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—Sería mejor que se divorciaran… al menos por un tiempo.»
Las palabras salieron de los labios de Efendi —el padre adoptivo de Anna— como un rayo directo al pecho. Anna se quedó helada. El mundo pareció detenerse. Lo miró, esperando que retirara aquella locura, que dijera que estaba bromeando. Pero no lo hizo. No había rastro de humor en su rostro. Era serio. Demasiado serio.
—Papá… no bromees —susurró Anna, con la voz temblorosa, casi inaudible.
—No estoy bromeando, Anna. Lusi está embarazada. Y sabes muy bien lo que significa eso para una modelo —respondió Efendi con una mirada dura, sin dejar espacio para réplica—. Rendy tiene que casarse con Lusi. Es la única forma de que nuestra familia no quede en ridículo.
Anna parpadeó, horrorizada.
—Está embarazada de otro hombre… ¿por qué mi marido tiene que casarse con ella? —preguntó, porque nada de aquello tenía sentido para ella.
—El novio de Lusi no quiere asumir ninguna responsabilidad. Así que, Anna, por favor, escúchanos —intervino Renata en voz baja, casi en un susurro—. Te hemos criado como a una hija durante años. Ahora necesitamos tu ayuda. Considéralo… una forma de devolvernos el favor.
¿Devolver el favor?
Aquellas palabras le atravesaron el pecho con más fuerza que cualquier cuchillo.
Rendy estaba sentado a su lado, en silencio. Un silencio demasiado pesado. Anna giró la cabeza hacia él, aferrándose a una esperanza desesperada, rogando que dijera algo, que la defendiera, que hiciera cualquier cosa. Pero Rendy no dijo nada.
Lusi empezó a llorar suavemente.
—Anna… por favor. No quiero que mi carrera se arruine. Te lo suplico… —su voz se quebró, llena de súplica.
Y entonces, por fin, Rendy habló.
—Pero por ahora… sí tenemos que separarnos. Cuando todo se calme, te lo prometo… volveré contigo.
Algo se rompió con un estruendo dentro del pecho de Anna. El aire se le quedó atrapado en la garganta. Lo había dicho. De verdad lo había dicho.
—¿Ren, qué estás diciendo? —la voz de Anna se alzó, cargada de dolor—. ¡Nuestro matrimonio está bien! ¿Por qué aceptas esto tan fácilmente?
—Precisamente porque nuestro matrimonio está bien, cariño —respondió Rendy, intentando tomarle la mano—. Por eso después volveremos a estar juntos.
—¡No! —su voz se quebró—. ¡Nunca aceptaré divorciarme!
—¡No seas egoísta, Anna! —gritó Efendi con dureza, como si ella fuera el único problema en aquella habitación.
Antes de que Anna pudiera responder, el cuerpo de Lusi se desplomó de repente.
—¡LUSI! —gritó Renata, presa del pánico, corriendo a sostener a su hija.
Rendy se levantó de un salto, soltando la mano de Anna como si no significara nada. Anna lo llamó en un hilo de voz:
—Ren…
Pero él no se volvió. Ni una sola vez.
—¡Anna, revísala! ¡Rápido! —gritó Rendy mientras cargaba a Lusi hacia la habitación—. ¡Anna! ¿Por qué te quedas ahí parada?
Era la primera vez que le gritaba así.
Y lo hacía… por otra mujer.
El pecho de Anna se contrajo como si la apuñalaran.
—¡No seas infantil, Anna! ¡Eres doctora! —la reprendió Efendi con brusquedad, haciéndola estremecerse.
Con pasos vacilantes, Anna examinó a Lusi. La habitación estaba llena de tensión y ansiedad… pero la atención más intensa, más dolorosa, provenía de Rendy. La forma en que miraba a Lusi hizo que Anna quisiera gritar.
—¿Cómo está? —preguntó Rendy, con la respiración agitada.
—Solo… está exhausta —respondió Anna en voz baja.
Unos segundos después, Lusi abrió los ojos y rompió en un llanto histérico.
—¡No quiero seguir viviendo! ¡Quiero morir!
Rendy se lanzó hacia ella de inmediato. Al hacerlo, empujó a Anna con el brazo, golpeándola y haciéndola tambalearse. No sabía si había sido intencional, pero el dolor fue real.
—Lusi, tranquila… nos vamos a casar. Te lo prometo —dijo Rendy con una voz suave, más suave de la que había usado con Anna en toda la semana.
Anna lo miró con los ojos muy abiertos.
—¿Ren…?
—¡No seas egoísta, Anna! ¡Lusi no está estable! —le gritó de nuevo.
—Rendy tiene razón. Por favor, entiende la situación de Lusi —añadió Efendi, sin siquiera mirarla.
Anna contuvo el aliento. La garganta le ardía.
—¿Por qué… por qué todos me piden que entienda a Lusi? ¿Por qué ninguno de ustedes intenta entenderme a mí?
De pronto, Lusi volvió a gritar.
—¡Es cierto! ¡Todos somos egoístas! ¡Entonces mejor déjenme morir!
Extendió la mano hacia un cuchillo de fruta sobre la mesita de noche.
—¡Lusi! ¡Tranquila! ¡Tranquila! —Rendy la abrazó con fuerza, con una urgencia desesperada, como si ella fuera alguien que no podía perder.
Anna dio un paso atrás. Luego otro. Sentía que su cuerpo ya no le pertenecía. Las lágrimas que había estado conteniendo finalmente cayeron. Vio a su marido… abrazando a otra mujer. Protegiendo a otra mujer. Defendiendo a otra mujer.
—Salgan un momento —dijo Rendy sin mirarla, aún aferrado a Lusi—. Yo me quedaré calmándola.
—Anna, vamos… —Renata tomó su mano.
Pero Anna no se movió. No podía.
Rendy lanzó una mirada fugaz hacia ella, dura como una cuchilla.
—¡No seas infantil, Anna!
Anna estaba en el baño de un restaurante. Después de lavarse las manos, se las secó con una servilleta de papel y salió.Apenas había dado unos pasos cuando alguien la agarró bruscamente de la muñeca.Anna se sobresaltó e intentó soltarse por instinto.—¿Desde cuándo estás saliendo con Liam? —exigió saber Rendy sin rodeos.—Eso no es asunto tuyo. —Anna forcejeó para liberarse—. ¡Suéltame!—¡Te dije que íbamos a volver a estar juntos! ¿Por qué no pudiste esperarme? —La ira de Rendy era cada vez más difícil de contener.Anna lo fulminó con la mirada.—Desde el momento en que decidí divorciarme de ti, Rendy, nunca tuve la menor intención de volver contigo.—Sé que todavía me amas. Solo estás intentando vengarte de mí, ¿verdad?Sus palabras le revolvieron el estómago. Anna apenas podía creer que, después de todo lo que habían vivido, Rendy siguiera siendo tan arrogante.—Eres un egocéntrico insufrible, Rendy —respondió con frialdad—. Jamás volvería contigo. Ni ahora ni nunca.—¡No seas ta
Liam miró a Anna, como si todavía estuviera esperando que ella le diera la confirmación definitiva. Sabía que aún no había aceptado por completo hacer pública su relación.—No me molesta —dijo Anna en voz baja.—¿Estás segura? ¿De verdad no te importa que todo el mundo se entere de lo nuestro? —insistió Liam, solo para asegurarse.Anna asintió.Al instante, el rostro de Liam se iluminó. Una amplia sonrisa se extendió por sus labios, como si por fin hubiera recibido el permiso que llevaba tanto tiempo esperando.Sin pensarlo dos veces, la estrechó entre sus brazos.—¡No tan fuerte, Liam! Recuerda que ahora hay un bebé ahí dentro —lo reprendió Matilda.Al darse cuenta de lo que había hecho, Liam aflojó el abrazo de inmediato.—Lo siento. Es que estoy demasiado feliz —admitió, sin poder disimular su enorme alegría.Matilda y Jonathan intercambiaron miradas divertidas antes de sonreírle a su hijo. Liam, que por lo general siempre mantenía la compostura y rara vez dejaba ver sus emociones,
—¡Anna! —la llamó Matilda justo cuando ella terminaba de pasar visita a sus pacientes.Anna sonrió de inmediato. Matilda se acercó apresuradamente y estrechó a su nuera entre sus brazos con cariño.—Liam ya se lo contó a mamá. Estoy tan feliz de recibir esta noticia. Gracias, cariño, por llevar a nuestro nieto en tu vientre —dijo Matilda, con los ojos brillantes de lágrimas.—No llores. Vas a poner nerviosa a Anna —comentó Jonathan, que estaba de pie a su lado.—¡Es que estoy tan feliz! ¿Acaso no te alegra saber que vamos a tener un nieto?—¿Cómo no me va a alegrar? Si pudiera, anunciaría la noticia al mundo entero ahora mismo —respondió Jonathan sin dudarlo.Sus palabras hicieron que Anna soltara una risita.—Mamá, papá, ¿quieren que hablemos en mi despacho?—¡Claro! Vamos a conocer el despacho de nuestra querida hija. Si la habitación de Anna no es lo bastante cómoda, tendremos que regañar a Liam —declaró Matilda.—Ese muchacho debe de haber heredado ese carácter de otra persona. No
Aquella noche, el dormitorio estaba envuelto en una serena tranquilidad.Liam estaba detrás de Anna, secándole el cabello suavemente con un secador. De vez en cuando, deslizaba los dedos entre sus mechones para asegurarse de que no quedara ni uno solo húmedo.Sentada frente al tocador, Anna no pudo evitar sonreír al sentir tanta ternura por parte de su esposo.—Entonces, ¿cuándo podré decirle al mundo entero que eres mi esposa? —preguntó Liam de repente.Anna arqueó una ceja mientras lo miraba a través del espejo.—Cuando me apetezca.Liam soltó una risita.—¿Y qué tengo que hacer para ponerte de buen humor?Anna fingió pensarlo durante unos segundos.—¿Qué quieres? ¿Un bolso? ¿Ropa? ¿Zapatos?Anna negó con la cabeza de inmediato.—Quiero espaguetis. Pero quiero que los prepares tú.La mano de Liam se detuvo en pleno movimiento.—¿Ahora?Anna asintió.—Espera aquí, ¿de acuerdo? Te los prepararé.Anna se volvió hacia él y lo miró con incredulidad.—¿De verdad vas a cocinar para mí?—Po
En cuanto escuchó abrirse la puerta, Anna, que había permanecido sentada, sumida en sus pensamientos, levantó la mirada de inmediato.Sus ojos se encontraron con los de Liam cuando él entró en el despacho.—¿Liam?Él no respondió enseguida. Simplemente se acercó a ella con pasos lentos y deliberados. Había algo diferente en su expresión, algo inusualmente serio en sus ojos.Anna frunció el ceño, confundida.Pero antes de que pudiera preguntarle qué ocurría, Liam se arrodilló de repente frente a ella.Los ojos de Anna se abrieron de par en par por la sorpresa y la alarma.—Liam, ¿qué estás haciendo? —preguntó, presa del nerviosismo.Liam alzó la mirada hacia ella. Sus ojos, que normalmente reflejaban una seguridad arrolladora y una autoridad incuestionable, ahora mostraban algo que Anna rara vez había visto en él: miedo.—Por favor... no me dejes.Anna se quedó sin palabras.Jamás habría imaginado escuchar aquellas palabras de labios de Liam.—Sé que he sido egoísta —continuó él en voz
Anna entró en la habitación VIP con un suspiro de irritación. Su mirada se fijó de inmediato en Rendy, que estaba sentado en la cama del hospital.Parecía estar perfectamente bien. La única lesión que tenía era un corte superficial en la palma de la mano, del que todavía brotaba un fino hilo de sangre.Como médica, le bastó una sola mirada para darse cuenta de que aquello no había sido un accidente. La herida era demasiado limpia y superficial, como si se la hubiera hecho a propósito para encontrar una excusa con la que acudir al hospital.—Véndenle la mano —les indicó Anna a Erika y Nina, sin siquiera acercarse a él.—Sí, doctora —respondieron ambas al unísono.—Quiero que tú me atiendas, Anna —insistió Rendy, apartando de un manotazo la mano de Erika antes de que pudiera limpiarle la herida.La mirada de Anna se volvió gélida.—No hagas que llegue a despreciarte todavía más.Rendy soltó una risita, completamente imperturbable.—Te lo he dicho desde el principio: vamos a volver a est







