FAZER LOGINDormir resultó una mala idea, cada vez que cerraba los ojos escuchaba los pasos sobre hojas secas, sentía una agitación inigualable como si corriera un maratón, mis piernas avanzaban sin detenerse por una norme pesadez que volvía lento cada movimiento. Necesitaba apurarme. No llegaría a tiempo… Veía destellos en la oscuridad que iluminaban rostros cubiertos y desconocidos de repente el sonido de dos disparos me despertó.
Instintivamente llevé mi mano primero a mi corazón acelerado, luego la pasé por mi cabello, tenía la frente empapada de un sudor helado y había pateado las cobijas al suelo en algún punto de la noche. Entré al baño y me mojé el rostro con agua fría, mis ojos se veían rojizos en el espejo y no fue difícil notar que había vuelto a llorar dormida. “Odio esto” pensé, la imposibilidad de olvidar, aunque fuera por una noche el peor día de mi vida me agobiaba.
Aun tensa por la pesadilla me di un baño rápido y me vestí para irme al trabajo. Después de un sueño tan terrible no podría conservar nada en mi estómago, solo tomé un par de tragos de café antes de tomar mi portafolios y salir corriendo.
Con mi falda y saco grises me perdía en las calles llenas de personas de camino a sus respectivos trabajos. De la ciudad solitaria de la noche sólo quedaba el recuerdo, tras el amanecer volvía a cobrar vida, despertaba con sus pobladores y las calles, de noche vacías y oscuras, se llenaban de luz y vivacidad.
Esperaba tener más tiempo para decidir qué hacer con la información que me dio Lucía, estaba determinada a esperar hasta la reunión con el detective Olmos pues por más que le daba vueltas al asunto en mi cabeza no lograba llegar a nada. No le debía nada a Christian Daleman, no era mi responsabilidad ayudarle y, aun así, conservar oculta la evidencia capaz de librarlo de toda sospecha se sentía mal.
Me avergüenza admitir que siempre fui así, amé a Antonio desde la primera vez que lo vi. Para mí, las emociones nacen en un segundo y son capaces de perdurar la vida entera. Lo mismo cuando alguien me desagrada de solo verlo o verla, es imposible cambiarlo. Las primeras impresiones son vitales y tras descubrir que hice bien en sospechar del señor Daleman nunca volví a dudar de mis instintos.
Llegué al edificio de la compañía, donde se acordó que volveríamos a reunirnos con los dos detectives a cargo del caso. Las noticias daban versiones muy distintas de los hechos, desde un posible suicidio hasta un terrible crimen pasional. El señor Cruzz no era muy conocido, tampoco era un socio o accionista, lo cual mantuvo a los Daleman lejos de la especulación de la prensa. El verdadero problema era el detective Olmos y su compañera, la detective Islas.
-Señorita Guerra, bienvenida. - me dijo su compañera, quien me esperaba en la entrada. Ahora llevaba el cabello recogido, resaltando su delgado cuello y una severa mandíbula un poco cuadrada. Su expresión en sí era más apagada, sus ojos fríos y calculadores. - ¿Cómo durmió anoche?
-Bien, gracias. ¿Y usted? ¿Puede dormir, aunque no haya resuelto su caso, detective Islas?
-Justo de eso quería hablarle a solas. ¿Sabe que es un delito obstruir la justicia? Si hay algo que sabe y no quiere hablar… nosotros podemos protegerla de su jefe si es un problema. Un inocente está muerto y creo que usted sabe más de lo que dice. - todo lo dijo en un tono de confidencia, como si en verdad se preocupara por mi o pudiera ofrecer alguna protección útil. - No debería ocultarnos nada.
- ¿Qué podría ocultar? Llevo poco tiempo trabajando aquí y en el momento del crimen mi jefe y yo estábamos en un vuelo de Quito a la Ciudad de México.
-Alguien con los recursos del señor Daleman puede ser el autor intelectual de un asesinato sin estar cerca del arma homicida.
-Y, aun así, alguien debe jalar el gatillo. -respondí, no se equivocaba, el señor Daleman ya lo había hecho antes, pero me negaba a pensar que Christian era igual a él. No podía imaginar una maldad semejante tras esos brillantes ojos claros. - No sé nada, detective.
Ella procedió a mirarme con un aire de condescendencia que me hizo hervir la sangre. Silvia Islas era una mujer con varios años de experiencia en el departamento de homicidios, sus presentimientos por lo general eran acertados y tenía la fama de ser como un perro con un hueso, nadie se salvaba de ella y hacía excelente equipo con el detective Olmos, un hombre igual de determinado, aunque quizás un poco más agresivo en su forma de acercarse a los casos.
-Bien, volveremos a hablar, quizás entonces logre ver que sólo intento ayudarle.
- ¿Dónde está el señor Christian?
-La llevaré con él en seguida, solo necesito su ayuda mirando un par de fotografías. Si colabora la llevaré con su jefe, si no podemos hacerlo por las malas; la llevo al ministerio público y ahí hablamos mientras mis compañeros registran su casa.
-No estoy consciente de ser sospechosa y necesitaría una orden para registrar mi propiedad. -repliqué, su amenaza fue efectiva, haría cualquier cosa por mantener a los policías lejos de mi casa y la valiosa información que ahí tenía. - Sin embargo, estoy dispuesta a cooperar. Muéstreme las fotos.
Como por invocación llego un policía uniformado portando un par de fotografías tamaño carta. La detective me las dio, ambas eran imágenes de la noche anterior, cuando Christian y yo nos encontramos en las rejas de Chapultepec.
- ¿Puede explicar esta reunión? ¿El señor Daleman le dijo qué decir en caso de ser interrogada? -su sonrisa demostraba que creía haber ganado la partida. -Parece mucha coincidencia si me lo pregunta, un día antes de la reunión con los detectives a cargo del caso ustedes tienen una sospechosa conversación a medianoche.
-De hecho…-alargué el momento para disfrutar su expresión. -Nos encontramos por coincidencia, pero charlamos porque su padre desea conocerme.
- ¿Por qué el señor Daleman querría conocer a una simple secretaria?
-Porque existen rumores de que somos pareja. Al señor Daleman le preocupa mucho la apariencia de la compañía.
-Mmm, ¿puede demostrarlo?
-En Quito lo acompañé a una reunión, de seguro podrá corroborarlo en su revista de chismes favorita, detective. ¿Terminamos?
Le regresé las fotografías con una sensación de haberle ganado la partida completa. Al menos me había librado a mí de ser sospechosa. Algo gracioso si se considera que ni siquiera se dieron cuenta de que usaba un nombre falso. Algo los movía para acusar a Christian, aunque aún no estaba segura de qué.
-Sígame, su jefe la espera en la sala de conferencias.
Caminé tras ella, era raro poder notar la frustración de una persona en su forma de andar, la detective Islas caminaba tensa, con los hombros un poco encorvados y haciendo sonar demasiado sus zapatos contra el suelo, el ruido hacía eco en el vestíbulo semi vacío.
-Si en algún momento cambia de opinión. -dijo deteniéndose ante la puerta, su mano extendida hacia mí con una tarjeta.
-No le daré falsas esperanzas aceptándola. -respondí.
-Puede solo tomarla, no tiene por qué ser tan cortante.
Resoplé y abrí la puerta, aceptar la tarjeta haría que tarde o temprano quisiera usarla. Al rechazarla le dejaba bien en claro dónde estaba mi lealtad a la detective Islas. “No quisiera tener problemas más adelante”.
En la sala de conferencias estaban sentados el detective Olmos, la espalda recta como si le hubieran amarrado una regla, y Christian con un traje verde olivo que le daba a sus ojos un toque de esmeralda.
-Rachel, ¿estás bien? -preguntó ignorando por completo al detective. -No importa qué te hayan dicho, no pueden acusarte de nada, ¿está claro?
-Estoy bien, señor. No tiene que preocuparse por mí.
Entonces noté que sus manos estaban esposadas, las recargaba sobre la mesa como si quisiera restarle importancia al asunto. Siguió mi mirada hasta sus manos.
-Tampoco tu debes preocuparte por mí. Esto se aclarará. No tiene pruebas en mi contra, ni causas ni motivos. -su voz intentaba sonar fuerte, pero temblaba un poco, la idea de pasar, aunque sea unas horas detenido, suele ser suficiente para asustar a cualquiera. -Todo está bien, lo prometo.
“Todo está bien, lo prometo” justo las palabras que había pronunciado Antonio cuando salió esa noche…
-Usted es inocente. -recalqué, no tenía ni una duda al respecto y si tenía pruebas.
-Ya contacté a mis abogados, de verdad, estaré bien. Vete a casa, Rachel, te hablaré cuando todo termine.
Negué, no quería dejarlo. Me gustaría poder explicar qué lo volvía tan diferente ante mis ojos, por qué me costaba verlo igual a su padre, pero las palabras eran insuficientes para expresarlo. No era solo lo disfuncional que era la relación entre ellos, o su forma de admitir errores y pedir disculpas… o la gentileza en su mirada.
-Por favor, no quiero que me veas así, Rachel. -Dijo, el detective Olmos se acercó y le indicó que se levantara. - Eres… importante, no…
-Si, si, se quieren mucho ¿podemos irnos? Hay una celda con su nombre, Christian Daleman. -se mofó Olmos.
Christian miró al detective.
- ¿Puedo hablar con la señorita Guerra a solas?
-Tiene dos minutos, ni un segundo más.
Ambos detectives salieron, Islas cerró la puerta, algo me decía que no se alejarían mucho, sólo lo suficiente con tal de darnos una falsa ilusión de privacidad y conseguir más información. Nuestras vidas eran simples evidencias ante sus ojos.
-Hacen esto para asustarme, en realidad no tienen suficiente evidencia. -me explicó, me senté en la silla enfrente de él, donde antes estuvo el detective Olmos. -en el peor caso me harán pasar la noche en… bueno, ya sabes dónde.
-Señor… Christian, es inocente, no debería permitir que…
-Está fuera de mi control. Lo lamento, Rachel, los abogados se encargarán de esto, no hay nada que nosotros podamos hacer. -su tono cambió de repente, su voz se suavizó, como si le hablara a un ser muy querido. -Si quieres tómate el día, ve a casa, descansa y por favor no veas las noticias. De seguro dirán mil cosas malas sobre mi…
-Ni siquiera me acercaré a la tele. -prometí con vehemencia. - solo tengo una pregunta, ¿Por qué dijo que soy importante? Apenas me conoce, no sabe como soy o si tengo algún secreto oculto.
-Eres una de las pocas personas que me ha escuchado de verdad y no porque tuviera que hacerlo o quisiera obtener algo a cambio. Además, me defendiste de Luisa, algo que nadie había hecho… me creíste sobre nuestra ruptura y no le dejaste salirse con la suya. Y lo agradezco, no sabes cuánto, Rachel.
El detective Olmos abrió la puerta, dos oficiales lo seguían. En un impulso tomé la mano de Christian y lo miré a los ojos, esperando que ese gesto expresara lo que las palabras no podían.
-Gracias, Rachel.
-Lo veré pronto, Christian.
Los vi irse. “Eres importante”, esas dos palabras resonaron en lo más profundo de mi ser. Llevaba tanto tiempo que nadie me decía algo así. Al corazón le resulta difícil olvidar y se encapricha en los momentos más inconvenientes. De algo estaba segura, en ese punto haría cualquier cosa por ayudar a Christian y al mismo tiempo, sabía que no estaba lista a dejar ir mi venganza, lo único que me hacía sentir, aunque sea un poco cercana a Antonio. No podía hacer nada y me sentía horrible por ello.
Miré el pasillo, las sillas vacías acomodadas a cada lado y el altar al otro lado. Todo estaba listo para la boda, adentro de la cabaña se preparaba la comida para la fiesta y Christian se arreglaba, sería la boda perfecta, de eso no tenía la mejor duda. - ¿Estas lista?- Le pregunté a Luisa, ella esperaba cerca, una bata larga cubría su vestido blanco. Nunca esperé que una noche de copas después de aventarle huevos a la casa de su ex fuera a convertirnos en buenas amigas, o que después de eso él le suplicaría que regresaran o que ella aceptaría gustosa. Mi vida cambió radicalmente mientras esperaba a que Christian saliera del hospital y cuando al fin lo hizo pude estar a su lado durante su recuperación, conciente de que cada instante de su sufrimiento pudo ser evitado si tan solo hubiera confiado un poco más en él. Cuando lo vi salir del hospital, pálido y con una mueca de dolor en sus delgados labios, me prometí que nunca volvería a verlo lastimado por mi causa. - Así es, nunca pe
Decir que me sorprendió ver a mi madre sería restarle importancia al suceso. No la había visto desde el funeral… nuestra última reunión fue hostil y yo decidí no buscarla cuando decidió irse a la ciudad a perseguir su olvidado sueño de ser actriz. Las dos dijimos, más bien gritamos, cosas terribles que probablemente ninguna había olvidado o perdonado, palabras dichas con la única intención de lastimar. Nunca fui muy cercana a ella, mucho menos después de la muerte de mi padre. Su muerte también fue la de nuestra familia como la conocíamos. No había cambiado mucho desde la última vez que la vi, solo lucía más arreglada. Ahora llevaba el cabello rizado y teñido de un color cobrizo. Llevaba un abrigo negro, zapatos de tacón alto, labios pintados de rojo... nunca la había visto lucir tan bien. Una parte de mi ser la odiaba por eso. Quizás nunca podría mirarla tan feliz sin recordar el pasado, cuando le dio la espalda a todos. - ¿Podemos hablar? Hay una cafetería cerca de aq
El momento pareció congelarse, con nosotros tres ahí, en la encrucijada al final del camino. Era el problema final… Sentía mi respiración demasiado fuerte y tanto Christian como Antonio parecían dos gatos a punto de destrozarse con colmillos y garras. Por lo menos Antonio tendría que decidir a quién intentaría matar primero, eso considerando, claro está, que estuviera solo.-Vete, Daleman. - Solo me iré si ella me lo pide. -respondió él con mirada desafiante.- Si quieres que siga con vida… deberías pedirle que se vaya. Ahora. - Advirtió Antonio.- Christian…-comencé a decir, no estaba muy segura de qué palabras usar para decirle lo mucho que lamentaba toda la situación, nunca debí involucrarlo, nunca debí dejarlo sin una explicación, nunca debí enamorarme de él, sin embargo, ahí estábamos, los dos en el claro del bosque donde mi vida se hizo pedazos.- No.- Aún no digo nada…- La respuesta es no. Sé que quieres protegerme de todo esto, pero no lo necesito y yo decidí buscarte y dec
Si pensábamos que tendríamos tiempo para prepararnos antes de tener que confrontar Antonio, estábamos completamente equivocados. No nos permitimos ni una noche de libertad, sabíamos que debíamos aparentar normalidad y tranquilidad mientras en realidad nos encontrábamos planeando una salida a la situación.- Antonio no es tan impulsivo como mi padre, pero no va a desperdiciar el tiempo.- Eso no puedo asegurarlo. - respondí recordando cómo Antonio solía ser conocido por su espontaneidad y por saltar antes de mirar abajo. - Ahora me confunde mucho… siento que en realidad nunca lo conocí.- Debió ser toda una sorpresa para ti. -Christian tomó mis manos entre las suyas, estábamos sentados en la sala de su apartamento.- Solo un poco… digo, sí me sorprendió, pero Lucía me lo advirtió justo a tiempo. Si no, ¿Quién sabe si lo habría creído?- Me gusta pensar que habrías visto la verdad. Quizás no al inicio, pero eventualmente.Miré sus manos, dobladas sobre su regazo. Me sentía tan cobarde,
Al día siguiente Christian me despertó con el sonido de sus pasos de un lado al otro de la casa. Solo caminaba así cuando se sentía increíblemente ansioso. En contadas ocasiones lo había visto tan preocupado, y eso incluía varias reuniones con su padre. Debería levantarme del sillón y buscarlo, ¿cómo llegué al sillón? Lo último que recordaba era caer de rodillas en el suelo de madera, incapaz de contener las lágrimas y dos fuertes brazos rodeándome en un cálido abrazo.Mis sueños estuvieron plagados de una mezcla entre recuerdos del pasado y del día anterior. Veía a Antonio, joven, lleno de sueños recostado a mi lado sobre el césped, antes mirábamos las estrellas con los corazones llenos de esperanza… lo veía en el sótano, con el estómago pesado por la culpa y después nos encontrábamos en aquel claro del bosque, bajo un cielo sin estrellas. El olor a pólvora me asfixiaba. Él me miraba, los ojos vacíos de toda emoción… Despertar fue un verdadero alivio.La conversación con Antonio fue
Tras dos semanas de encierro en la cabaña todos comenzábamos a volvernos un poquito locos. Christian pasaba casi toda la noche despierto haciendo llamadas e investigando, mientras que el ruido despertaba a Antonio y lo hacía pasar el día de mal humor. Sus pesadillas aún lo atormentaban de noche, aunque no eran tan terribles como las de aquel primer día en la cabaña. Yo intentaba mantener la cordura aun cuando escuchaba a uno quejarse del otro a cada oportunidad posible.- No lo soporto. ¿Sabes que es un maldito egoísta? Siempre se acaba el agua caliente y claro, no puedo decir nada porque es su casa… pero también se toma la última taza de café todos los días…-se quejaba Antonio cuando estábamos solos.Christian era menos vocal en su desagrado, solo se apresuraba a salir de cualquier habitación donde estuviera Antonio. “Va a ser imposible que se lleven bien” pensé. Eran peor que perros y gatos, con uno gritando y quejándose como niño chiquito y el otro haciendo lo mejor para manteners







