ANMELDENCamila Silva reencarnó en el cuerpo de Elena Rosales, una patética heredera atrapada en un compromiso arreglado con el hombre más frío e implacable de la élite: el CEO Christopher Valerius. Pero no es una segunda oportunidad gratis: un misterioso «Sistema Conyugal» enlaza su vida a la del magnate. Si él muere, ella también. Obligada a convivir en su lujoso penthouse bajo una vigilancia gélida y paranoica, Camila deberá usar su astucia, picardía y una sensualidad desarmante para cumplir misiones físicas y salvar al hombre que la cree una espía letal. Mientras Christopher lucha contra una atracción posesiva y oscura que destruye su control, una reserva de vida corre en reversa en la mente de Camila. ¿Es un juego de supervivencia o el inicio de una obsesión de la que ninguno podrá escapar? ¡Descúbrelo en este adictivo romance donde cada segundo cuesta y el amor se paga caro!.
Mehr anzeigenRespiré hondo. Una vez. Dos.Lo que me salvó no fue la voluntad: fue la contabilidad. Pensé en una columna de cifras que no cuadraba, en una suma que alguien había maquillado, y me aferré a esa imagen con una fuerza que rozó lo ridículo.—Gracias, hermana —dije, con la voz más suave de mi vida—. Fue un gesto muy amable.Daniela se apartó. Había esperado un grito, o un empujón, o una lágrima. Lo que encontró fue una sonrisa tranquila, y por una décima de segundo le vi la duda cruzarle los ojos.[Misión secundaria superada. Medidor de calma final: 27 %. Sin penalización.]—Bueno —dijo Marta, un tono más alto de lo normal—. Antes de irnos, un detalle. Héctor quiere verlos esta noche. Cena familiar, en casa. Dice que es importante.—Allí estaremos —contestó Christopher.Lo dijo sin mirarme. Yo sí lo miré a él, y él ni se inmutó.Cuando la puerta se cerró detrás de ellas, me apoyé en el respaldo del sofá y noté que me temblaban las rodillas.—¿Qué te dijo? —preguntó Christopher.—Que debí
Nadie habló durante unos segundos. Se oía el tictac de un reloj de cocina y el zumbido de una nevera vieja.[Misión secundaria completada: «Obtenga el testimonio de la enfermera». Recompensa: +40 puntos. Puntos disponibles: 60.]Christopher no se movió. Tenía la mirada fija en la mesa, en el sobre con el sello de Aurora, y la cara de quien acaba de confirmar una sospecha que habría preferido seguir llamando duda. Después apoyó las dos manos en el respaldo de una silla y habló con una calma que me sorprendió.—Señora Reyes, esta noche no puede quedarse aquí.—No tengo adónde ir.—Mañana a las siete, un hombre de mi confianza vendrá por usted y la llevará fuera de la ciudad. Se llama Tomás. No le dirá a nadie adónde. Yo tampoco.—¿Y si me encuentran?—No lo harán. Se lo prometo.La palabra «prometo» salió de su boca con el peso de un juramento. No era un hombre de promesas; lo entendí al ver cuánto le costaba. Paulina lo miró unos segundos, asintió y se echó a llorar, esta vez de alivio
Christopher le quitó la nota amarilla a la carpeta vacía y la sostuvo contra la luz del fluorescente, como si la tinta pudiera confesar. Después se volvió hacia Adrián. No gritó. No hizo falta.—¿Quién tiene acceso a este archivo?—Yo. La jefa de archivo, que no entra a esta hora. Y el director del hospital. —Adrián se pasó la mano por el pelo—. «Entregado en mano» significa que alguien firmó la salida en persona.—¿Y el registro de firmas?—Está arriba, en el mostrador. Lo cierran con llave a las diez.—Entonces lo abriremos mañana. —Christopher guardó la nota en el bolsillo del abrigo—. No quiero a Roca en esto. Ni a ninguno de mis hombres. Solo tú, ella y yo.Lo dijo con tanta naturalidad que tardé un segundo en entender que acababa de incluirme en la frase.—Doctor —pregunté—. ¿Quién estaba de enfermera en la 412 la noche en que Elena murió?Adrián frunció el ceño, rebuscando en la memoria.—Paulina Reyes. Veintiocho años en el hospital, la mejor que he conocido. Dejó la plaza hac
«No traigas a Christopher.»Leí la tarjeta tres veces, como quien relee una cláusula con letra pequeña. Sesenta y cuatro por ciento de trampa. Y un cuarenta y seis de otra cosa que no sabía nombrar y que se parecía mucho a la verdad.Elegí la otra cosa.«Sobre tu muerte» era la única frase de toda esa casa que prometía respuestas. Para alguien como yo, que había aprendido a desconfiar de todo menos de los números, bastaba.A las once y media de la noche, Christopher llevaba dos horas encerrado en su despacho, con la luz de la lámpara dibujando una raya bajo la puerta. Yo llevaba dos horas ensayando una salida. Un guardia en el pasillo. Roca, en el vestíbulo. Cámaras en cada esquina.La solución estaba en el cuarto de lavandería: un uniforme gris de personal, planchado y doblado, con una gorra calada. El mismo uniforme que el intruso había usado para entrar en mi suite. Me quedé mirándolo un segundo, con la certeza incómoda de que cualquiera podía conseguir uno.Antes de salir pasé fre
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