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D'une femme stérile à la Reine enceinte

D'une femme stérile à la Reine enceinte

Oleh:  Crystal KTamat
Bahasa: French
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J'ai attendu huit ans. Le jour où je devais devenir Luna, mon âme sœur destinée, Alpha Cayden, m'a rejetée devant toute la meute. Parce que j'étais stérile. Il a rompu notre lien et a embrassé mon assistante oméga, Lilith. Il s'est avéré qu'ils s'étaient déjà accouplés. Cette s*lope était enceinte de son enfant. La rage m'a consumée. J'étais prête à tout abandonner, mais sa mère m'a jetée dans une cellule en argent. Il prévoyait de me dépouiller de ma louve et de mon don - et d'offrir mes pouvoirs à sa nouvelle Luna, Lilith. Brisée, je me suis enfuie. J'ai été attaquée par des renégats et laissée pour morte dans une flaque de mon propre sang. Quand je me suis réveillée, j'étais dans un endroit inconnu. Ma mémoire avait été effacée. Alpha Rhys, de la Meute de la Crète d'Ombre, était à mes côtés et promettait de prendre soin de moi. Et moi, la louve stérile, j'étais enceinte… Mais je ne me souviens plus du tout qui est le père de l'enfant.

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Bab 1

Chapitre 1

La noche en UMBRAEL no solía ser silenciosa.

Rugía con el eco de manadas lejanas, con el murmullo de pactos sellados en sangre, con la respiración constante de un mundo que jamás dormía del todo. Pero aquella noche era distinta. No había aullidos. No había pasos. No había celebración ni presagio visible.

La noche contenía la respiración.

Bajo la superficie del dominio Lykan, en una cámara excavada siglos atrás en la roca negra del submundo, la magia antigua vibraba como una herida abierta. Runas de protección brillaban débilmente en los muros, activadas demasiado tarde, y el aire estaba cargado de un olor espeso: sangre, luna y nacimiento.

En el centro de la cámara, sobre una cuna improvisada de madera clara, yacía una recién nacida.

Lyra.

Dormía envuelta en mantas blancas, ajena al temblor del mundo que la había engendrado. Su respiración era suave, regular, casi imposible para alguien que no debía existir. Su pecho subía y bajaba con un ritmo cálido, humano… y algo más profundo, más antiguo, que aún no tenía nombre.

A su lado, Aerin Whitefang permanecía de rodillas.

La Alfa no vestía armadura ni portaba símbolos de mando. Su túnica estaba manchada de sangre oscura, y su cabello blanco, suelto, caía en mechones húmedos sobre su espalda. Aquella mujer que había hecho inclinar la cabeza a manadas enteras, que había detenido guerras solo con su presencia, ahora temblaba.

No de miedo.

De amor.

Aerin alargó la mano con cuidado, como si temiera que un gesto brusco pudiera romper el milagro que respiraba frente a ella. Sus dedos rozaron la mejilla tibia de la bebé. La piel era suave. Demasiado real. Demasiado viva.

—Es perfecta… —susurró, con una voz que apenas reconocía como propia.

Los ojos plateados de Aerin, duros y legendarios, se humedecieron. Aquella niña tenía su nariz, su boca pequeña, pero también algo distinto. Algo que no pertenecía del todo a ningún linaje conocido.

Detrás de ella, de pie y en silencio, Vaelerion Nocthavel observaba la escena con una quietud antinatural.

El Vampiro Antiguo no necesitaba respirar, y aun así lo hacía, lento, contenido, como si el aire pudiera traicionarlo. Su figura alta se recortaba contra la luz tenue de las velas blancas. Su piel era pálida, casi marmórea, pero sus ojos carmesí oscuro estaban llenos de una emoción que rara vez permitía existir.

Mil años de vida no lo habían preparado para aquello.

Vaelerion se acercó un paso. Sus dedos largos, acostumbrados al acero y a la sangre derramada, temblaron apenas al rozar la diminuta mano de la bebé. La piel era cálida. El pulso, firme.

El corazón de la niña latía.

Ese simple hecho, tan imposible como prohibido, le atravesó el pecho con más fuerza que cualquier arma.

—Late… —murmuró, como si aún no pudiera creerlo.

Aerin alzó la mirada hacia él. En sus ojos no había arrepentimiento. Solo una verdad desnuda.

—Porque eligió vivir —respondió—. Igual que nosotros.

Vaelerion sostuvo la mirada de la loba durante un largo instante. En milenios había observado reinos caer por decisiones menos peligrosas que esa. Sabía lo que habían hecho. Sabía lo que habían desatado.

Y aun así…

—Te habría seguido a cualquier mundo —dijo finalmente, con una honestidad que no le debía a nadie—. A ti. A ella. Incluso al final.

Aerin sonrió, una sonrisa triste, hermosa, definitiva.

—Entonces recuerda este momento —susurró—. Porque es el último que tendremos.

La tercera presencia en la cámara avanzó entonces, rompiendo la intimidad con la firmeza de quien conoce el precio del tiempo.

Maeren, la bruja blanca.

No vestía ropajes oscuros ni símbolos de poder ostentoso. Su magia no era violenta. Era antigua, profunda, tejida con paciencia y sacrificio. Su cabello gris estaba recogido en trenzas marcadas con runas de protección, y sus ojos claros no mostraban duda, solo urgencia.

—No hay más tiempo —dijo—. Las Voces Antiguas han hablado. El Pacto se ha activado. Los Tronos ya saben que algo nació esta noche.

Aerin cerró los ojos.

No lloró.

Cuando los abrió, la Alfa había vuelto a erguirse, no como madre… sino como líder.

—Entonces hazlo —ordenó—. Ahora.

Se inclinó sobre la cuna una última vez y colocó junto al pecho de Lyra un objeto envuelto en cuero claro. Un colmillo blanco tallado, antiguo, pulido por generaciones de Alfas. El símbolo del linaje Whitefang.

—De mi sangre —susurró, apoyando la frente contra la de la bebé—. Para que recuerdes quién eres… cuando nadie más quiera decírtelo.

Vaelerion se acercó después. De entre su ropa extrajo una cadena de metal oscuro, frío al tacto, y deslizó entre las mantas un anillo antiguo, cubierto de runas vampíricas casi borradas por el tiempo.

—De mi linaje —dijo—. Para que nadie pueda negar lo que te pertenece… ni siquiera tú.

Aerin tomó el rostro de su hija entre las manos.

—Vive —murmuró—. Aunque nos odies. Aunque nunca nos recuerdes. Vive.

Vaelerion no habló. 

No podía.

Se inclinó y besó a la niña una sola vez en la frente, como si sellara una promesa que no sabía si podría cumplir.

Luego se apartó.

Maeren tomó a Lyra en brazos. En el mismo instante, la magia se desplegó con una precisión cruel. En la cuna apareció otro cuerpo: una bebé inmóvil, sin respiración, sin latido. Un sacrificio silencioso. Una vida que había llegado al mundo solo para permitir que otra escapara.

La mentira perfecta.

—No mires atrás —ordenó Maeren, activando el hechizo final.

El aire se rasgó.

La bruja desapareció con Lyra entre los brazos, cruzando el velo hacia el mundo humano, un lugar sin Tronos, sin pactos, sin profecías conscientes.

Un segundo después, las puertas de la cámara estallaron.

Guerreros Lykan irrumpieron primero, armaduras negras, colmillos expuestos, ojos brillando con furia ancestral. Tras ellos, vampiros armados con acero ritual, sus presencias frías llenando la sala como una marea de muerte.

—¡Entréguenla! —rugió un Alfa—. ¡El linaje impuro termina esta noche!

Aerin avanzó sin temblar.

Tomó el cuerpo inmóvil de la cuna y lo sostuvo contra su pecho como si aún respirara. Su rostro no mostró duda. No mostró dolor. Solo autoridad.

—Aquí está —dijo—. Mi hija.

El silencio se extendió mientras los guerreros observaban el cuerpo sin vida. El olor era correcto. La sangre… apagada. La magia, extinguida.

Uno de los vampiros frunció el ceño.

—Está muerta.

Aerin alzó la barbilla.

—Y con ella —respondió— termina el error.

Vaelerion permaneció a su lado, una sombra elegante, peligrosa. Nadie notó el juramento silencioso que hizo en ese instante. Nadie vio cómo su mirada se endureció para siempre.

Mientras tanto, en el mundo humano, Maeren emergía de la grieta del velo con Lyra aún dormida contra su pecho. Las luces humanas parpadearon a lo lejos. El aire era distinto. Más liviano. Ignorante.

—Dormirás —susurró la bruja, sellando el último hechizo—. Olvidarás. Vivirás.

Lyra suspiró en sueños.

Y el destino, engañado por primera vez en siglos, la dejó pasar.

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