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Contrato vencido, amor perdido
Contrato vencido, amor perdido
Autor: Mingo

Capítulo 1

Autor: Mingo
En la Gala de la Luz de la Luna, mi esposo Derek se presentó con su asistente Camilla por quinta vez. Todos brindaban por ella.

Cuando no pudo con el vino lunar, Derek extendió el brazo de golpe para apartar las copas que le ofrecían. Eligió los trozos más tiernos de carne de venado y se los puso en el plato. Incluso le cubrió los hombros con su propia capa.

Lo observé todo en silencio, sin discutir ni hacer una escena. No dije una sola palabra. Sino que me levanté en silencio y me marché sin más.

Seis años atrás, los ancianos de la manada me habían obligado a firmar aquel humillante contrato: si daba a luz a un heredero durante el primer año, recibiría una compensación de diez millones; si lo hacía en un plazo de tres años, recibiría un valor de tres millones, y, si al cabo de seis años no había logrado concebir, no podría interferir en las relaciones extramatrimoniales de mi esposo.

Y ese era el sexto año.

Toda la manada esperaba verme hacer el ridículo. Esperaban que corriera hacia Camilla con los ojos enrojecidos y armara una pelea, como las cuatro veces anteriores. Los lobos jóvenes incluso habían abierto un stream en el Foro de la Noche Lunar:

«¿Qué le va a hacer Chloe a Camilla esta vez?»

Los comentarios estaban que ardían.

«Todos saben que Chloe es una simple humana que se abrió paso hasta el puesto de Luna con un contrato de reproducción. ¿Seis años y ni señales de un cachorro? Se merecía que la reemplazaran».

«El linaje de Camilla es muchísimo más puro que el de Chloe. Ella debería ser la Luna de la manada».

«Chloe no es más que una sanguijuela codiciosa. Debería volver arrastrándose al mundo de los humanos, al que pertenece».

«¡Jajaja! Si Chloe ve esto, seguro va a hacer otro berrinche».

Un año atrás, esos comentarios me habrían quitado el sueño, habría discutido con cada uno de ellos, intentando defender mi matrimonio a como diera lugar. Sin embargo, ahora, no sentía nada, por lo que, con toda la calma del mundo, le di «me gusta» al comentario que apoyaba a Derek, y respondí:

«Tienes razón».

Aquello dejó atónita a toda la manada. Ni siquiera Ryan, el Beta de Derek pudo contenerse, por lo que inició una transmisión en vivo y fue a buscar a Derek a la gala para preguntarle directamente:

—Derek, ¿lograste domar a Chloe, esa humana tan orgullosa? Cuéntame tu secreto.

Derek no respondió, sino que miraba fijamente un mensaje nuevo en la pantalla de su teléfono.

«Alfa, la Luna acaba de entrar a la bóveda privada de la manada.»

Derek soltó una risa fría, tras lo cual me envió el enlace a la transmisión de Ryan y, frente a la cámara, dijo con desprecio:

—¿Domada? Por favor. Solo el dinero la hace callar. Apuesto a que esta vez harán falta al menos diez millones para dejarla contenta. ¿Tengo razón, mi Luna?

Al ver a mi esposo burlarse de mí de esa manera, sentí una punzada aguda en el corazón. La marca de apareamiento que tenía sobre el corazón ardía, recordándome que un hombre lobo solo tiene un compañero destinado. El vínculo forjado ante la Diosa de la Luna era irrompible. Sin embargo, a los ojos de Derek, yo seguía siendo esa humana patética que se había vendido por dinero.

Incluso después de seis años, con nuestras marcas en la piel del otro, seguía creyendo que el dinero bastaba para hacerme callar.

Me sequé las lágrimas que ni siquiera había notado que había derramado, cerré la transmisión y entré en la bóveda privada, la cual estaba repleta de piedras de luna, lingotes de oro y joyas centenarias. Con una sola de esas pieza se podía comprar una mansión.

Sin embargo, ignoré todo aquello y me encaminé directo hacia el fondo y abrí un cajón del cual saqué un pergamino amarillento.

La verdad era que, cuando me casé y entré a formar parte de la Manada Thorn, seis años atrás, había firmado dos contratos. El que Derek había visto era solo la mitad de la historia. Había otro, el cual se trataba de una «cláusula de disolución».

«Si no se tiene un cachorro en el plazo de seis años, cualquiera de las partes podrá decidir si desea mantener el vínculo».

Me quedé mirando esas palabras hasta que se me nubló la vista y me invadieron los recuerdos.

Había conocido a Derek, a los dieciocho años conocí a Derek, en un baile de la universidad. Él me vio desde el otro extremo del salón y me reconoció al instante como su compañera destinada.

Tras esto, me cortejó sin descanso y quería sellar nuestro vínculo casi de inmediato.

Y yo me enamoré de él con la misma intensidad.

Por eso, nuestro primer año de matrimonio fue pura felicidad.

En primavera me llevó a las islas, donde corrimos descalzos por la orilla, persiguiendo la luz de la luna que se desvanecía poco a poco.

En verano nos escapamos a los Manantiales de la Luz de la Luna, donde, bajo las estrellas, me juró que me amaría para siempre.

En otoño paseamos por la Avenida de los Arces, en donde él grabó torpemente nuestros nombres en una de las hojas caídas.

Y en invierno me llevó a los campos nevados del lejano norte, se transformó en lobo y me llevó sobre su lomo por la tundra, persiguiendo las auroras boreales.

La felicidad nos desbordaba. Toda la manada celebraba nuestro matrimonio entre especies.

Hasta la Gala de la Luz de la Luna de nuestro tercer año de matrimonio, cuando los ancianos empezaron a presionarme para que tuviera un heredero. Y el contrato que había firmado con el Consejo llegó a oídos de Derek.

—Chloe, ¡¿te convertiste en mi compañera por mí o por la fortuna de la Manada Thorn?! —exigió Derek, con los ojos desorbitados y enrojecidos.

Después de eso, todo se vino abajo. No importaba cuántas veces le explicara que solo había firmado para poder casarme con él: ya había decidido que yo no era más que una farsante codiciosa.

Desde aquel día, Derek cambió por completo. Dejó de llamarme por mi nombre —en público solo me decía «Luna»— y ascendió a Camilla, que hasta entonces era una simple oficinista, al puesto de asistente personal.

Tras esto, comenzó a llevarla a propósito a todas las galas. Bailaba con ella delante de mí, le ponía su chaqueta sobre los hombros y siempre estaba siempre pendiente de ella, como un esposo devoto.

Los ancianos decían que el Alfa trataba a Camilla más como a una esposa de lo que jamás me había tratado a mí.

Al principio, lloré, grité y me derrumbé.

Derek se limitaba a observar mi angustia, frío y distante. Después, se volvía hacia Camilla y le demostraba aún más cariño, usando ese afecto como un cuchillo para desgarrarme una y otra vez y obligarme a confesar un crimen que nunca había cometido.

Él creía que, hiciera lo que hiciera, yo nunca lo dejaría. Lo que no sabía era que, en aquel contrato, había otra cláusula. Específicamente en la segunda página, que estipulaba que: si al cabo de seis años aún no habíamos tenido un cachorro, cualquiera de los dos podía optar por romper el vínculo de apareamiento.

Y ahora el contrato de seis años había vencido. Por lo que era hora de acabar con toda esa farsa.

Con eso en mente, llevé el contrato directamente a la municipalidad e inicié el trámite final.

En siete días, el vínculo de apareamiento se rompería y yo desaparecería para siempre de la vida de Derek.
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