si el papel pudiera quemarlo, y leyó.Fueron dos segundos. Sus ojos recorrieron la línea de la letra inclinada de Elena, y entonces vi el golpe. No gritó. Se quedó inmóvil, con la hoja temblando entre los dedos, y su pecho dejó de moverse por un instante eterno. En sus ojos ya no había paranoia. Había dolor. El dolor de un hombre que acaba de confirmar su peor miedo.—Tu letra —dijo, con un susurro ronco.—Se puede falsificar —respond
Tenía menos de un minuto. Lo supe por el eco de unos tacones en el pasillo, lentos y cuidadosos, como los de alguien que no quiere avisar de su llegada.Hice lo único que sé hacer bajo presión: contar.Pagaré uno, doce meses atrás, dos millones. Pagaré dos, ocho meses, tres y medio. El tercero, cuatro millones y un interés del tres por ciento mensual. Y en cada documento, al pie, una cláusula idéntica, la cuarta: «Vencimiento anticipado de la deuda en caso de disolución del compromiso Valerius-Rosales».Cerré la carpeta. La dejé donde estaba, con el borde alineado con el teléfono.—¿Perdida, querida?Marta estaba en el umbral, con una sonrisa que no llegaba a los ojos y una mano apoyada en el marco de la puerta.—Buscaba el baño —dije, llevándome los dedos a la sien—. Me mareé un poco. Es la medicación.—Esa puerta nunca se cierra bien. —Su mirada rozó el escritorio, la carpeta, mis manos vacías—. Te acompaño.Me tomó del codo con la suavidad de quien sujeta a un animal. Al pasar junt
Respiré hondo. Una vez. Dos.Lo que me salvó no fue la voluntad: fue la contabilidad. Pensé en una columna de cifras que no cuadraba, en una suma que alguien había maquillado, y me aferré a esa imagen con una fuerza que rozó lo ridículo.—Gracias, hermana —dije, con la voz más suave de mi vida—. Fue un gesto muy amable.Daniela se apartó. Había esperado un grito, o un empujón, o una lágrima. Lo que encontró fue una sonrisa tranquila, y por una décima de segundo le vi la duda cruzarle los ojos.[Misión secundaria superada. Medidor de calma final: 27 %. Sin penalización.]—Bueno —dijo Marta, un tono más alto de lo normal—. Antes de irnos, un detalle. Héctor quiere verlos esta noche. Cena familiar, en casa. Dice que es importante.—Allí estaremos —contestó Christopher.Lo dijo sin mirarme. Yo sí lo miré a él, y él ni se inmutó.Cuando la puerta se cerró detrás de ellas, me apoyé en el respaldo del sofá y noté que me temblaban las rodillas.—¿Qué te dijo? —preguntó Christopher.—Que debí
Nadie habló durante unos segundos. Se oía el tictac de un reloj de cocina y el zumbido de una nevera vieja.[Misión secundaria completada: «Obtenga el testimonio de la enfermera». Recompensa: +40 puntos. Puntos disponibles: 60.]Christopher no se movió. Tenía la mirada fija en la mesa, en el sobre con el sello de Aurora, y la cara de quien acaba de confirmar una sospecha que habría preferido seguir llamando duda. Después apoyó las dos manos en el respaldo de una silla y habló con una calma que me sorprendió.—Señora Reyes, esta noche no puede quedarse aquí.—No tengo adónde ir.—Mañana a las siete, un hombre de mi confianza vendrá por usted y la llevará fuera de la ciudad. Se llama Tomás. No le dirá a nadie adónde. Yo tampoco.—¿Y si me encuentran?—No lo harán. Se lo prometo.La palabra «prometo» salió de su boca con el peso de un juramento. No era un hombre de promesas; lo entendí al ver cuánto le costaba. Paulina lo miró unos segundos, asintió y se echó a llorar, esta vez de alivio
Christopher le quitó la nota amarilla a la carpeta vacía y la sostuvo contra la luz del fluorescente, como si la tinta pudiera confesar. Después se volvió hacia Adrián. No gritó. No hizo falta.—¿Quién tiene acceso a este archivo?—Yo. La jefa de archivo, que no entra a esta hora. Y el director del hospital. —Adrián se pasó la mano por el pelo—. «Entregado en mano» significa que alguien firmó la salida en persona.—¿Y el registro de firmas?—Está arriba, en el mostrador. Lo cierran con llave a las diez.—Entonces lo abriremos mañana. —Christopher guardó la nota en el bolsillo del abrigo—. No quiero a Roca en esto. Ni a ninguno de mis hombres. Solo tú, ella y yo.Lo dijo con tanta naturalidad que tardé un segundo en entender que acababa de incluirme en la frase.—Doctor —pregunté—. ¿Quién estaba de enfermera en la 412 la noche en que Elena murió?Adrián frunció el ceño, rebuscando en la memoria.—Paulina Reyes. Veintiocho años en el hospital, la mejor que he conocido. Dejó la plaza hac